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Orwell conoció 2020

Se habla mucho de Orwell últimamente: que si el Ministerio de la Verdad, que si el Gran Hermano, que si 1984… Me parece lógico.  Los tiempos están como están y el escritor resultó tener una mirada larga que le permitió anticiparse. Porque George Orwell, que en realidad se llamaba Eric Arthur, lo vio venir. Vio venir muchas cosas.

Estuvo en España durante la Guerra Civil y se olió el percal. Fue uno de los primeros en darse cuenta de que la dictadura del proletariado tenía mucho de dictatorial y poco o nada a favor de los proletarios. De lo que vivió en nuestro país dejó constancia en Homenaje a Cataluña.

En su genial Rebelión en la granja retrató a Stalin en el personaje del cerdo Napoleón. Alguien me dijo que, a raíz de su lectura, el dirigente soviético mandó acabar con el novelista, pero esto es algo que dudo: no porque Stalin no fuese capaz de matar -quizá ande a la cabeza o muy cerca en el ranking de asesinos en masa- sino porque porque no lo veo mostrando mucha ineficacia al respecto. Si Orwell publicó el citado libro en 1945 y no murió hasta 1950, ¿es que en cinco años -digamos un quinquenio, si hablamos de Iosef- los enviados soviéticos no dieron con el escritor? Difícil. Quiero decir: si Stalin en efecto hubiese pedido la cabeza de Orwell, no creo que hubiese tardado en tenerla sobre una bandeja.

Pero a lo que iba, que me liais. En Rebelión en la granja queda retratada la esencia de lo que el poder hace a la gente, sobre todo a quienes acceden a él cargados de rencor, de ganas de ajustar cuentas. Supongo que a nadie escapa lo edificante que es leer esa novela y comparar los procesos que describe con el devenir de la política en España en los últimos cuarenta o cincuenta años. Ahí está todo.

Por otro lado, tenemos el soberbio 1984, que se tituló así al intercalar los dos últimos dígitos del año en el que Orwell lo escribió, 1948. Descubrimos en sus páginas al Estado como ente omnipresente y controlador.  ¿Se emplea la censura? Desde luego, y no sólo la censura previa, sino la retroactiva, que es algo a lo que por desgracia ya nos hemos acostumbrado. Consiste ésta no sólo en ocultar la verdad o en mentir sino en reinterpretar lo que ocurrió en el pasado de cara a actualizar lo que se cree saber de los hechos. Esta modalidad la podemos encontrar en todas esas historias que proliferan por los libros de texto de las últimas décadas; y también en los anteriores, para qué engañarnos. Vamos, que la censura retroactiva consiste en decir que olvides lo que sabías y a quién viste, que nada de eso ocurrió. Una institución poderosa siempre puede contar entre sus asalariados con expertos, catedráticos, intelectuales, medios de comunicación… y sobre todo, posee la educación; son todos ellos instrumentos fantásticos para borrar la memoria del personal y adecuarla al nuevo relato que conviene al que ocupa en ese momento el sillón de mando.

Y sin embargo, con ser terrible, no es éste el mayor de los atentados del poder que describe Orwell en 1984. La peor de sus capacidades es la que hace que dejes de ser capaz de percibir por ti mismo. El protagonista, Winston Smith, después de ser torturado hasta el límite, ni siquiera acierta a saber cuántos dedos se le muestran en la mano que tiene delante. ¿Tres, cuatro, cinco, uno, ninguno…? ¡No lo sé, dímelo tú! Una escena parecida vemos en la película, donde John Hurt, Suzanna Hamilton y Richard Burton están excelentes. En el libro, Orwell no deja lugar a la duda:

— La realidad está dentro del cráneo. Irás aprendiéndolo poco a poco, Winston. No hay nada que no podamos conseguir: la invisibilidad, la levitación… absolutamente todo. Si quisiera, podría flotar ahora sobre el suelo como una pompa de jabón. No lo deseo porque el Partido no lo desea. Debes librarte de esas ideas decimonónicas sobre las leyes de la Naturaleza. Somos nosotros quienes dictamos las leyes de la Naturaleza.

El hecho de que los gobiernos mientan, manipulen y moldeen el ideario y los sentimientos de las gentes no es nuevo. No lo han inventado Trump, Sánchez, Putin, Aznar, González, Stalin, Truman, Franco… Hablamos de prácticas antiquísimas. Entonces, ¿existe diferencia entre el control de pensamiento que intentan ejercer en la actualidad y el de hace años o siglos? Yo sí lo creo. Existe una diferencia fundamental.

Ah, como decían en Conan: «Y ésa historia también será contada…». Pero lo dejamos para otra columna. Por ahora, acabo deseando que vuelva Orwell, que vuelva, aunque sea para un rato.

(CONTINÚA)

La lección de Galdós

Nos situamos hacia el final de la novela de Benito Pérez Galdós La corte de Carlos IV, la segunda de las entregas de la monumental serie de los Episodios Nacionales. El protagonista, Gabriel, un muchacho de dieciséis años nacido en Cádiz, criado en La Caleta y que estuvo en lo de Trafalgar, anda ahora por Madrid, buscando fortuna y mezclado con gentes del teatro y con cortesanos.

