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Todas las verdades son mentira

AUDIO DE «TODAS LAS VERDADES SON MENTIRA»

¿Existe el coronavirus? De no ser así, ¿cuál es la causa de que fallezcan tantas personas? ¿Cuántos están muriendo en realidad? Si es cierto que existe, ¿cómo actúa el bicho en el cuerpo?

¿El virus es artificial, creado en un laboratorio, o proviene de los cauces naturales mediante los que surgen estos microorganismos? ¿Qué son los virus? ¿Han diseminado éste a propósito? ¿Los gobiernos sabían lo que se avecinaba y dejaron que ocurriera? ¿Tenían orden de hacerlo así, propiciando que muriese cuanta más gente mejor? ¿Llegará una vacuna? ¿Esa misma vacuna será nociva?

¿Han hecho esto para controlarnos? ¿O para quitarse del medio a una parte significativa de la población? ¿Se está organizando todo de tal manera que caigan los actuales gobiernos para ser sustituidos por un nuevo ente mundial?

¿El Gobierno de España es simplemente incapaz o sus acciones y omisiones corresponden a un ejercicio criminal en toda regla?

Estas preguntas, pero en forma de afirmaciones, y a la vez, corren de boca en boca. Se publican papeles que sostienen que el Gobierno español ya conocía todo esto en febrero, e incluso antes. La OMS afirma y niega al mismo tiempo sus propios informes. Desde Tanzania se evidencia que los tests no resultan fiables, ya que da positivo por coronavirus una muestra que resultó ser material obtenido de una papaya.

La gente no sabe con qué quedarse. Informarse a través de los medios es imposible, lo cual no nos extraña: los medios no fueron creados para informar, sino para propagar el miedo y la confusión.

Entonces, ¿alguien dice la verdad? La sensación es la de que todo es mentira. La inocencia ya acabó hace décadas, de tal modo que si hay algo que define a las sociedades actuales es el hecho de que los mensajes institucionales son tomados por mentiras de forma automática.

Si algo ha quedado claro a la mayoría es que nos mienten todo el tiempo -excluyo a los ultras que siempre estarán ciegos ante las acciones de los que consideran como «suyos»-. Cualquier verdad oficial, presentada como tal, es percibida como un engaño.

Esto ocurre con los mensajes políticos, sanitarios, económicos… La autoridad miente. Por definición. Otra cuestión es discutir si el poder ya no necesita ser creído para seguir dominando la escena.

Y aunque esto ya venía ocurriendo de antes, con la crisis del coronavirus se ha intensificado. Una mayoría creciente de personas -y no digamos ya las consideradas como lúcidas o escépticas- parte del hecho de que todas las verdades son mentira.

Vocación de esclavitud

AUDIO DE «VOCACIÓN DE ESCLAVITUD»

Conocí a un herrero hace mucho tiempo. Recuerdo a la perfección el olor intenso de aquel lugar en el que él tomaba el hierro frío, lo calentaba hasta ponerlo incandescente y lo golpeaba hasta darle forma. Aquel tío era un artista que, a martillazos, convencía al metal duro de que adoptase las maneras que él deseaba.

Estos días me he acordado de él. Aunque procuro mantenerme prudentemente alejado de las noticias, de lo que llaman medios de comunicación, más o menos estoy al tanto de cómo va la cosa. Lo veo en cuatro titulares fugaces, me lo cuenta la gente con la que hablo… Y el contexto me inclina a recordar al herrero.

Porque sospecho que la sociedad es el material que los que mandan han calentado a su conveniencia y que ahora, una vez que hemos alcanzado la temperatura deseada, ya nos pueden golpear a capricho.

Ojalá me equivoque, pero me da a mí que lo que estos imitadores de mi amigo el herrero están fabricando con nosotros no se parece a un hermoso objeto de decoración, sino más bien a los barrotes de una cárcel. Y lo más siniestro es la gran cantidad de gente que se muestra entusiasmada ante la idea de ingresar en la prisión mental que han creado para nosotros. Qué lástima que esa vocación por la esclavitud, que esa pasión por la servidumbre, nos afecte también a quienes no admitimos dueños ni aceptamos el bozal.

El futuro era esto

AUDIO DE «EL FUTURO ERA ESTO»

He visto el futuro y es un crimen, canta Leonard Cohen. Y tenía razón el poeta cantante. Hemos llegado al día de mañana, que ya es el de hoy, y despertamos en un mundo en el que la inteligencia artificial que esperábamos se limita a decirnos si un tío está en fuera de juego.

