La manzana de Newton y Pujol

¡Lo cortarán todo!, gritaba Jordi Pujol en una de las comparecencias a las que fue sometido para dar explicación de la trama corrupta en la que anda investigado. Era su teoría del árbol: él constituía sólo una rama pero los que venían a por él y a por su familia no distinguirían y cortarían desde el tronco, arrancando las raíces de Cataluña. Era su razón, la de quien evita la cosa juzgada. Es decir: la cuestión no es que yo sea un corrupto, sino que vienen a por la causa nacional. Pujol colocaba así el independentismo como parapeto entre las cuentas de su familia y los investigadores.

Ayer, quince registros en domicilios de Pujol y asociados. Y detrás, de fondo, la trama del 3%. ¿Procede la insondable fortuna de esta familia del cobro del 3% en comisiones ilegales mientras campaban a sus anchas en la Generalitat? Es algo a demostrar, pero que se ha asentado como hipótesis más probable en la calle. Claro que, siendo así: ¿los Pujol están solos, han gobernado solos, han cobrado solos? Parece improbable. De este modo, se hace difícil creer que no están todos en el ajo. El árbol, siguiendo el símil pujolístico, ¿dónde acaba? ¿En Cataluña? Se ve poco verosímil. ¿Nadie del Gobierno central sabía nada? ¿Ni siquiera cuando se sentaron a negociar, primero PSOE y luego PP, con Pujol, allá por los 90? Más bien se extiende la convicción de que es probable que en cualquier parte, y no sólo en Cataluña, la política y las concesiones a empresas amigas mantienen secretos de alcoba. Esa alcoba, por cierto, la pagamos todos a través de los impuestos. Si los que mandan -sean éstos quienes sean y estén donde estén- tienen un interés real en que una parte de la gente vuelva a confiar en el sistema, tendrán que limpiar las cañerías y acabar con la corrupción. Con toda la corrupción: aclarando el tema Pujol, el 3% de Convergencia, lo de Bárcenas, lo de la sede del PP, lo de los sobres en negro, lo de los ERE, lo de cualquier atisbo de latrocinio.

A la par, la llamada cuestión catalana, como un gran velo confeccionado para cubrir lo más acuciante, sigue extendiéndose. Se anuncia una independencia que echa a andar y a la hora el presidente Rajoy anuncia que lo va a impedir, aunque no aclara cómo. ¿Estarían transcurriendo las cosas así de no haber elecciones generales en menos de dos meses? ¿Quién está escribiendo el guión de todo esto? La manzana del árbol de Pujol va cayendo siguiendo las leyes de Newton y no sabemos sobre qué cabeza impactará. Pero nos tememos que es una manzana podrida.

El rapto de Europa

Europa no es capaz de acoger a nadie porque en primer lugar no se acoge a sí misma. No se alberga. No se contiene. Tal es la idea que se va extendiendo acerca de un continente que ni siquiera sabe dónde están sus límites. Ni su esencia. Ni sus intenciones, más allá de obedecer los dictados que surgen desde Alemania.

Europa, pero, ¿qué Europa? ¿Acaso la que nació tras la Revolución Francesa? ¿Libertad, igualdad, fraternidad? ¿Acaso la de la reacción de las potencias absolutistas que quisieron frenar los nuevos aires que se exportaban con Napoleón? Ese movimiento nos trajo a Fernando VII, por cierto, identificación de muchos de los males que nos asolan en España. ¿Qué Europa? ¿La de la guerra entre Francia y Prusia? ¿La que se repartió África y el Oriente como un pastel? ¿La de los Balcanes encendiendo la mecha de la Gran Guerra? ¿La de los fascismos? ¿La de Hitler marchando sobre París y bombardeando Londres? Parece que hay demasiadas Europas, harto antiguas y quizá con un exceso de querellas internas que le imposibilitan el entendimiento.

No hay un proyecto común. Normalmente, las palabras se usan para esconder las carencias, y hay que recordar que durante mucho tiempo Europa gustó de llamarse a sí misma Mercado Común. Tras la Segunda Guerra Mundial, la Alemania del oeste quedó al amparo de los EEUU y esa tutela inspiró la creación de un bloque donde se fueron uniendo esta Alemania, Francia, Italia, Países Bajos, Luxemburgo y Bélgica. Con el tiempo, llegarían Reino Unido, Irlanda, Dinamarca, Grecia, España, Portugal, la Alemania del este, Austria, Finlandia, Suecia… Se confeccionó un andamiaje económico en el que estaba claro que la fuerza se le cedía a la OTAN, integrándose en ella, de hecho. De modo que, tras la Guerra Fría, ¿qué pasa con Europa? Una ampliación a veintiocho miembros, por ahora, y el euro, que ha arruinado a los países del sur y cuya única misión parece ser la de aplacar el miedo alemán a la inflación.

