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La confusión

A los pies de la inconclusa Torre de Babel, las multitudes intentan continuar con sus proyectos conjuntos pero ya no pueden: hablan lenguas distintas. Es el mito que explica la confusión. Cuando los dioses temen a los mortales, los sumen en el marasmo, los lían.

Con esto del coronavirus, la población mundial ha alcanzado un grado óptimo de confusión -y de miedo, claro-. Las distintas organizaciones han dicho una cosa y su contraria, desde la OMS hasta el último estudio publicado por cualquier instituto tecnológico.

No es necesaria la mascarilla. Ahora, sí. El virus viene de un laboratorio. O de un animal. Es de diseño humano. Es natural. Se propaga por el aire. No lo hace. Se queda en los pomos de las puertas. Ya, no. El número de muertos baila. Mantened las distancias de seguridad; ahora, negociaremos cuál es la medida de esa distancia.

No se vayan todavía, que aún hay más. Se pasó la pandemia. O no. Es una gripe fuerte. Afecta al pulmón. No: afecta a la sangre, a la coagulación. Los niños son supertransmisores. No lo son. Juntaos. No lo hagáis. Ahora, sí. Depende del motivo. Habrá vacuna. No la habrá o será peor el remedio que la enfermedad. Existen los asintomáticos. No existen. Los test son fiables. No lo son. Habrá colegio en septiembre. No lo habrá. Podéis juntaros en las terrazas. No os beséis…

Incluso si fuésemos tan cándidos como para seguir atendiendo a los medios de comunicación y demás correas de transmisión de ideas y valores del poder, no podríamos mantener un discurso uniforme. Porque de esto se trata: de cambiar continuamente la verdad. Nos dicen una cosa, su contraria, media verdad, la otra media… El objetivo: que nos confundamos, que ya no sepamos a qué atenernos.

¿Para qué? Se me ocurren varias razones. En primer lugar, la confusión ayuda a perpetuar el miedo. Y nos desean asustados, obviamente. Punto dos: a una masa confundida se la divide con facilidad, de modo que nos pueden enfrentar entre nosotros en distintos bandos, mientras ellos siguen a lo suyo. O sea: robarnos, esclavizarnos, dirigirnos.

Y tercero: la confusión es el estado ideal para preparar una futura certeza. Están preparando alguna nueva mentira con la que mantenernos dormidos, y debe de ser de entidad considerable, a tenor de la que están montando. Y esa nueva verdad, sea la que sea, la abrazaremos mejor si venimos de un período en el que nada ofrece seguridad.

¿Te sientes confundido, amigo? Es natural. Es lo que querían. Piensa, si te alivia, que a la lucidez no le hacen falta certezas. Y, en todo caso, siempre nos quedan algunas de emergencia: por ejemplo, que los poderes mienten, por definición. Y en estos tiempos, más que nunca. Al menos, eso te habrá quedado claro ya, ¿verdad?

Despertemos

AUDIO DE «DESPERTEMOS»

La locura colectiva se acelera. Los que mandan están aprovechando la pandemia global para implantar los cambios sociales que traían diseñados. A estos efectos, lo mismo nos da lo que opinemos respecto a si el coronavirus es algo de diseño o una eventualidad.

Los que mandan obligan a la gente a arrodillarse delante de los negros, así, en general. Andan las turbas, de blancos y de negros, destrozando estatuas. Yo supongo que son dirigidas, que están a sueldo, que les han ordenado que salgan a acabar con todo lo que suponga pasado. Porque el pasado está mal. Es incorrecto. Hay que acabar con él.

Los que mandan, en realidad, buscan eliminar lo anterior para que no quede memoria de nada. El pasado contiene atrocidades, por supuesto. Pero no son las que los ejércitos de analfabetos creen que fueron. Se están intentando esconder, además, atrocidades mayores: las del presente.

Los que mandan ya nos dicen qué está bien y qué está mal. Lo han hecho siempre, aunque puede que no de un modo tan intenso, sutil y perverso. Y los rebaños acuden en masa a los mataderos sanitarios, ideológicos y morales. Se publican cartas dictatoriales donde unos funcionarios advierten a las empresas de que no están cumpliendo las órdenes respecto al tratamiento que se ha de dar a los sexos masculino y femenino: lo que, según su equivocada manera de emplear la lengua, se denomina género.