Esto es una exageración. Pero hay que admitir que hace dos, tres o cuatro décadas que se venía esperando un mundo que no ha llegado. No hablo ya de coches voladores, como vio el Marty McFly de Regreso al futuro, sino de un territorio en el que el horror quedaba atrás.

Pero el horror está aquí, entre nosotros. Porque, en gran medida, lo provocamos nosotros. Ya sabíamos que los gobiernos eran ineficaces ante lo cotidiano; ahora, además, sabemos que se revelan como contraproducentes ante lo imprevisible.

Encuentro en las últimas semanas a un número creciente de personas que ya admite -por fin- que sin gobernantes estaríamos mucho mejor. Creo que se empieza a extender la idea de que los políticos han sido la causa fundamental de la expansión de la epidemia de coronavirus. Yo eso no puedo asegurarlo.

Pero surge de inmediato la pregunta de esas mismas personas: ¿y si quitamos a éstos, a quiénes ponemos? Y no se refieren al PSOE y a Podemos, en el caso de España, sino a toda la clase política al completo. Esa pregunta adolece de cierta inocencia, basada en el supuesto de que somos los ciudadanos quienes elegimos y destituimos a los gobernantes, algo que yo opino que no ocurre en realidad.

En fin. El futuro era esto, mi queridísimo Leonard Cohen: un mundo donde los gobernados disimulan que creen que existe alguien capaz al mando. Un crimen. El futuro es un crimen. El cantante poeta tenía razón.

Tarde de domingo

AUDIO DE «TARDE DE DOMINGO»

Se ha quedado la tarde de domingo estupenda para comprobar que media España recrimina a la otra media que no cumpla las normas. Lo han conseguido una vez más. El Gobierno permite a los niños menores de catorce años salir de casa con sus padres. Y ante el incumplimiento de unos cuantos, que salen en grupos o no respetan la distancia marcada como de seguridad, ya se ha descargado de culpa.

Vuelve la guerra civil. Los que salen a la calle frente a los que se quedan en casa. La gente con niños frente a quienes no los tienen. Los dueños de los perros contra los que van sin mascota. Los que apoyan al Gobierno ante los que desearían que esos cargos estuviesen ocupados por otros, a los que sienten afines.

No sé qué porcentaje de incumplimiento se ha dado hoy. Pero sospecho que el poder ha vuelto a conseguirlo, porque los que mandan saben que lo único que tienen que hacer es mantener a la gente enfrentada. Del resto, ya se encarga nuestro secular odio, nuestro espíritu delator, la inquina que le tenemos al vecino.

Es importante para ellos mantenernos con sentimiento de culpa. Me envían algunas fotos en las que se ve a gente por la calle.

– ¿Has visto? Es que no tenemos remedio.

En la foto en cuestión sólo se ve a gente andando, casi todos ellos con mascarillas y respetando la citada distancia de seguridad. Pero han conseguido que el simple hecho de salir a la calle y ser fotografiado se convierta en algo culposo.

Durante muchos años nos estuvimos preguntando que cómo fue posible lo de Alemania en los años 30, o lo de la Unión Soviética, o lo del franquismo… Ahora ya nos va quedando claro cómo fue posible. Pastorear a gentes asustadas, multitudinarias y que se sienten culpables es sencillo para los gobernantes.

La gota que colma el vaso

El Gobierno anuncia que a partir del lunes 27 de abril los niños podrán regresar a las calles. En un primer momento, sostiene que será para acompañar a uno de los progenitores en las visitas al banco, el supermercado, la farmacia… Y después, al caer la noche, rectifica y dice que también podrá hacerse para dar un paseo.

¿Qué ha ocurrido para que en apenas unas horas varíen de opinión? De entrada, estamos ante algo inusual. El refrán asegura que rectificar es de sabios, pero lo cierto es que no se suele ver a un gobernante que reconozca haberse equivocado. Da la sensación de que los que mandan creen que la rectificación es señal de debilidad, como si quien enmienda su acción estuviese admitiendo un error de base. Sostenella y no enmedalla, según la expresión del castellano antiguo.