La acción se sitúa en el otoño de 1807. Napoleón ya ha entrado en España con sus tropas bajo el pretexto de dirigirse a Portugal y el príncipe Fernando acaba de ser descubierto encabezando una conjura para quitarse del medio a sus padres, el rey Carlos IV y la reina María Luisa de Parma, y también a Manuel Godoy.

Gabriel ha asistido a las conversaciones entre gente que hace y deshace en la Corte, gente de palacio, y además ha escuchado numerosas opiniones del pueblo. La calle anda revuelta. Unos piensan que Napoleón viene a dar un espaldarazo a Godoy -incluso auguran que el emperador va a trocear el mapa de Portugal en tres y a entregarle al primer ministro español la zona del Alentejo y el Algarve- y otros son de la opinión de que las tropas francesas vienen a aupar al trono al príncipe Fernando.

Pues bien, en éstas anda Madrid cuando Gabriel topa con el personaje de Pacorro Chinitas, de oficio amolador, o sea, un afilador, digamos. Es un tipo del pueblo llano que Gabriel recuerda como con «más talento que un papa». Y fijaos en lo que dice este tal Pacorro, sabio él: afirma que los españoles de la época serían necios si se fiasen de Napoleón y que no es razonable esperar que éste venga ni a favorecer a Carlos IV ni al que después reinaría con el nombre de Fernando VII, sino a apropiarse de España. Y atentos a la frase con la que pone colofón a su pensamiento:

– «Aquí vamos a ver cosas gordas y es preciso que estemos preparados, porque de nuestros Reyes nada se debe esperar y todo lo hemos de hacer nosotros».

En efecto, luego vino la ocupación napoleónica y el levantamiento contra el francés. Gabriel opina que Bonaparte fracasó porque creyó conocer España siguiendo el reflejo de sus reyes, y no el de esa parte del pueblo que encarnaba este tal Pacorro. Así fue.

¿Y por qué hablo de todo esto? Pues por lo oportuno del pensamiento del personaje de Galdós, que hoy por hoy nos viene pintiparado, como dice el cura de Amanece que no es poco. No estoy estableciendo que la situación sea parecida a la de ahora. Sostengo que es idéntica. Y lo digo en un aspecto muy concreto: donde Galdós se refiere a los Reyes (sic), en la actualidad, en 2020, aludimos a la clase gobernante -incluyo en ella tanto al Gobierno como a todo lo que suene a institución desde la que se presiente poder-.

La mayoría de los españoles -y sospecho que esto es extensible a la ciudadanía de otros países- hace mucho que no se cree nada de quienes gobiernan. Salvo para sus allegados más íntimos, salvo para quienes están comiendo gracias a ellos -bien sea por haber sido colocados en ciertos puestos de manera directa o bien sea a través de negocios personales-, hace muchos años que el descreimiento es el fundamento de nuestra relación con el poder. Insisto en que esto puede ser global, aunque en España lo veamos acentuado.

De hecho, me temo que hace varias votaciones ya que quien gobierna en España no obtiene su cargo por méritos propios, sino por recibir los réditos de un voto de castigo que se ha emitido contra otro dirigente. Aznar fue presidente contra González. Zapatero, contra Aznar. Rajoy, contra Zapatero. Lo de Sánchez, además, a mi juicio se explica sumando a esta ecuación el empeño personal de alguien dispuesto a llegar al poder a costa de lo que fuera, algo muy lógico en la política, pues ésta consiste en esencia en una «lucha por el poder», tal y como anticipó Antonio García-Trevijano.

De modo que, parafraseando a Galdós, Pacorro Chinitas bien podría asistir a los sucesos actuales y concluir:

– Aquí vamos a ver cosas gordas y es preciso que estemos preparados, porque de nuestros gobernantes nada se debe esperar y todo lo hemos de hacer nosotros.

No vaticino nada en concreto, ni mucho menos, pues yo no tengo vocación de Nostradamus, pero sí que afirmo lo siguiente: se entiende que nos prefieran entretenidos con bobadas y no leyendo a Galdós. Ay, que vuelva don Benito, aunque sea para un rato.

El miedo

En plena crisis del coronavirus, a día 14 de abril de 2020, no es posible abstraerse del apartado sanitario: ahí claman las tétricas voces de los miles de muertos y de los contagiados, y esto sabiendo que los datos oficiales están tirados a la baja en extremo. Pero además, ya es hora de que admitamos que convivimos con un protagonista claro: el miedo.

La gente tiene miedo de salir a la calle, de contagiarse, de besarse, de llevarse las manos a la cara… Se ha instaurado la desconfianza hacia todo aquello que se nos acerque a menos de dos metros. Se han dado casos de domicilios de sanitarios señalados por sus propios vecinos, que conocen su profesión y temen que desde el hospital ese día se les cuele el virus en sus viviendas.