Mi pena consiste en la obligación de convivir con esta sociedad, de verme en medio de esta riada de estupidez. Y esto no ha hecho más que empezar. Verás maravillas, le decía el Quijote a Sancho. Las estamos viendo. Y veremos muchas más.

¿Cuántos justos quedan en Sodoma? ¿Cuántas personas normales que no estén colonizadas por las consignas diseminadas a través de los medios de comunicación y de la propaganda de la ficción actual?

Cómo envidio a los que creen en la posibilidad de una intervención externa salvadora: de las deidades o de civilizaciones no humanas de un corte moral superior.

Yo no albergo tal esperanza. Me limito al consuelo de los libros. Los seguiré leyendo, antes de que vengan a quemarlos. Que vendrán. Y a por todos vosotros, también. Y a por vosotras. Tanto a por los que decís estar de acuerdo con lo que está ocurriendo como a por los que os ponéis de perfil haciendo como que la cosa no os atañe. O despertamos, o con la almohada nos asfixiarán.

Estamos solos

AUDIO DE«ESTAMOS SOLOS»

Llegamos a principios de junio de 2020 y ya han empezado las manifestaciones contra los gobiernos. En Milán se han echado a la calle los llamados «chalecos naranjas», que propugnan, entre otras ideas, la de que el coronavirus es una invención de los mandamases.

¿De qué nos extrañamos? La gente lleva décadas harta. Cada vez, más. En España, el acceso al poder de Podemos pareció en un primer momento que cambiaba las cosas, y muchos pensaron de manera cándida que «los de abajo» llegaban a los despachos y que eso se notaría.

No ha sido así, como es evidente, porque ese partido ha resultado, o bien una invención más del poder para mantener a la masa integrada dentro del sistema, o bien un grupo en el que en apenas cuatro o cinco años el deseo de mando y de dinero público ha hecho estragos, hasta convertirlo en una empresa privada al dictado de una única persona.

Así, cunde la sensación de que estamos solos. De que los gobernados no contamos con nadie. De que no hay gobierno, grupo político, organización… que nos ampare. Y partiendo de esta premisa, lo lógico es que, como ya he dicho aquí en las últimas semanas, se imponga la desconfianza popular hacia cualquier mensaje que huela a oficial.

Pero lo que está vacío es ocupado rápido por cualquier otra cosa. Chalecos naranjas, conspiraciones, teorías varias… Que a nadie le parezca raro que se empiece a dar crédito a ideas de todo tipo, por disparatadas que puedan parecer a priori. Porque las que suenan cada vez más delirantes son las versiones oficiales.

Basta con echar un vistazo a la trayectoria de las autodenominadas autoridades sanitarias españolas durante los tres últimos meses para comprender que otorgarles credibilidad equivale a ser un incauto.

No sé si otro gobierno lo hubiera hecho mucho mejor. Pero considero que es difícil hacerlo peor. Estamos solos, amigos. Siempre lo hemos estado. Bienvenidos a un mundo en el que eso por fin queda claro, a la luz. Nunca mandan los nuestros. Siempre hay que desconfiar del poder. Y ahora sí, pónganse el chaleco del color que quieran.

Estamos solos. Pero somos mayoría. Somos casi todos. No lo olvidemos.

Todas las verdades son mentira

AUDIO DE «TODAS LAS VERDADES SON MENTIRA»

¿Existe el coronavirus? De no ser así, ¿cuál es la causa de que fallezcan tantas personas? ¿Cuántos están muriendo en realidad? Si es cierto que existe, ¿cómo actúa el bicho en el cuerpo?

¿El virus es artificial, creado en un laboratorio, o proviene de los cauces naturales mediante los que surgen estos microorganismos? ¿Qué son los virus? ¿Han diseminado éste a propósito? ¿Los gobiernos sabían lo que se avecinaba y dejaron que ocurriera? ¿Tenían orden de hacerlo así, propiciando que muriese cuanta más gente mejor? ¿Llegará una vacuna? ¿Esa misma vacuna será nociva?