Qué extraño entonces. Cómo es que un gobierno rectifica. Pues quizá es porque el vaso está lleno y temen que cualquier gota lo desborde. El vaso se ha llenado con la evidencia de que los que ahora ocupan el poder en el Gobierno de España actuaron tarde, tardísimo, desoyendo los múltiples avisos que llegaban, como poco, desde enero. El vaso se ha llenado con un número de fallecidos que supera toda comparación con otros países, incluso aunque nos limitemos a las mediciones intencionadamente a la baja del Ministerio de Sanidad. El vaso se ha llenado con las recomendaciones fallidas de supuestos expertos que van cambiando las indicaciones según pasan los días.

El vaso se ha llenado con la lentitud e ineficacia exhibidas a la hora de conseguir material sanitario, con la falta de empatía y de cuidado protegiendo a un personal médico que es enviado a la trinchera de la enfermedad con las manos vacías, con la dureza empleada para con los mayores a los que se ha ido dejando morir sin poder atenderlos, con las contradicciones internas de un gabinete en el que habita la desmesura de veintidós ministros.

El vaso se ha llenado quedando el presidente desnudo al haber demostrado que preocupa más el control mediático y de las redes sociales que la propia pandemia. El vaso se ha llenado por tener que ir a rastras al Congreso, intentando evitar los pocos sistemas de control que aquí se imponen al que gobierna. El vaso se ha llenado, y no poco, ante la ola de pobreza que como un ciclón ya arrolla a los parados y a los dueños de los negocios que han de cerrar. El vaso queda rebosante, en fin, por la mirada hacia un futuro inmediato más negro que algunas pinturas de Goya.

Y como parece que en el recipiente no cabe ya una gota más, cualquier eventualidad causa el desbordamiento. Pudo ser ayer, al negarse a que los niños diesen un paseo, y por eso rectificaron rápido -entendiendo que para este Gobierno un lapso de tiempo de cinco horas supone un ejercicio de rapidez-.

Pero el vaso sigue lleno. La gota que lo colme podrá consistir en un detalle que, en otro contexto, no tendría mayor importancia. Un paseo de niños. Una denuncia colectiva. Una cacería de elefantes en Botsuana… Cualquier anécdota que acabe por dar la puntilla a una situación que hace mucho que se fue de las manos. Quizá, es posible, no sé, que el Gobierno sea consciente de todo esto, y por eso ayer corrieron a tapar la última vía de agua. Lo malo es que el hundimiento, el naufragio, no es sólo gubernamental. El Titanic que se hunde es el país entero, y no sólo el capitán y los suyos, desbordados e incapaces.

Odio

Cuando esto pase, volveremos a juntarnos. Antes o después regresaremos del modo que sea a los bares, a ver a los amigos, a reunirnos con familiares. Y entonces, probablemente, asistamos a discusiones. Cada uno con sus opiniones, unos defendiendo la labor del actual Gobierno del PSOE y de Podemos; otros, atacándola.

Será ese mismo tipo de discusiones que ya vimos durante lo del 15M, arreciando entonces lo peor de la crisis que declararon en 2008, cuando cada mañana desayunábamos con el periódico dividido entre las noticias de los recortes y la corrupción del PP. Discusiones que seguirán el patrón de las que conocemos sobre el tema de Cataluña o sobre el robo sistemático del Partido Socialista con lo de los EREs de Andalucía.

Se trata de enfrentamientos que nos llegan inoculados desde arriba. En muchos casos, se parecen a pugnas entre distintas bandas de la mafia, asuntos que sólo les atañe a ellas pero que consiguen que lleguen a la sociedad y que finalmente alcanzan a gente de la calle, que ni cobra su sueldo de un partido político ni posee una empresa que haga negocios con la administración a través de un conocido que ocupa un despacho en un ayuntamiento, una diputación, un ministerio o la sede del propio partido.

Resulta cansado comprobar que, para muchos, esto consistirá de nuevo en un enfrentamiento entre «ellos y nosotros». Los de izquierdas y los de derechas. Los liberales y los conservadores. Cánovas y Sagasta. Rojos y azules. Qué momento, aquél en el que alguien con mucha cabeza inventó este artefacto de división y comprobó que funcionaba. Y qué país, España, en el que la semilla del odio siempre germina tan bien.

Cuando quienes mandan sienten que el desapego por los partidos políticos aleja a la gente de las urnas, inventan nuevas formaciones para que los desencantados vuelvan a identificarse con unas siglas, un grupo estético o un color. Asustados por el 15M, inventaron Podemos, para lo cual les bastó con recoger a lo más pedante y ambicioso que encontraron por los despachos de una universidad. Y así, lograron volver a conformar a varios millones de personas que habían entreabierto los ojos.