Si se mira hacia el futuro, y recordemos que el futuro empieza dentro de apenas un segundo, hay miedo a perder el trabajo, a los recortes de sueldos, a no poder seguir con el negocio abierto, a que se esfumen todos los clientes, a tener que malvender lo que tanto trabajo ha costado ganar, a la pobreza, a que los del banco digan que no puedes sacar más dinero o que directamente se confisquen tus ahorros y te digan que tenías, pero ya no tienes.

Los gobernantes actúan temerosos. En España, en concreto, corren como pollos sin cabeza dando bandazos, tomando decisiones contradictorias, tarde y mal. Ni saben lo que hicieron, ni lo que están haciendo, ni mucho menos lo que harán dentro de un par de días. Pero ya dan signos evidentes de andar preocupados por su propio destino personal, visto que el colectivo les ha excedido, y no me extrañaría que los propios capitostes andasen negociando una salida por la puerta de atrás para quitarse del medio y ponerse a salvo del tsunami de querellas que ya les empieza a llegar exigiendo responsabilidad penal por los actos de los dos últimos meses, desde enero de 2020, momento en el que parece que ya sabían lo que se avecinaba.

El miedo es internacional. La Unión Europea se desintegra a vista de todos, y hasta los contrarios temen el vacío que va a provocar su ausencia. Se reaviva el miedo a China. Se presiente el recelo interno de los chinos. Late el temor de que la pandemia se extienda por África y demás lugares especialmente desfavorecidos.

Existe miedo a que no se pase esto. A que no se encuentren vacunas y tratamientos. A que sea cosa hecha en un laboratorio. A que, aun en el caso de que no haya sido perpetrado por nadie, se vuelva algo periódico ante lo cual no exista defensa. Bill Gates avisa de nuevo: cada veinte años asistiremos a una pandemia mundial, y muchos calculan ya la edad que tendrán para la siguiente, si es que escapan de ésta…

El mundo se ha quedado sin líderes de referencia. Es probable que porque los que tenía no fuesen de verdad, sino simples caras de cartón publicitarias. Llevamos décadas viviendo, no por encima de nuestras posibilidades, sino ajenos al entorno, alejados de lo real.

Y de repente, alguien ha desenchufado la televisión y el programa que nos mantenía abducidos se ha ido a negro. Hemos despertado como el que lo hace de manera brusca cuando le quitan la tele. Nos habíamos adormecido con el murmullo de una quimera.

Y la reacción inmediata ha sido la de encerrarnos a todos en casa. Tardarán en sacarnos, y no por miedo al virus, que también, sino a la respuesta de la multitud. De una multitud asustada que cada día que pasa teme más pero que también va teniendo menos que perder.

Si de verdad hay alguien a los mandos de la nave, a estas alturas debe de barruntarse ya lo que les espera a los que ocupan de momento los gobiernos. Máxime en países donde, como en España, la actuación de los gobernantes ha resultado, cuando menos, indolente y perjudicial. Cuando menos.

¿Quién gobierna el planeta?, se preguntan algunos. De momento, el miedo. Pero, ¿lo hace por mandato de alguien o lo hace por simple casualidad? En ambos casos… qué escalofrío.

La España guerracivilista

A estas alturas de la película, no seré yo quien descubra el gen del guerracivilismo que habita en la esencia hispana. Pero es imposible no volver al tema, porque ni siquiera remite ese mal en medio del desastre que vivimos, con la sociedad paralizada, miles de personas infectadas por coronavirus y un número de muertos que ya supera los diecisiete mil -y esto, sabiendo que ambas cifras están muy disminuidas: a la mitad y puede que a un tercio o a un décimo, quién sabe-.

La respuesta que se percibe, al menos en las redes sociales, es la de la polarización en dos bandos. Podrían quedar identificados con las etiquetas de rojos y de fachas. Se lanzan unos a otros estos calificativos a modo de pedrada, de insulto, y ahí andan, desoyéndose, avivando la hoguera. ¿Y en medio? Los que no pertenecen a ninguno de los dos grupos ultras, abochornados por la ínfima calidad intelectual que se desprende de los discursos que se escuchan e intentando distinguir si el rechazo que sienten por los gobernantes -por todos, por los de antes y por los de ahora- tiene más de asco que de cabreo, o viceversa.

Es difícil escapar de esta farsa de izquierdas y derechas que se ha planteado para que el personal mire sin ver. Y es complicado porque desde el poder no ha dejado de alentarse esa supuesta división, que a nada real corresponde. Los medios de comunicación, brazo de los estamentos dominantes, contribuyen sin cesar a que se perpetúe tal visión del mundo. Es inquietante preguntarse por qué los pobres piensan que los ricos los representan. O por qué los ciudadanos creen con inocencia que los mandamases de los partidos políticos se preocupan por ellos.