¿Han hecho esto para controlarnos? ¿O para quitarse del medio a una parte significativa de la población? ¿Se está organizando todo de tal manera que caigan los actuales gobiernos para ser sustituidos por un nuevo ente mundial?

¿El Gobierno de España es simplemente incapaz o sus acciones y omisiones corresponden a un ejercicio criminal en toda regla?

Estas preguntas, pero en forma de afirmaciones, y a la vez, corren de boca en boca. Se publican papeles que sostienen que el Gobierno español ya conocía todo esto en febrero, e incluso antes. La OMS afirma y niega al mismo tiempo sus propios informes. Desde Tanzania se evidencia que los tests no resultan fiables, ya que da positivo por coronavirus una muestra que resultó ser material obtenido de una papaya.

La gente no sabe con qué quedarse. Informarse a través de los medios es imposible, lo cual no nos extraña: los medios no fueron creados para informar, sino para propagar el miedo y la confusión.

Entonces, ¿alguien dice la verdad? La sensación es la de que todo es mentira. La inocencia ya acabó hace décadas, de tal modo que si hay algo que define a las sociedades actuales es el hecho de que los mensajes institucionales son tomados por mentiras de forma automática.

Si algo ha quedado claro a la mayoría es que nos mienten todo el tiempo -excluyo a los ultras que siempre estarán ciegos ante las acciones de los que consideran como «suyos»-. Cualquier verdad oficial, presentada como tal, es percibida como un engaño.

Esto ocurre con los mensajes políticos, sanitarios, económicos… La autoridad miente. Por definición. Otra cuestión es discutir si el poder ya no necesita ser creído para seguir dominando la escena.

Y aunque esto ya venía ocurriendo de antes, con la crisis del coronavirus se ha intensificado. Una mayoría creciente de personas -y no digamos ya las consideradas como lúcidas o escépticas- parte del hecho de que todas las verdades son mentira.

Vocación de esclavitud

AUDIO DE «VOCACIÓN DE ESCLAVITUD»

Conocí a un herrero hace mucho tiempo. Recuerdo a la perfección el olor intenso de aquel lugar en el que él tomaba el hierro frío, lo calentaba hasta ponerlo incandescente y lo golpeaba hasta darle forma. Aquel tío era un artista que, a martillazos, convencía al metal duro de que adoptase las maneras que él deseaba.

Estos días me he acordado de él. Aunque procuro mantenerme prudentemente alejado de las noticias, de lo que llaman medios de comunicación, más o menos estoy al tanto de cómo va la cosa. Lo veo en cuatro titulares fugaces, me lo cuenta la gente con la que hablo… Y el contexto me inclina a recordar al herrero.

Porque sospecho que la sociedad es el material que los que mandan han calentado a su conveniencia y que ahora, una vez que hemos alcanzado la temperatura deseada, ya nos pueden golpear a capricho.

Ojalá me equivoque, pero me da a mí que lo que estos imitadores de mi amigo el herrero están fabricando con nosotros no se parece a un hermoso objeto de decoración, sino más bien a los barrotes de una cárcel. Y lo más siniestro es la gran cantidad de gente que se muestra entusiasmada ante la idea de ingresar en la prisión mental que han creado para nosotros. Qué lástima que esa vocación por la esclavitud, que esa pasión por la servidumbre, nos afecte también a quienes no admitimos dueños ni aceptamos el bozal.

El futuro era esto

AUDIO DE «EL FUTURO ERA ESTO»

He visto el futuro y es un crimen, canta Leonard Cohen. Y tenía razón el poeta cantante. Hemos llegado al día de mañana, que ya es el de hoy, y despertamos en un mundo en el que la inteligencia artificial que esperábamos se limita a decirnos si un tío está en fuera de juego.

Esto es una exageración. Pero hay que admitir que hace dos, tres o cuatro décadas que se venía esperando un mundo que no ha llegado. No hablo ya de coches voladores, como vio el Marty McFly de Regreso al futuro, sino de un territorio en el que el horror quedaba atrás.

Pero el horror está aquí, entre nosotros. Porque, en gran medida, lo provocamos nosotros. Ya sabíamos que los gobiernos eran ineficaces ante lo cotidiano; ahora, además, sabemos que se revelan como contraproducentes ante lo imprevisible.