Cuando quisieron mantener vivo el voto de gente conservadora y joven que ya no soportaba la corrupción del PP, inventaron Ciudadanos. Y últimamente, muestran a VOX como nuevo personaje de este teatrillo. VOX encarna a un malo magnífico para el ideario del sistema en el que vivimos.

Pero todo es pura ficción. Estamos ante un grupo de actores que interpretan una especie de sainete. En el mejor de los casos, el sistema da con la tecla de forma brillante y consigue elegir a las gentes adecuadas, que se meten tanto en el papel que hasta se lo creen.

Más allá de esa circunstancia, lo importante es que lo crea el ciudadano. Pero un político disfrazado de pobre no es un pobre. Un político disfrazado de autónomo no es un autónomo. Un político disfrazado de autónomo pobre no es un autónomo pobre. Un político no es un votante. Uno vive de los impuestos que paga el otro.

¿Cómo saldremos de esto? ¿Qué sociedad nos vamos a encontrar? Dependerá de la cantidad de gente que despierte de la hipnosis de este sistema de partidos políticos. Dependerá de cuántos dejemos de enfrentarnos entre nosotros por discusiones que no son nuestras, que son las que se inducen desde arriba para perpetuar la enemistad. Discutamos cuanto haga falta, pero al menos que sea por motivos propios y con argumentos que surjan de nuestro entorno, no desde los despachos de quienes viven de mantenernos en este estado de odio.

Orwell conoció 2021

VIENE DE LA COLUMNA ANTERIOR

Continúo aquí la reflexión iniciada a colación de los escritos de George Orwell. Avisados habíamos quedado los lectores de con quiénes estábamos tratando desde que disfrutamos de las novelas de Rebelión en la granja y de 1984. A esto añado el tomo de ensayos que en España fue titulado El poder y la palabra y en el que este autor se explaya mencionando el uso torticero que los poderes hacen del lenguaje, de la literatura y de los vocablos; los que están al mando gustan de vaciar de contenido las palabras para rellenarlas con uno nuevo. El lenguaje, por lo tanto, es uno de los instrumentos que el poderoso emplea para manipular al ciudadano. El otro es el sentimiento, que se moldea a través de las manifestaciones artísticas (la pintura, la ficción literaria, el cine, ahora las series…).

En un mundo que correspondiera a lo que nos han contado, sería el pensador o el poeta quien dijera al gobernante cómo hay que hablar. Como en realidad el sistema de poder establecido es distinto a lo que nos han dicho, en la práctica ocurre lo contrario: es desde el poder desde donde surgen las directrices respecto a cómo nombrar las cosas.

Pondré algún ejemplo vivido en primera persona en los llamados medios de comunicación. Recuerdo cuando en uno de los programas en los que he trabajado llegó la secretaria de Estado de Educación de turno. Su aparición se debía a la actualidad de la llamada Ley Wert. Aquella señora insistía en que no debíamos referirnos a esta ley de ese modo.

– Ya, pero es que se la conoce así. Se trata de que los espectadores sepan a qué nos referimos.

– No, su nombre es Ley Orgánica para la mejora de la calidad educativa. La LOMCE. Preguntad por ella en esos términos.

– Usted dé las respuestas, que de las preguntas ya nos ocupamos nosotros.

Ocurrió tal que así. Por supuesto, en el rótulo apareció Ley Wert, su denominación popular. ¿Qué estaba ocurriendo entonces? Sencillamente, que ella intentaba marcar el vocabulario, el lenguaje, el modo de hablar. O sea: el modo de pensar. Diciendo Ley Wert la audiencia identificaba de inmediato la polémica suscitada en torno a la norma en cuestión con el propio ministro del ramo, José Ignacio Wert. Y era lo que la secretaria de Estado de Educación intentaba evitar. Ella estaba en su derecho, diríamos, de contestar como quisiera. Pero no deseaba limitarse a ese papel: su intención llegaba más allá, queriendo tener la potestad de decir cómo tiene que preguntar el periodista. Es a lo que están acostumbrados, por otra parte.

En las últimas semanas, desde la oficialidad se insiste en la diferencia entre morir «por coronavirus» o morir «con coronavirus». Y me llega que hoy la ministra de Igualdad, Irene Montero, ha acuñado el término «monomarental», algo que parece haber causado mucho jolgorio pero ante lo cual hay que recordar el verso de Serrat: «Si no fueran tan dañinos, nos darían lástima».