A estas alturas de la película, como decía, y ante un emergencia sanitaria, social y económica, la respuesta que se escenifica es la de volver a la francesada, a la guerra carlista, a la guerra civil. Y nos pilla esto sin Berlanga y Azcona, que al menos nos colocarían enfrente un espejo a través del cual contemplar todo el sinsentido que nos gobierna.

Una vez, hace tantos años que todavía no había internet, me costó mucho encontrar cierto título de Pío Baroja. Busqué por librerías de Madrid, Barcelona, Sevilla, Málaga, Córdoba, Valencia, Toledo… hasta que un día la casualidad me llevó a un establecimiento de viejo de Salamanca donde di por fin el tomo esperado. Hojas sueltas 2, escritos inéditos. Compartí con el librero mi alegría y le dije algo así como: «Es difícil encontrar a Baroja, se lee poco a este autor». Y el hombre me sacó del error: «¿A Baroja? Si somos miles y miles quienes lo leemos. Lo que pasa que no nos juntamos todos en un mismo sitio, somos gente solitaria, no nos gustan las multitudes». Pues ésa es mi esperanza, que los que no nos adscribimos al discurso partidista, quienes hemos detectado hace mucho que los actuales partidos políticos suponen una estafa, seamos como somos los lectores de Baroja: es decir, una mayoría, aunque silenciosa.

Grosso modo, los dirigentes procuran imbuirnos del odio entre bandos, porque esto es una estrategia que a ellos les mantiene el tinglado que montaron hace décadas. La sociedad civil dividida y pugnando entre sí en vez de mirar hacia quien se aprovecha de ello. Es el secreto de una partidocracia, de una oligarquía, que no conoce otro medio de subsistencia que el de vivir a costa de aquellos de los que en teoría se ocupa. Grosso modo. Pero más modo que grosso. Ay, que vuelvan Berlanga, Azcona y Pío Baroja, aunque sea para un rato.

¿Aprobado general? Qué más da…

De acuerdo, vamos con la educación. A día de hoy, 9 de abril de 2020, no sabemos todavía qué va a pasar con el curso escolar. Se estudia si otorgar un aprobado general o no, y esto parece que está alimentando el debate, máxime entre los estudiantes de edades más avanzadas. A mí me preocupa bastante poco el asunto en lo personal, porque en tercero de Primaria, que es donde está mi hija, tú verás lo que me pueden importar las notas. Pero a eso voy.

Desde el principio del confinamiento, los profesores obedecieron órdenes y comenzaron a enviar tareas que hacer en casa. Nada del otro mundo: algo de matemáticas, de lengua, de inglés, manualidades, ejercicios de la asignatura llamada Valores -la alternativa a la Religión-, música… Los distintos profesores se apresuraron a mantener su actividad de cara esto lo notara el colegio -que intuyo que a su vez recibió instrucciones por parte de la Administración-. Unos profesores lo han hecho con talento y demostrando grandes dotes didácticas y otros han actuado de modo contrario. Algunos padres se quejaron de que la carga de tareas era excesiva y otros se mostraron de acuerdo. A mí me dio bastante igual, porque de entrada entendí varias cosas:

Primero. El confinamiento sería para el resto del curso. A pesar de lo que se dijo desde la oficialidad, estaba claro que los estudiantes no regresarían a clase.

Segundo. No se iba a adelantar temario y las calificaciones tendrían que hacerse en todo caso a partir de los trabajos hechos en casa.

Tercero. Esas calificaciones, ¿a quién califican? ¿A los alumnos? ¿A cada uno de los profesores? ¿Al colegio? ¿Al sistema escolar? ¿A lo bien que va la conexión WIFI en cada casa?

Esta mañana leía comentarios de alumnos ya en cursos cercanos a la Universidad que se quejaban de que la única obsesión era calificarlos con un número. «¿Esto es lo que llaman aprender?», se preguntaba una chica. Y yo le he respondido en Twitter: «Sí, eso es lo que llaman aprender». Porque el sistema educativo no está diseñado para que los alumnos aprendan, sino para que repitan una serie de contenidos de cara a que un profesor les coloque un número: de entrada, si están aprobados o no, y después, con una nota determinada. En mis tiempos, el diez era la nota máxima, no sé en qué andarán ahora.

Me has puesto un siete. Un ocho con cinco. Un cinco raspado. Un cero rotundo. ¿Y? Esa calificación, lo recuerdo muy bien como alumno, era la nota que justificaba el sueldo del profesor, pero de ningún modo mostraba el nivel de conocimiento alcanzado por parte de nadie. La escuela está pensada para transmitir a los alumnos una serie de valores que después el sistema social les va a exigir. Son los valores y capacidades que necesita el sistema para utilizar a  esos alumnos cuando éstos sean adultos. Pero ni son modos de interpretar la realidad encaminados a volverlos personas más conscientes ni se imparten conocimientos y destrezas que los conviertan en seres cultos, inteligentes y con conocimiento.