Europa no sabe ni dónde empieza ni adónde va. Se está desmembrando y es curioso, porque nunca ha estado unida. Se está separando, cuando quizá su problema es estar demasiado próxima de sí misma. Se está arruinando, cuando la pobreza ya afecta a gran parte de su población. Es una gran paradoja: la de la propia existencia. El miedo a que se desintegre, que se lo digan a los griegos, no evitará que todo el solar regrese a la condición de patio de vecinos donde cada uno cierra su puerta y desconfía del de al lado. El mundo es de EEUU, y quizá algo de China. Europa no ha sabido o no ha querido ser. Y, por tanto, no será. No sabemos qué tal se hubiesen dado las cosas en caso de haber existido una voluntad política, social y constructiva para aunar un continente y ponerlo al servicio de su población. Quizá nos han faltado grandes praderas donde correr y tender trenes y sueños. Europa ha sido raptada. Pero por sí misma. Disfrutemos de las catedrales, del Coliseo, de la Alhambra, del Partenón y de la Alfama, mientras sigan en pie.

Rossi o Saturno devorando a sus hijos

Valentino Rossi pateó ayer a su propio mito. Cuando por enésima vez Márquez lo pasaba en ese antológico toma y daca que encandila incluso a los que no sienten la pasión por el motociclismo, el campeón italiano no pudo más. Algo se quebró en su interior, algo que ya venía dando signos de derrumbarse desde hacía días. El italiano se ha pasado una semana largando contra Márquez. Decían que por estrategia, pero ahora sabemos que ha sido por miedo. Con el terror con el que Saturno devora a sus hijos, que es el de un anciano que teme que los vástagos dispongan de él y lo metan en un geriátrico, así es como Rossi no ha sabido gestionar que Marc, el que más se le parece, el que se ha criado a los pies de un póster suyo, pusiese en peligro su posible última corona de laurel.

Rossi, el ídolo, el simpático, el arriesgado, el descarado… jugando siempre al límite, ayer traspasó esa linde. Mientras los suyos sofocaban gestos iniciales de alegría por la patada, al darse cuenta de que estaban siendo observados por las cámaras, él se encaminó hacia el peor podio de su carrera. Si en el motociclismo queda justicia, aunque sea de la poética (sería de los pocos lugares en resistir la ola de mediocridad), en Cheste el campeón será español. Rossi ha conseguido que mucha gente desee que Lorenzo sea el triunfador este año, a pesar de las mareas de antipatía que Jorge despierta. Y eso es una proeza. Después de ayer, no se sabe qué es peor: si las explicaciones de Valentino nada más acabar la carrera, susurradas por su jefe de comunicación, si el momento en el que explica su versión de lo ocurrido a Pedrosa -ante la cara de póker de éste-, si su ausencia en la sala de prensa o si la sanción decretada, que a nadie deja satisfecho y que abre la posibilidad de que patear a un contrario en plena carrera no suponga más que un contratiempo sin demasiada importancia. Cuando el sentimiento de injusticia toma un deporte, el espectador puede despertar del encantamiento en el que había caído. Y suele levantarse e irse a vivir, algo que estaba postergando.

Si Rossi quiere estar a su propia altura, si no quiere perder su aureola, debería arrojarse él mismo de la moto en Valencia. Sólo así salvaría su grandiosa trayectoria. Sólo así se salvaría de su ocaso. De su cabezazo de Zidane. De devorarse a sí mismo, como un Saturno insatisfecho.

El gatopardo

En la universidad nos mandaron leer El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Yo siempre tuve mucho rechazo a la lectura obligada, incluso antes de conocer el juicio de Borges que decía que hablar de literatura obligatoria era tan absurdo y contraproducente como hacerlo de sexo obligatorio. A veces, podría poner muchos ejemplos, los libros sólo me empezaban a gustar al año siguiente, cuando ya no tenía que examinarme de sus contenidos y los releía a mi antojo, esta vez con gusto. No fue el caso de El gatopardo. No hizo falta esperar: desde la primera lectura, caí dentro de las páginas y me quedé perdido en el laberinto de habitaciones por el que deambularon los amantes.