Orwell habla de la nuevalengua. Con ella, el poder nos dice: tenéis que volver a aprender a hablar. Os reprogramaré, actualizaré vuestros vocabulario y sintaxis, y con esto estaré causando que juzguéis el mundo según parámetros que me interesan a mí, que en estos momentos ocupo el mando.

Orwell se basó en lo que tenía a mano, que era la manipulación que los nazis y los soviéticos hacían del lenguaje, pero entendemos que esto no es nuevo. Ayer yo afirmaba que la manipulación y la censura probablemente sean tan antiguas como la sociedad humana, al menos desde que ésta se organiza a partir de un grupo que ostenta el poder. Galdós se refiere a la censura que Napoleón impuso a la prensa en Francia después de lo de Trafalgar. Ramsés II en Egipto «vendió» su «empate técnico» con los hititas en Qadesh como una victoria, y de esto hace más de treinta y dos siglos, que sepamos. En tiempos más recientes, la manipulación de la lengua desde el poder intentando imponer un modo de pensar se ha denominado «corrección política». Lo políticamente correcto. No insistiré en ejemplos de tal fenómeno, tan sabidos.

Porque prefiero hablar, antes de que se acabe la columna, de la diferencia que yo creo que existe entre la manipulación actual que ejerce el poder y la de antaño. En esencia, consiste en cambiar una y otra vez la citada reprogramación cerebral y en hacerlo de tal modo que cada vez pase menos tiempo entre actualización y actualización. Hace siglos, cualquier pobre hombre aprendía pronto las cuatro reglas, que sí, que podían estar encauzadas a que la gran masa tragara con ciertas cosas, asumiera la supremacía de determinados estamentos e incluso viviera asustado del infierno, del dolor o del castigo, qué sé yo. El miedo es muy útil a la hora de hacer que la gente obedezca. Sin embargo, era difícil que a lo largo de la vida de ese señor las cosas cambiaran. Lo hacían poco o nada. Las escasas reglas básicas que respetar, por manipuladas que estuvieran, se mantenían estables.

Ahora, no. A medida que las sociedades se han hecho numerosas, y no digamos ya cuando fue llegando la comunicación social de masas, el poder ha ido variando sus consignas, sus mandamientos, cada vez más rápidamente. El humor es uno de los primeros damnificados, y en este sentido basta ver cualquier programa de hace veinte o treinta años para comprender que ahora mismo sería imposible que se emitiese. Cambian los términos. Ahora hay que decir todos y todas. Ciudadanos y ciudadanas. En los noventa en España no se podía decir que un tío era negro, sino una «persona de color». Luego eso ha vuelto a cambiar. Cada cuatro o cinco años van actualizando el lenguaje correcto. ¿Para qué? ¿Por qué hacen esto? ¿Qué diferencia esta manera de manipular de la de siempre?

Es sencillo: logran que el ciudadano pierda la perspectiva, la capacidad personal de juicio. Logran lo que en la novela de 1984 Orwell dice que lograron con el protagonista, que fue hacerle incapaz de percibir.  ¿Cuántos dedos hay aquí? No lo sé, dímelo tú. Es decir: no es que crea al Poder, al Partido o al Líder si me dice que ante una mano de cinco dedos lo que hay son tres dedos. No es que crea antes a los poderosos que a mis sentidos, es que necesito que me digan lo que tengo que pensar, que sentir, que opinar, que percibir… porque yo ya he quedado discapacitado para ello. He dejado de percibir. Percibid por mí, por favor, parecemos suplicar al poder.

Repito: éste es el fin de tanto cambiar el código de conducta, el lenguaje, las interpretaciones… el de conseguir que la gente no sepa ya qué pensar, sentir o percibir. Lo que digan los poderes.

Y en eso estamos. Orwell, puro Orwell, en 2020. Y no sólo en España. En todo el mundo. Y lo que queda.

Estamos jodidos, amigos. ¿Algo positivo? Sí: que siempre lo hemos estado. Y si no, leed a Orwell. Y quizá algo más: que la gente va abriendo los ojos, dándose cuenta del engaño masivo y continuado. Aunque, quién sabe, esto último puede ser una percepción errónea, un simple deseo.