A mí me parece que los temarios, los libros de texto y toda la parafernalia que hay montada conforman una gran maquinaria cuyo fin es el de fabricar ciudadanos uniformes, con baja autoestima, nulo conocimiento y vulnerables ante la manipulación a la que van a ser sometidos. Casi diría que un anti-ciudadano. A partir de ahí, qué nos puede importar que el crío venga con un seis o con un nueve. Como si ponen un número pi en la nota. La única salvación siempre fue la de que el profesor que te tocara fuese bueno haciendo su trabajo: todos hemos conocido casos de maestros estupendos que nos salvaron de los más de dos décadas de adiestramiento escolar.

Los alumnos despiertos perciben en la respuesta del sistema escolar el sinsentido que gobierna la educación. Se da un elemento no obstante que supone una novedad respecto a lo que teníamos hace unas décadas, y es que apenas existe conocimiento que no se pueda adquirir de forma autónoma. El que se percate de que necesita aprender o será una presa más fácil de la atroz maquinaria que lo rodea tiene instrumentos a su alcance como nunca los hubo. Estudiantes: aprovechad este parón en el calendario escolar para adquirir conocimiento. Ahora que los funcionarios del ministerio de Educación están a otra cosa, educaos.

«Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela», dice el dramaturgo George Bernard Shaw. Yo estoy de acuerdo con eso, pero tan importante como el conocimiento en sí es la socialización del alumno y el cultivo de la autoestima. Y estos dos aspectos tampoco se cuidan en el colegio. No por negligencia del profesorado, entiendo, sino porque es algo que el sistema escolar obvia desde su concepción. De hecho, hasta hace pocos días simplemente discutían los mandamases sobre si dar más temario o menos o sobre si regresar en junio un par de semanas a clase para poder hacer los exámenes. Percibir a diario en manos de quien estamos es un espanto. Siendo así, entonces, ¿por qué dejamos que nos dicten cómo vivir? La educación, como tantas otras cosas, es algo demasiado importante como para dejarla en manos de esta gente. ¿No?

Alarmaos

Lo importante es no alarmarse. El miedo mata más que cualquier otra cosa. Hay que evitar que la población sienta esto como una amenaza. Debemos procurar que la vida continúe con normalidad.

¿Recordáis este tipo de mensajes? Son los que se lanzaron hasta hace menos de un mes desde las altas esferas. Cuando pasa algo que puede hacer que se tambaleen las estructuras, a quien está ocupando un cargo lo que le interesa es que la circunstancia no haga que la gente se alarme. Que no cunda el miedo; no ya el pánico, sino el simple miedo.

Pero José Saramago ya nos advirtió: la alarma social es un mecanismo de defensa. Nos alarmamos, tomamos consciencia del peligro y actuamos en consecuencia. Por lo tanto, un gobernante preocupado por los gobernados diría lo contrario: alarmaos. Dentro de un orden, sin llegar al pánico que todo lo destruya, pero que cunda la alarma, que se entere todo el mundo de que está pasando algo grave y de que es preciso tomar decisiones, cambiar hábitos y no seguir simulando que aquí no pasa nada.

Cuando lo del ébola en España, en 2014, yo estaba trabajando en un programa diario de la tele, de estos que durante varias horas supuestamente entretienen e informan. No hace ninguna de las dos cosas, según mi opinión, pero voy al hecho de que las instrucciones que se recibieron desde lo que se conoce como «arriba» y que la dirección del programa nos transmitió  fueron éstas: «Lo importante es tranquilizar, que no cunda la alarma». De hecho, una de los días se invitó a un experto en epidemias que dijo en directo que existía un riesgo serio de que aquello acabase en pandemia. Tuvimos suerte aquella vez, por lo que fuera, y no se produjo la temida expansión del ébola. Pero aquel experto no vino más, porque sus palabras no gustaron nada a quienes decidían los contenidos, que nunca se sabe muy bien quiénes son. Las palabras del invitado, expertas o no, habían sido contrarias a la consigna de que «lo importante es tranquilizar, que no cunda la alarma».

Falso. Lo importante no es que no se transmita el miedo, sino que no se expanda el mal en cuestión. Y si para eso tiene que saltar la alarma, que para eso está, que salte y cuanto antes. Saramago dixit. En esta ocasión, con lo del coronavirus, hemos asistido a la bochornosa actitud de todo tipo de autoridades negando la mayor hasta hace bien poco. En Japón, hasta antes de ayer, 6 de abril de 2020, no admitieron la gravedad del asunto.

¿Cómo es posible esto? ¿Por qué las autoridades siempre anteponen esa obsesiva manía de que no se expanda el miedo, aun a costa de que se generalice el mal que lo está provocando? Creo que la respuesta es atroz pero sencilla: porque a la autoridad lo único que le preocupa es que nadie la mueva de su posición de poder. En la mayoría de ocasiones, de supuesto poder. Porque casi nadie ostenta el poder, sino que es éste quien posee a los propios gobernantes. Y esto pasa del mismo modo en un cargo menor de la jerarquía de una tele, en los despachos de una gran empresa y en los ministerios de un gobierno.