Pero si recordamos esta novela italiana es por la máxima que se ha repetido hasta la saciedad y que parece que sigue marcando la pauta de las regeneraciones burguesas; algo así como: «Hay que cambiarlo todo para que nada cambie».

¿Es que eso es lo que va a ocurrir a finales de diciembre? Por lo que tenemos visto, estas puestas a punto o actualizaciones del sistema se producen cuando existe el riesgo de que los fundamentos varíen. Precisamente, como dice Lampedusa, para evitar que nada cambie. ¿Es lo que se teme ahora por parte de quien corresponda? Puede ser. Y de hecho, es probable que desde hace un par de años estemos asistiendo ya a esta adaptación de las cosas para no dejar de ser las mismas. Yo enmarco en esa estrategia general la aparición de los nuevos partidos, Podemos y Ciudadanos, del mismo modo que entiendo que eso es lo que ocurrió con la creación de la UCD, con la instrumentalización del viejo PSOE a partir de la década de los 70 o con el PCE de Carrillo. Pero entonces, ¿qué queda fuera del sistema? Como fuera del Universo, nada. ¿Todo es Matrix? De ser cierta esta lectura, sobrepasaría el escenario español. Y también el europeo. Por tanto, supongo que la única pregunta, la que de verdad responde al resto de cuestiones, es: ¿quién manda aquí?

Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie. Pues eso. Como dice nuestro amado Holmes: «Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad».

Días de radio

Los astrónomos nos cuentan que el Telescopio Espacial Kepler ha detectado una serie de señales que revelan que una estrella está devorando a uno de sus planetas y que éste tendría más o menos la composición de la Tierra, la de un planeta rocoso. La materia se precipita hacia el interior del astro, que deshace la roca y disuelve ese mundo como un azucarillo en el café. De modo nos avisan: así es como vamos a acabar. Dentro de 5.000 millones de años, vale, pero de ese modo tan cinematográfico.

Esa escena se encuentra a 570 años luz (con lo que los datos recibidos proceden de algo que no es que esté pasando ahora mismo, sino que en realidad ocurrió cuando Colón no había llegado a América). Pero algo de angustia se siente al leer esta noticia y escuchar a los astrónomos vaticinar que ese es el final del proceso. No sabría decir de dónde procede ese pellizco. ¿Acaso de lo más hondo de la materia, como si todos los elementos de los que uno está hecho se agitaran al escuchar que regresamos a la estrella, a la caldera de la que provenimos? Volvemos a la fuente. Cada átomo de nuestros cuerpos serranos salió de una estrella, a decir de los astrofísicos, y da igual que ese mismo átomo haya sido parte de una farola, de una cuenca minera, de una miss Uruguay o de una isla del Pacífico. Surgimos en las hogueras que son las estrellas… y al parecer vamos directos hacia ellas.

Woody Allen cuenta, creo recordar mal que en Días de Radio, ese momento en el que el niño le dice al psiquiatra que se encuentra angustiado porque acaba de enterarse de que el universo se expande, y la madre se mete en medio para gritarle: ¡Pero a ti qué te importa eso, si no vas a salir de Brooklyn! Ésa podría ser la esencia de esta columna: ¿por qué preocuparse por algo que va a ocurrir dentro de 5.000 millones de años, si ni siquiera sabemos con qué alineación va a salir Simeone frente al Valencia este fin de semana?

Tendría razón Heráclito: somos fuego. Y tendrían razón también quienes dicen que hay que ir pensando en abandonar la Tierra y buscar nuevas ubicaciones. Tanto lío para después tener que dejar Cataluña, por ejemplo. Si da pereza una mudanza y hasta ponerse a pintar el cuarto de la niña, lo de cambiarse de planeta o de sistema solar… pues pereza sideral.

Bien pensado, lo que de verdad causa vértigo no es saber que dentro de 5.000 millones de años aguarda un fin del mundo de crematorio, sino que nosotros, despojos atómicos salidos y destinados a regresar al horno de una estrella, estemos aquí intentando comprender, amarnos unos a otros, beber vino, reír, criar hijos y hacer poesía. Da la impresión de que somos una especie de basura que aspira a la belleza. Y eso es hermoso, supongo, como el verso de Juan Ramón Jiménez: «En el amor está la estrella».