Orwell conoció 2020

Se habla mucho de Orwell últimamente: que si el Ministerio de la Verdad, que si el Gran Hermano, que si 1984… Me parece lógico.  Los tiempos están como están y el escritor resultó tener una mirada larga que le permitió anticiparse. Porque George Orwell, que en realidad se llamaba Eric Arthur, lo vio venir. Vio venir muchas cosas.

Estuvo en España durante la Guerra Civil y se olió el percal. Fue uno de los primeros en darse cuenta de que la dictadura del proletariado tenía mucho de dictatorial y poco o nada a favor de los proletarios. De lo que vivió en nuestro país dejó constancia en Homenaje a Cataluña.

En su genial Rebelión en la granja retrató a Stalin en el personaje del cerdo Napoleón. Alguien me dijo que, a raíz de su lectura, el dirigente soviético mandó acabar con el novelista, pero esto es algo que dudo: no porque Stalin no fuese capaz de matar -quizá ande a la cabeza o muy cerca en el ranking de asesinos en masa- sino porque porque no lo veo mostrando mucha ineficacia al respecto. Si Orwell publicó el citado libro en 1945 y no murió hasta 1950, ¿es que en cinco años -digamos un quinquenio, si hablamos de Iosef- los enviados soviéticos no dieron con el escritor? Difícil. Quiero decir: si Stalin en efecto hubiese pedido la cabeza de Orwell, no creo que hubiese tardado en tenerla sobre una bandeja.

Pero a lo que iba, que me liais. En Rebelión en la granja queda retratada la esencia de lo que el poder hace a la gente, sobre todo a quienes acceden a él cargados de rencor, de ganas de ajustar cuentas. Supongo que a nadie escapa lo edificante que es leer esa novela y comparar los procesos que describe con el devenir de la política en España en los últimos cuarenta o cincuenta años. Ahí está todo.

Por otro lado, tenemos el soberbio 1984, que se tituló así al intercalar los dos últimos dígitos del año en el que Orwell lo escribió, 1948. Descubrimos en sus páginas al Estado como ente omnipresente y controlador.  ¿Se emplea la censura? Desde luego, y no sólo la censura previa, sino la retroactiva, que es algo a lo que por desgracia ya nos hemos acostumbrado. Consiste ésta no sólo en ocultar la verdad o en mentir sino en reinterpretar lo que ocurrió en el pasado de cara a actualizar lo que se cree saber de los hechos. Esta modalidad la podemos encontrar en todas esas historias que proliferan por los libros de texto de las últimas décadas; y también en los anteriores, para qué engañarnos. Vamos, que la censura retroactiva consiste en decir que olvides lo que sabías y a quién viste, que nada de eso ocurrió. Una institución poderosa siempre puede contar entre sus asalariados con expertos, catedráticos, intelectuales, medios de comunicación… y sobre todo, posee la educación; son todos ellos instrumentos fantásticos para borrar la memoria del personal y adecuarla al nuevo relato que conviene al que ocupa en ese momento el sillón de mando.

Y sin embargo, con ser terrible, no es éste el mayor de los atentados del poder que describe Orwell en 1984. La peor de sus capacidades es la que hace que dejes de ser capaz de percibir por ti mismo. El protagonista, Winston Smith, después de ser torturado hasta el límite, ni siquiera acierta a saber cuántos dedos se le muestran en la mano que tiene delante. ¿Tres, cuatro, cinco, uno, ninguno…? ¡No lo sé, dímelo tú! Una escena parecida vemos en la película, donde John Hurt, Suzanna Hamilton y Richard Burton están excelentes. En el libro, Orwell no deja lugar a la duda:

— La realidad está dentro del cráneo. Irás aprendiéndolo poco a poco, Winston. No hay nada que no podamos conseguir: la invisibilidad, la levitación… absolutamente todo. Si quisiera, podría flotar ahora sobre el suelo como una pompa de jabón. No lo deseo porque el Partido no lo desea. Debes librarte de esas ideas decimonónicas sobre las leyes de la Naturaleza. Somos nosotros quienes dictamos las leyes de la Naturaleza.

El hecho de que los gobiernos mientan, manipulen y moldeen el ideario y los sentimientos de las gentes no es nuevo. No lo han inventado Trump, Sánchez, Putin, Aznar, González, Stalin, Truman, Franco… Hablamos de prácticas antiquísimas. Entonces, ¿existe diferencia entre el control de pensamiento que intentan ejercer en la actualidad y el de hace años o siglos? Yo sí lo creo. Existe una diferencia fundamental.