El que está puesto para mandar nunca piensa: «Me han puesto de director». No. En su mente esta frase se traduce como: «Soy director». La diferencia es sutil pero determinante. Siente que el cargo ha llegado a conectar con su esencia personal, de modo que ya no es que lo hayan puesto a hacer algo, merecidamente o no, sino que él es ese algo. Ya no ocupa un cargo, sino que él es el cargo. Soy presidente. Soy jefe. Soy el poder.

Supongo que todos habéis tenido ocasión de comprobar este mecanismo patológico en vuestros entornos, ya sea que os haya tocado trabajar con gente así o que hayáis ido a mover un papel a una administración, donde este fenómeno se da tanto.

En todo caso, y vuelvo al principio, lo que quiero decir es que deberíamos sospechar de inmediato cuando alguien investido de una hipotética autoridad nos dice que no nos alarmemos. Suele ser la señal que nos debe indicar que sí, que tenemos que alarmarnos enseguida. Quien nos advierte suele estar movido por ese instinto de conservación de su puesto. Y a continuación, empieza a mentir cuanto haga falta para salvaguardar el sillón. Alarmaos. Desconfiad. Ejerced el pensamiento crítico. Vale.

Los expertos

Ojalá el desastre del coronavirus conlleve al menos algún efecto secundario benéfico y asistamos al final de la dinastía de los expertos. Me refiero a esos escogidos que de todo hablan, pontificando, dando indicaciones, sentando cátedra. Decía David Gistau que los tertulianos se levantan con más ganas de opinar que de mear. Pues eso.

Ayer escribía sobre los medios de comunicación, y es que han sido en ellos donde esta especie encontró un ecosistema propicio para propagarse. Programas generalistas, algunos con una supuesta intención didáctica, pero sobre todo divulgativa, son los que han dado acomodo a ese ejército de individuos que tanto sabían de nada.

Los habréis visto opinando de política internacional, de sanidad, de educación, de literatura, de cine, de ordenamiento jurídico, de fútbol, del Carnaval de Cádiz… Cualquiera valía para cualquier tema.

En gran medida, los argumentos defendidos por esta gente ya vienen predeterminados por un guión en el que se han adelantado numerosas indicaciones. Existen supuestos careos donde simplemente se finge estar en desacuerdo a partir de líneas de debate que otras personas han pergeñado en la sombra de la redacción. Se ha llegado a dar el caso de expertos adueñándose en directo de uno de esos argumentos que iba destinado a otro compañero, como si se le acabase de ocurrir una gran idea ahí, sobre la marcha. La imagen que siempre me surge es la de aquel juego infantil del tragabolas, ¿lo recordáis?

Los expertos moralizan, se suben a la atalaya y llegan a olvidar que su trabajo consiste en una escenificación, de modo que muchos de ellos han acabado creyéndose el papel, pensando que en efecto saben de lo que hablan. Expertos pensando en serio que son expertos.

Frente a ellos, ojalá empiecen a surgir los que saben de verdad. Gente sensata que ha dedicado años de estudio a temas concretos. Y los sabios, esa rara avis que consiste en tener la habilidad conectar distintos saberes.

Una de mis ilusas esperanzas consiste en creer que una mayoría suficiente de personas va a empezar a rechazar estos falsos magisterios. Ojalá por una vez la esperanza se llegue a materializar. Se extinguiría así esta estirpe de entendidos: los que llevan años repitiendo las consignas que les llegan desde el poder, los que se rieron de quienes advirtieron de la pandemia había comenzado -le ha pasado a Iker Jiménez, que ha tenido que soportar que los ignorantes desprecien a quienes sí tienen conocimiento-, los que miraron hacia otro lado -hacia los cheques que seguían y siguen recibiendo-, los que exhibían su vacío mental.

Ayer se cumplieron 28 años de la muerte de Isaac Asimov, y recordando al viejo maestro alguien rescataba una frase suya: «Las personas que piensan que lo saben todo son una gran molestia para quienes los sabemos todo». Que vuelva Asimov, aunque sea para un rato.

Medios de… ¿comunicación?

Después del artículo de ayer (Ni unos ni otros), no menos de treinta personas me han escrito o me han llamado para decirme que están totalmente de acuerdo con la tesis expresada, que viene a decir que sentimos a la clase política como un colectivo ajeno a nosotros. La sensación generalizada parece ser la de que los políticos suponen un problema, y no una solución. Constato además el deseo común de que nos dejen en paz. No lo harán, por supuesto: viven de nuestros impuestos y están colocados ahí para controlarnos.

Pero no quiero repetir lo que ya dije ayer. Hoy me ocupo de una cuestión ligada a ésta, pero que da un paso más: detectar que los medios de comunicación son portavoces al servicio de ese estamento que se encuentra al mando. Mis estudios universitarios consistieron en conseguir el título de Periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información. Desde entonces, hace más de veinte años, he trabajado en radio, televisión, prensa escrita, medios en internet… De modo que, a pesar de mi visión crítica respecto a la estructura de estas empresas, hablo conociendo cómo es el asunto por dentro, más allá de lo que vemos en las pantallas, escuchamos en radio o podcast o leemos en los periódicos, digitales o en papel.