Encuentro en las últimas semanas a un número creciente de personas que ya admite -por fin- que sin gobernantes estaríamos mucho mejor. Creo que se empieza a extender la idea de que los políticos han sido la causa fundamental de la expansión de la epidemia de coronavirus. Yo eso no puedo asegurarlo.

Pero surge de inmediato la pregunta de esas mismas personas: ¿y si quitamos a éstos, a quiénes ponemos? Y no se refieren al PSOE y a Podemos, en el caso de España, sino a toda la clase política al completo. Esa pregunta adolece de cierta inocencia, basada en el supuesto de que somos los ciudadanos quienes elegimos y destituimos a los gobernantes, algo que yo opino que no ocurre en realidad.

En fin. El futuro era esto, mi queridísimo Leonard Cohen: un mundo donde los gobernados disimulan que creen que existe alguien capaz al mando. Un crimen. El futuro es un crimen. El cantante poeta tenía razón.

Tarde de domingo

AUDIO DE «TARDE DE DOMINGO»

Se ha quedado la tarde de domingo estupenda para comprobar que media España recrimina a la otra media que no cumpla las normas. Lo han conseguido una vez más. El Gobierno permite a los niños menores de catorce años salir de casa con sus padres. Y ante el incumplimiento de unos cuantos, que salen en grupos o no respetan la distancia marcada como de seguridad, ya se ha descargado de culpa.

Vuelve la guerra civil. Los que salen a la calle frente a los que se quedan en casa. La gente con niños frente a quienes no los tienen. Los dueños de los perros contra los que van sin mascota. Los que apoyan al Gobierno ante los que desearían que esos cargos estuviesen ocupados por otros, a los que sienten afines.

No sé qué porcentaje de incumplimiento se ha dado hoy. Pero sospecho que el poder ha vuelto a conseguirlo, porque los que mandan saben que lo único que tienen que hacer es mantener a la gente enfrentada. Del resto, ya se encarga nuestro secular odio, nuestro espíritu delator, la inquina que le tenemos al vecino.

Es importante para ellos mantenernos con sentimiento de culpa. Me envían algunas fotos en las que se ve a gente por la calle.

– ¿Has visto? Es que no tenemos remedio.

En la foto en cuestión sólo se ve a gente andando, casi todos ellos con mascarillas y respetando la citada distancia de seguridad. Pero han conseguido que el simple hecho de salir a la calle y ser fotografiado se convierta en algo culposo.

Durante muchos años nos estuvimos preguntando que cómo fue posible lo de Alemania en los años 30, o lo de la Unión Soviética, o lo del franquismo… Ahora ya nos va quedando claro cómo fue posible. Pastorear a gentes asustadas, multitudinarias y que se sienten culpables es sencillo para los gobernantes.

La gota que colma el vaso

El Gobierno anuncia que a partir del lunes 27 de abril los niños podrán regresar a las calles. En un primer momento, sostiene que será para acompañar a uno de los progenitores en las visitas al banco, el supermercado, la farmacia… Y después, al caer la noche, rectifica y dice que también podrá hacerse para dar un paseo.

¿Qué ha ocurrido para que en apenas unas horas varíen de opinión? De entrada, estamos ante algo inusual. El refrán asegura que rectificar es de sabios, pero lo cierto es que no se suele ver a un gobernante que reconozca haberse equivocado. Da la sensación de que los que mandan creen que la rectificación es señal de debilidad, como si quien enmienda su acción estuviese admitiendo un error de base. Sostenella y no enmedalla, según la expresión del castellano antiguo.

Qué extraño entonces. Cómo es que un gobierno rectifica. Pues quizá es porque el vaso está lleno y temen que cualquier gota lo desborde. El vaso se ha llenado con la evidencia de que los que ahora ocupan el poder en el Gobierno de España actuaron tarde, tardísimo, desoyendo los múltiples avisos que llegaban, como poco, desde enero. El vaso se ha llenado con un número de fallecidos que supera toda comparación con otros países, incluso aunque nos limitemos a las mediciones intencionadamente a la baja del Ministerio de Sanidad. El vaso se ha llenado con las recomendaciones fallidas de supuestos expertos que van cambiando las indicaciones según pasan los días.