Ah, como decían en Conan: «Y ésa historia también será contada…». Pero lo dejamos para otra columna. Por ahora, acabo deseando que vuelva Orwell, que vuelva, aunque sea para un rato.

(CONTINÚA)

La lección de Galdós

Nos situamos hacia el final de la novela de Benito Pérez Galdós La corte de Carlos IV, la segunda de las entregas de la monumental serie de los Episodios Nacionales. El protagonista, Gabriel, un muchacho de dieciséis años nacido en Cádiz, criado en La Caleta y que estuvo en lo de Trafalgar, anda ahora por Madrid, buscando fortuna y mezclado con gentes del teatro y con cortesanos.

La acción se sitúa en el otoño de 1807. Napoleón ya ha entrado en España con sus tropas bajo el pretexto de dirigirse a Portugal y el príncipe Fernando acaba de ser descubierto encabezando una conjura para quitarse del medio a sus padres, el rey Carlos IV y la reina María Luisa de Parma, y también a Manuel Godoy.

Gabriel ha asistido a las conversaciones entre gente que hace y deshace en la Corte, gente de palacio, y además ha escuchado numerosas opiniones del pueblo. La calle anda revuelta. Unos piensan que Napoleón viene a dar un espaldarazo a Godoy -incluso auguran que el emperador va a trocear el mapa de Portugal en tres y a entregarle al primer ministro español la zona del Alentejo y el Algarve- y otros son de la opinión de que las tropas francesas vienen a aupar al trono al príncipe Fernando.

Pues bien, en éstas anda Madrid cuando Gabriel topa con el personaje de Pacorro Chinitas, de oficio amolador, o sea, un afilador, digamos. Es un tipo del pueblo llano que Gabriel recuerda como con «más talento que un papa». Y fijaos en lo que dice este tal Pacorro, sabio él: afirma que los españoles de la época serían necios si se fiasen de Napoleón y que no es razonable esperar que éste venga ni a favorecer a Carlos IV ni al que después reinaría con el nombre de Fernando VII, sino a apropiarse de España. Y atentos a la frase con la que pone colofón a su pensamiento:

– «Aquí vamos a ver cosas gordas y es preciso que estemos preparados, porque de nuestros Reyes nada se debe esperar y todo lo hemos de hacer nosotros».

En efecto, luego vino la ocupación napoleónica y el levantamiento contra el francés. Gabriel opina que Bonaparte fracasó porque creyó conocer España siguiendo el reflejo de sus reyes, y no el de esa parte del pueblo que encarnaba este tal Pacorro. Así fue.

¿Y por qué hablo de todo esto? Pues por lo oportuno del pensamiento del personaje de Galdós, que hoy por hoy nos viene pintiparado, como dice el cura de Amanece que no es poco. No estoy estableciendo que la situación sea parecida a la de ahora. Sostengo que es idéntica. Y lo digo en un aspecto muy concreto: donde Galdós se refiere a los Reyes (sic), en la actualidad, en 2020, aludimos a la clase gobernante -incluyo en ella tanto al Gobierno como a todo lo que suene a institución desde la que se presiente poder-.

La mayoría de los españoles -y sospecho que esto es extensible a la ciudadanía de otros países- hace mucho que no se cree nada de quienes gobiernan. Salvo para sus allegados más íntimos, salvo para quienes están comiendo gracias a ellos -bien sea por haber sido colocados en ciertos puestos de manera directa o bien sea a través de negocios personales-, hace muchos años que el descreimiento es el fundamento de nuestra relación con el poder. Insisto en que esto puede ser global, aunque en España lo veamos acentuado.

De hecho, me temo que hace varias votaciones ya que quien gobierna en España no obtiene su cargo por méritos propios, sino por recibir los réditos de un voto de castigo que se ha emitido contra otro dirigente. Aznar fue presidente contra González. Zapatero, contra Aznar. Rajoy, contra Zapatero. Lo de Sánchez, además, a mi juicio se explica sumando a esta ecuación el empeño personal de alguien dispuesto a llegar al poder a costa de lo que fuera, algo muy lógico en la política, pues ésta consiste en esencia en una «lucha por el poder», tal y como anticipó Antonio García-Trevijano.