Se ha establecido como una verdad absoluta el que los medios de comunicación son el cuarto poder. Así se los conoce. Se llenan la boca algunos trabajadores en los medios, también ciertos elementos de la Universidad, cuando hablan de que «constituimos el Cuarto Poder». Lo pronuncian en mayúscula. Creo que lo hacen porque disfrutan imaginándose investidos de la capacidad de ejercer influencia. Pero considero que no existe razón alguna para enorgullecerse. Según mi visión, los medios de comunicación no constituyen cuarto poder alguno: son un brazo más -el cuarto, el quinto, el que sea- del poder, que sólo es uno. No existen distintos poderes ejerciendo entre sí una labor de contrapeso o pugna. Es lo que nos han contado, pero es que nos han contado cada cosa…

Los medios son un instrumento más y tienen como tarea la de contribuir al control de la sociedad, trabajan para ello; y no es que estén vendidos: es que nacen ya como una herramienta con un fin concreto. Luego no es que un determinado periódico o cadena de televisión sucumba ante el llamado del gobierno de turno: es que surgen en origen con la misión de servir a quien manda. Sea éste el gobierno o alguien que se encuentra por encima.

La semana pasada se habló mucho de una subvención de quince millones de euros por parte del Gobierno de España a las empresas Mediaset y Atresmedia. Y muchos han puesto el grito en el cielo y han afirmado que con ese dinero Pedro Sánchez estaba comprando los favores de Antena 3, Telecinco y demás cadenas propiedad de estas firmas. No hay compra; en todo caso, si es cierto que ese dinero público se les ha regalado, ha constituido una dádiva entre miembros del mismo clan. Mediaset y Atresmedia no necesitan ser compradas porque, según el punto de vista que defiendo desde el principio de este escrito, ya son parte del sistema de poder establecido. Como mucho, hablamos de un favor entre amigos, entre trabajadores del mismo ramo, y no de una compra.

Como consecuencia, pensemos que en cuanto reciban la orden oportuna, los medios de comunicación iniciarán la labor de erosión y derribo del gobierno. Ha ocurrido, sigue ocurriendo y ocurrirá mientras la estructura de poder sea la que es. Ni quince millones de euros ni quince mil cambiarán ese modo de funcionar.

Considero entonces que no es propio hablar de medios de comunicación; más bien, yo los nombraría con la etiqueta de «medios de transmisión». Transmiten ideas, concepciones del mundo, visiones de la realidad… siempre desde arriba hacia abajo, siguiendo un modelo comunicativo que no tiene como finalidad hacer que los ciudadanos se comuniquen entre sí ni que sean informados de nada por parte de quien ha obtenido los datos. Los medios han sido creados como una ventana a través de la cual mostrarnos el mundo. Los que sólo miran por esa ventana estrechan su visión, la limitan a un campo muy acotado y acaban por concebir la realidad según el diseño de quienes mandan. Y es una visión pobre y que lo deforma todo. Y algo más: tiene como encargo fundamental el mantener a la gente asustada. ¿No habéis notado que cuanto más os exponéis a los medios más negro lo veis todo?

Aclaro algo, y es que estos procedimientos se llevan a cabo a pesar de la buena intención de un porcentaje considerable de las personas que trabajan en las llamadas empresas de comunicación. La mayoría de esta gente está a otra cosa, y bastante tarea tiene con cumplir con un trabajo concreto, casi siempre ingrato, o con dedicarse a medrar en el ecosistema de las jerarquías de las entidades que les pagan las nóminas. Hace mucho que tengo constatado que este tipo de reflexiones que hoy hago son percibidas con mayor claridad por personas de fuera de los medios que por los que los integran.

Dicho esto, finalizo diciendo que afortunadamente la vida resulta inabarcable. Que se desborda. Que no pueden controlarla del todo. Y también que es difícil hallar algo absoluto que no ofrezca excepciones.  Al menos hasta el día de hoy. Sí, ya sé, la educación es otro pilar fundamental de este tinglado. Y la ficción, ojo a ella, tan de moda. Pero de eso ya hablaremos otro día, ¿no os parece? Yo simplemente doy mi opinión, y sé de entrada que se encuentra alejada o en disonancia respecto a lo que se suele admitir como válido. Por ahora.

Ni unos ni otros

De entre los muchos aspectos tristes y lamentables de la situación provocada por el coronavirus, voy a referirme a uno que no es nuevo, que viene de atrás y que encarna, a mi juicio, uno de los principales males que nos aqueja. Se trata de la concepción de hinchada futbolística que se tiene de la política. En España, parece que se es de uno o de otro partido como si nuestro corazón, nuestra alma, nuestros pensamientos fuesen propiedad de un bando en concreto. Así, los hay de izquierdas, de derechas, del PSOE, del PP, de Podemos, de VOX… Ese sentimiento de pertenencia impone juzgar los acontecimientos desde una óptica predeterminada, de modo que ante los mismos hechos la opinión cambia en virtud de si los actores son o no «de los nuestros».