El vaso se ha llenado con la lentitud e ineficacia exhibidas a la hora de conseguir material sanitario, con la falta de empatía y de cuidado protegiendo a un personal médico que es enviado a la trinchera de la enfermedad con las manos vacías, con la dureza empleada para con los mayores a los que se ha ido dejando morir sin poder atenderlos, con las contradicciones internas de un gabinete en el que habita la desmesura de veintidós ministros.

El vaso se ha llenado quedando el presidente desnudo al haber demostrado que preocupa más el control mediático y de las redes sociales que la propia pandemia. El vaso se ha llenado por tener que ir a rastras al Congreso, intentando evitar los pocos sistemas de control que aquí se imponen al que gobierna. El vaso se ha llenado, y no poco, ante la ola de pobreza que como un ciclón ya arrolla a los parados y a los dueños de los negocios que han de cerrar. El vaso queda rebosante, en fin, por la mirada hacia un futuro inmediato más negro que algunas pinturas de Goya.

Y como parece que en el recipiente no cabe ya una gota más, cualquier eventualidad causa el desbordamiento. Pudo ser ayer, al negarse a que los niños diesen un paseo, y por eso rectificaron rápido -entendiendo que para este Gobierno un lapso de tiempo de cinco horas supone un ejercicio de rapidez-.

Pero el vaso sigue lleno. La gota que lo colme podrá consistir en un detalle que, en otro contexto, no tendría mayor importancia. Un paseo de niños. Una denuncia colectiva. Una cacería de elefantes en Botsuana… Cualquier anécdota que acabe por dar la puntilla a una situación que hace mucho que se fue de las manos. Quizá, es posible, no sé, que el Gobierno sea consciente de todo esto, y por eso ayer corrieron a tapar la última vía de agua. Lo malo es que el hundimiento, el naufragio, no es sólo gubernamental. El Titanic que se hunde es el país entero, y no sólo el capitán y los suyos, desbordados e incapaces.

Odio

Cuando esto pase, volveremos a juntarnos. Antes o después regresaremos del modo que sea a los bares, a ver a los amigos, a reunirnos con familiares. Y entonces, probablemente, asistamos a discusiones. Cada uno con sus opiniones, unos defendiendo la labor del actual Gobierno del PSOE y de Podemos; otros, atacándola.

Será ese mismo tipo de discusiones que ya vimos durante lo del 15M, arreciando entonces lo peor de la crisis que declararon en 2008, cuando cada mañana desayunábamos con el periódico dividido entre las noticias de los recortes y la corrupción del PP. Discusiones que seguirán el patrón de las que conocemos sobre el tema de Cataluña o sobre el robo sistemático del Partido Socialista con lo de los EREs de Andalucía.

Se trata de enfrentamientos que nos llegan inoculados desde arriba. En muchos casos, se parecen a pugnas entre distintas bandas de la mafia, asuntos que sólo les atañe a ellas pero que consiguen que lleguen a la sociedad y que finalmente alcanzan a gente de la calle, que ni cobra su sueldo de un partido político ni posee una empresa que haga negocios con la administración a través de un conocido que ocupa un despacho en un ayuntamiento, una diputación, un ministerio o la sede del propio partido.

Resulta cansado comprobar que, para muchos, esto consistirá de nuevo en un enfrentamiento entre «ellos y nosotros». Los de izquierdas y los de derechas. Los liberales y los conservadores. Cánovas y Sagasta. Rojos y azules. Qué momento, aquél en el que alguien con mucha cabeza inventó este artefacto de división y comprobó que funcionaba. Y qué país, España, en el que la semilla del odio siempre germina tan bien.

Cuando quienes mandan sienten que el desapego por los partidos políticos aleja a la gente de las urnas, inventan nuevas formaciones para que los desencantados vuelvan a identificarse con unas siglas, un grupo estético o un color. Asustados por el 15M, inventaron Podemos, para lo cual les bastó con recoger a lo más pedante y ambicioso que encontraron por los despachos de una universidad. Y así, lograron volver a conformar a varios millones de personas que habían entreabierto los ojos.

Cuando quisieron mantener vivo el voto de gente conservadora y joven que ya no soportaba la corrupción del PP, inventaron Ciudadanos. Y últimamente, muestran a VOX como nuevo personaje de este teatrillo. VOX encarna a un malo magnífico para el ideario del sistema en el que vivimos.