De modo que, parafraseando a Galdós, Pacorro Chinitas bien podría asistir a los sucesos actuales y concluir:

– Aquí vamos a ver cosas gordas y es preciso que estemos preparados, porque de nuestros gobernantes nada se debe esperar y todo lo hemos de hacer nosotros.

No vaticino nada en concreto, ni mucho menos, pues yo no tengo vocación de Nostradamus, pero sí que afirmo lo siguiente: se entiende que nos prefieran entretenidos con bobadas y no leyendo a Galdós. Ay, que vuelva don Benito, aunque sea para un rato.

El miedo

En plena crisis del coronavirus, a día 14 de abril de 2020, no es posible abstraerse del apartado sanitario: ahí claman las tétricas voces de los miles de muertos y de los contagiados, y esto sabiendo que los datos oficiales están tirados a la baja en extremo. Pero además, ya es hora de que admitamos que convivimos con un protagonista claro: el miedo.

La gente tiene miedo de salir a la calle, de contagiarse, de besarse, de llevarse las manos a la cara… Se ha instaurado la desconfianza hacia todo aquello que se nos acerque a menos de dos metros. Se han dado casos de domicilios de sanitarios señalados por sus propios vecinos, que conocen su profesión y temen que desde el hospital ese día se les cuele el virus en sus viviendas.

Si se mira hacia el futuro, y recordemos que el futuro empieza dentro de apenas un segundo, hay miedo a perder el trabajo, a los recortes de sueldos, a no poder seguir con el negocio abierto, a que se esfumen todos los clientes, a tener que malvender lo que tanto trabajo ha costado ganar, a la pobreza, a que los del banco digan que no puedes sacar más dinero o que directamente se confisquen tus ahorros y te digan que tenías, pero ya no tienes.

Los gobernantes actúan temerosos. En España, en concreto, corren como pollos sin cabeza dando bandazos, tomando decisiones contradictorias, tarde y mal. Ni saben lo que hicieron, ni lo que están haciendo, ni mucho menos lo que harán dentro de un par de días. Pero ya dan signos evidentes de andar preocupados por su propio destino personal, visto que el colectivo les ha excedido, y no me extrañaría que los propios capitostes andasen negociando una salida por la puerta de atrás para quitarse del medio y ponerse a salvo del tsunami de querellas que ya les empieza a llegar exigiendo responsabilidad penal por los actos de los dos últimos meses, desde enero de 2020, momento en el que parece que ya sabían lo que se avecinaba.

El miedo es internacional. La Unión Europea se desintegra a vista de todos, y hasta los contrarios temen el vacío que va a provocar su ausencia. Se reaviva el miedo a China. Se presiente el recelo interno de los chinos. Late el temor de que la pandemia se extienda por África y demás lugares especialmente desfavorecidos.

Existe miedo a que no se pase esto. A que no se encuentren vacunas y tratamientos. A que sea cosa hecha en un laboratorio. A que, aun en el caso de que no haya sido perpetrado por nadie, se vuelva algo periódico ante lo cual no exista defensa. Bill Gates avisa de nuevo: cada veinte años asistiremos a una pandemia mundial, y muchos calculan ya la edad que tendrán para la siguiente, si es que escapan de ésta…

El mundo se ha quedado sin líderes de referencia. Es probable que porque los que tenía no fuesen de verdad, sino simples caras de cartón publicitarias. Llevamos décadas viviendo, no por encima de nuestras posibilidades, sino ajenos al entorno, alejados de lo real.

Y de repente, alguien ha desenchufado la televisión y el programa que nos mantenía abducidos se ha ido a negro. Hemos despertado como el que lo hace de manera brusca cuando le quitan la tele. Nos habíamos adormecido con el murmullo de una quimera.

Y la reacción inmediata ha sido la de encerrarnos a todos en casa. Tardarán en sacarnos, y no por miedo al virus, que también, sino a la respuesta de la multitud. De una multitud asustada que cada día que pasa teme más pero que también va teniendo menos que perder.

Si de verdad hay alguien a los mandos de la nave, a estas alturas debe de barruntarse ya lo que les espera a los que ocupan de momento los gobiernos. Máxime en países donde, como en España, la actuación de los gobernantes ha resultado, cuando menos, indolente y perjudicial. Cuando menos.

¿Quién gobierna el planeta?, se preguntan algunos. De momento, el miedo. Pero, ¿lo hace por mandato de alguien o lo hace por simple casualidad? En ambos casos… qué escalofrío.