Hoy en concreto, 5 de abril de 2020, compruebo que ante el incremento de medios de comunicación que se han negado a seguir participando en las ruedas de prensa amordazadas que organiza el Gobierno, muchos de los mensajes se dedican a recordar lo que ocurrió con el famoso plasma de Rajoy, cuando el entonces presidente compareció a través de una señal interna de televisión en una suerte de autoconfinamiento surrealista y ridículo. Y a eso me refiero: ¿es que no quedamos ciudadanos que no nos sintamos asidos a la obediencia a un partido o a una ideología que nos llega ya dada?

Mi postura ante esto es clara: siento un desapego absoluto por todas y cada una de las organizaciones políticas existentes, sin excepción, y desde ese distanciamiento entiendo al mismo tiempo que Rajoy hizo el ridículo cuando lo del plasma y que no es aceptable que un Gobierno ofrezca una comparecencia en la que los medios no pueden preguntar con libertad. Me siento, en definitiva, en las gradas de un estadio de fútbol, contemplando con tristeza que en los fondos opuestos se agitan los ultras de unos y otros lanzándose entre sí reproches que además vienen programados por sus jefes de opinión y que han sido vertidos por el cauce habitual, su propia prensa. En esto incluyo a la gente de a pie, pero también a una mayoría de profesionales de los medios que, lejos de mantener la imparcialidad que se le tendría que suponer, se integra en la hinchada, como unos ultras más.

¿Y entonces? ¿Cuántos ciudadanos quedamos sin bufanda ni camiseta de unos u otros? No pertenecemos, no deberíamos pertenecer a ningún partido. No existe ninguno que sea «de los nuestros», salvo que estemos a sueldo directo de esas empresas, pues como tal funcionan. Esto no va a cambiar, desde luego, y mi única esperanza radica en que seamos bastantes los particulares que no sintamos que somos «de ellos», porque «ellos» no son «de los nuestros». Es comprensible que cada cual tenga más o menos simpatías por unos o por otros, pero no que dejemos que tales inclinaciones nos dicten el modo de ver la realidad hasta el punto de cegarnos. Eso lo que está ocurriendo en gran medida.

Sin la venda de las ideas a priori, ¿quién se atrevería a negar que estamos, cuando menos, ante un Gobierno conformado por incapaces y negligentes? Podríamos discutir si otros lo hubieran hecho mejor, aunque me temo que cabe poca duda de que nadie lo hubiese hecho peor. Cuando tomen el relevo los siguientes, cosa que harán supongo que en breve, no habrán llegado «los míos». En absoluto. Habrán llegado otros, probablemente tan malos como los anteriores.  Quizá hasta peores. Y de este modo llevamos décadas.  Pero una de las razones por las que seguimos gobernados por gente así es precisamente el que hayamos dejado que nos convenzan de que somos de unos o de otros. Actúan con impunidad porque parten del hecho de que les pertenecemos.

Llamo a la cordura que propuso el tan querido Aute: reivindicar el espejismo de intentar ser uno mismo. Ése sí que era de los nuestros. Y no sé por qué, pero siempre acabo recordando una de las geniales frases de otro grande para mí, Javier Krahe: «Entre los lúcidos cunde el desánimo».

Aute, el mundo y la carne

Los relojes que no gasto llevan décadas parados a las cuatro y diez. Me parece que Saramago hizo lo mismo, detener las manecillas del tiempo en su casa para que indicaran la hora en la que se conocieron él y Pilar del Río. Las cuatro y diez, la hora de la belleza, la hora de Aute. Una amiga de la infancia habló siempre de Don Eduardo Aute, y yo decidí no corregirla aclarándole que se llamaba Luis Eduardo, porque entendí que la chica tenía razón. Si él, reencarnación directa de Leonardo da Vinci, no merecía el don, es que no lo merecía nadie. 

Se nos va Aute, se marcha a Albanta, a la tierra de los juegos y las infancias, a cabalgar unicornios. Tiene que hacer un esfuerzo la primavera para seguir fingiendo que florece. Hace unos cuantos años que el artista se fue sin irse, así que ahora despertamos de la esperanza de volver a encontrarnos con él. Se nos ha roto un puente con la belleza. Hoy se va uno que era muchos. Hoy al mar le ha brotado un sarpullido de rosas. Nos rendimos ante el hecho de que en cada una de sus canciones habite nuestro arsenal de amores, de gemidos, de paseos y de tonalidades. Aute, el pintor que cantaba. El poeta que hizo cine. El que le puso música a esta forma que hemos tenido de ir haciéndonos mayores sin dejar de oler el mundo y la carne. Lo buscaremos cuando crucemos al otro lado. Espérenos hasta entonces, don Eduardo.