Pero todo es pura ficción. Estamos ante un grupo de actores que interpretan una especie de sainete. En el mejor de los casos, el sistema da con la tecla de forma brillante y consigue elegir a las gentes adecuadas, que se meten tanto en el papel que hasta se lo creen.

Más allá de esa circunstancia, lo importante es que lo crea el ciudadano. Pero un político disfrazado de pobre no es un pobre. Un político disfrazado de autónomo no es un autónomo. Un político disfrazado de autónomo pobre no es un autónomo pobre. Un político no es un votante. Uno vive de los impuestos que paga el otro.

¿Cómo saldremos de esto? ¿Qué sociedad nos vamos a encontrar? Dependerá de la cantidad de gente que despierte de la hipnosis de este sistema de partidos políticos. Dependerá de cuántos dejemos de enfrentarnos entre nosotros por discusiones que no son nuestras, que son las que se inducen desde arriba para perpetuar la enemistad. Discutamos cuanto haga falta, pero al menos que sea por motivos propios y con argumentos que surjan de nuestro entorno, no desde los despachos de quienes viven de mantenernos en este estado de odio.

Orwell conoció 2021

VIENE DE LA COLUMNA ANTERIOR

Continúo aquí la reflexión iniciada a colación de los escritos de George Orwell. Avisados habíamos quedado los lectores de con quiénes estábamos tratando desde que disfrutamos de las novelas de Rebelión en la granja y de 1984. A esto añado el tomo de ensayos que en España fue titulado El poder y la palabra y en el que este autor se explaya mencionando el uso torticero que los poderes hacen del lenguaje, de la literatura y de los vocablos; los que están al mando gustan de vaciar de contenido las palabras para rellenarlas con uno nuevo. El lenguaje, por lo tanto, es uno de los instrumentos que el poderoso emplea para manipular al ciudadano. El otro es el sentimiento, que se moldea a través de las manifestaciones artísticas (la pintura, la ficción literaria, el cine, ahora las series…).

En un mundo que correspondiera a lo que nos han contado, sería el pensador o el poeta quien dijera al gobernante cómo hay que hablar. Como en realidad el sistema de poder establecido es distinto a lo que nos han dicho, en la práctica ocurre lo contrario: es desde el poder desde donde surgen las directrices respecto a cómo nombrar las cosas.

Pondré algún ejemplo vivido en primera persona en los llamados medios de comunicación. Recuerdo cuando en uno de los programas en los que he trabajado llegó la secretaria de Estado de Educación de turno. Su aparición se debía a la actualidad de la llamada Ley Wert. Aquella señora insistía en que no debíamos referirnos a esta ley de ese modo.

– Ya, pero es que se la conoce así. Se trata de que los espectadores sepan a qué nos referimos.

– No, su nombre es Ley Orgánica para la mejora de la calidad educativa. La LOMCE. Preguntad por ella en esos términos.

– Usted dé las respuestas, que de las preguntas ya nos ocupamos nosotros.

Ocurrió tal que así. Por supuesto, en el rótulo apareció Ley Wert, su denominación popular. ¿Qué estaba ocurriendo entonces? Sencillamente, que ella intentaba marcar el vocabulario, el lenguaje, el modo de hablar. O sea: el modo de pensar. Diciendo Ley Wert la audiencia identificaba de inmediato la polémica suscitada en torno a la norma en cuestión con el propio ministro del ramo, José Ignacio Wert. Y era lo que la secretaria de Estado de Educación intentaba evitar. Ella estaba en su derecho, diríamos, de contestar como quisiera. Pero no deseaba limitarse a ese papel: su intención llegaba más allá, queriendo tener la potestad de decir cómo tiene que preguntar el periodista. Es a lo que están acostumbrados, por otra parte.

En las últimas semanas, desde la oficialidad se insiste en la diferencia entre morir «por coronavirus» o morir «con coronavirus». Y me llega que hoy la ministra de Igualdad, Irene Montero, ha acuñado el término «monomarental», algo que parece haber causado mucho jolgorio pero ante lo cual hay que recordar el verso de Serrat: «Si no fueran tan dañinos, nos darían lástima».

Orwell habla de la nuevalengua. Con ella, el poder nos dice: tenéis que volver a aprender a hablar. Os reprogramaré, actualizaré vuestros vocabulario y sintaxis, y con esto estaré causando que juzguéis el mundo según parámetros que me interesan a mí, que en estos momentos ocupo el mando.

Orwell se basó en lo que tenía a mano, que era la manipulación que los nazis y los soviéticos hacían del lenguaje, pero entendemos que esto no es nuevo. Ayer yo afirmaba que la manipulación y la censura probablemente sean tan antiguas como la sociedad humana, al menos desde que ésta se organiza a partir de un grupo que ostenta el poder. Galdós se refiere a la censura que Napoleón impuso a la prensa en Francia después de lo de Trafalgar. Ramsés II en Egipto «vendió» su «empate técnico» con los hititas en Qadesh como una victoria, y de esto hace más de treinta y dos siglos, que sepamos. En tiempos más recientes, la manipulación de la lengua desde el poder intentando imponer un modo de pensar se ha denominado «corrección política». Lo políticamente correcto. No insistiré en ejemplos de tal fenómeno, tan sabidos.

Porque prefiero hablar, antes de que se acabe la columna, de la diferencia que yo creo que existe entre la manipulación actual que ejerce el poder y la de antaño. En esencia, consiste en cambiar una y otra vez la citada reprogramación cerebral y en hacerlo de tal modo que cada vez pase menos tiempo entre actualización y actualización. Hace siglos, cualquier pobre hombre aprendía pronto las cuatro reglas, que sí, que podían estar encauzadas a que la gran masa tragara con ciertas cosas, asumiera la supremacía de determinados estamentos e incluso viviera asustado del infierno, del dolor o del castigo, qué sé yo. El miedo es muy útil a la hora de hacer que la gente obedezca. Sin embargo, era difícil que a lo largo de la vida de ese señor las cosas cambiaran. Lo hacían poco o nada. Las escasas reglas básicas que respetar, por manipuladas que estuvieran, se mantenían estables.

Ahora, no. A medida que las sociedades se han hecho numerosas, y no digamos ya cuando fue llegando la comunicación social de masas, el poder ha ido variando sus consignas, sus mandamientos, cada vez más rápidamente. El humor es uno de los primeros damnificados, y en este sentido basta ver cualquier programa de hace veinte o treinta años para comprender que ahora mismo sería imposible que se emitiese. Cambian los términos. Ahora hay que decir todos y todas. Ciudadanos y ciudadanas. En los noventa en España no se podía decir que un tío era negro, sino una «persona de color». Luego eso ha vuelto a cambiar. Cada cuatro o cinco años van actualizando el lenguaje correcto. ¿Para qué? ¿Por qué hacen esto? ¿Qué diferencia esta manera de manipular de la de siempre?

Es sencillo: logran que el ciudadano pierda la perspectiva, la capacidad personal de juicio. Logran lo que en la novela de 1984 Orwell dice que lograron con el protagonista, que fue hacerle incapaz de percibir.  ¿Cuántos dedos hay aquí? No lo sé, dímelo tú. Es decir: no es que crea al Poder, al Partido o al Líder si me dice que ante una mano de cinco dedos lo que hay son tres dedos. No es que crea antes a los poderosos que a mis sentidos, es que necesito que me digan lo que tengo que pensar, que sentir, que opinar, que percibir… porque yo ya he quedado discapacitado para ello. He dejado de percibir. Percibid por mí, por favor, parecemos suplicar al poder.

Repito: éste es el fin de tanto cambiar el código de conducta, el lenguaje, las interpretaciones… el de conseguir que la gente no sepa ya qué pensar, sentir o percibir. Lo que digan los poderes.

Y en eso estamos. Orwell, puro Orwell, en 2020. Y no sólo en España. En todo el mundo. Y lo que queda.

Estamos jodidos, amigos. ¿Algo positivo? Sí: que siempre lo hemos estado. Y si no, leed a Orwell. Y quizá algo más: que la gente va abriendo los ojos, dándose cuenta del engaño masivo y continuado. Aunque, quién sabe, esto último puede ser una percepción errónea, un simple deseo.