Dicen que la columna está hecha para alumbrar; puede que sí, pero sobre todo, al que la escribe.

La Marsellesa

Viene siendo usual que el PSOE eche mano de la Iglesia para aventar el voto que se supone más a la izquierda en el espectro político. Lo cierto es que la cuestión religiosa en España se cerró a medias, como tantas otras cosas, llegando a un acuerdo de posibles y a la espera de que el tiempo y las leyes por dictar fuesen ordenando lo que se había compuesto como un apaño, como algo provisional. De hecho, la financiación de la Iglesia la acabó por apuntalar Felipe González. Antes, Adolfo Suárez dijo que estaba haciendo obra en la casa pero con la obligación de que siguiera habiendo agua, luz, habitaciones disponibles… Eso fue la transición, en mayúscula o no. Después, con los años, se sacralizaron muchos de esos acuerdos cogidos con pinzas y confeccionados para ser revisados. Unos dicen que eso ocurrió por la dificultad de la revisión; otros, que por interés de quienes disfrutaban de una posición privilegiada. Y en esas seguimos.

No es extraño, pues, que los socialistas se acuerden de la Iglesia y prometan atarla en corto si ganan las elecciones. Ocurre que si luego ganan todo suele seguir igual. Desconozco cómo andan las encuestas que llegan a Ferraz. Pero algo huele a urgencia cuando a los balcones de la sede del PSOE ha salido Pedro Sánchez a proclamar que si es presidente sacará a la asignatura de Religión del horario lectivo y que revisará el Concordato entre el Estado español y la Iglesia, obligando a ésta a los pagos en los que tiene bula. ¿Por qué hace esto Sánchez? Se vuelve a hablar de centro y se entona el cántico de que ganará las elecciones quien sepa conquistar los votos moderados. Pero quizá Sánchez sabe que eso no es cierto hoy como no lo fue nunca. Quizá sepa que en el centro está Ciudadanos y que es al votante de Podemos y al abstencionista, valga la redundancia, a quien debe convencer. O sea: mientras el centro le gana a la derecha, Sánchez quiere ganarse a la izquierda.

Se ha vestido de jacobino. Y esto ha sido tan literal que el socialista ha llegado a admitir que se mira en Francia como ejemplo de Estado laico. Suena la Marsellesa. Necesitará a los girondinos y a los jacobinos. Y a los sans-culottes. Me atrevería a decir: va a necesitar incluso a los socialistas, los que queden, y que puede que hayan perdido la costumbre de votar al PSOE.

Inspirado por su espíritu anarquista, Pío Baroja decía que en el enfrentamiento entre Iglesia y Estado estaba de parte del segundo, pero que en cuanto éste triunfara, también iría contra él. Sin llegar a tanto, Pedro Sánchez ha hablado de la separación entre Estado e Iglesia. Y esa simple declaración a muchos ya les suena a guillotina. No parece que la alarma llegue al río, al Sena, entendemos; tranquilos, los socialistas dicen esto todas las campañas. ¿Por qué esta vez iba a ser en serio? La vida sigue igual. Ah, París.

Rocky I

Dicen que Pablo Iglesias está cansado; no sé, es como si Stallone llegara agotado al primer día de rodaje de Rocky I. Hace justo un año Iglesias se aparecía ante la opinión pública como un Hércules dispuesto a subir a los cielos para abrir las puertas del Olimpo y desalojar a Zeus y a toda su casta. Pero el transcurso del 2015 ha ido sumiendo al héroe de la nueva política en una suerte de melancolía de la que no parece fácil que salga. Se le fueron las elecciones andaluzas y Monedero. En las municipales, ganó en Cádiz, pero en Madrid y Barcelona cada vez parece más claro que el triunfo se debió al conglomerado de fuerzas, con lo que ya hay quien se atreve a decir que Colau y Carmena no ganaron gracias sino a pesar de Podemos. El que Merkel domara a Tsipras después del referéndum griego también resultó un duro golpe para Iglesias, que se había abrazado a los postulados de Syriza. Las urnas catalanas sepultaron sus ilusiones de ofrecerse como un catalizador de la cuestión social, más allá del debate del nacionalismo. Y la puntilla la ha puesto el encuentro con Albert Rivera en La Sexta, tras el que se extiende la idea de que resultó más convincente el líder de Ciudadanos, que de este modo le habría arrebatado la bandera de la regeneración.

Las encuestas muestran el retroceso paulatino de Podemos. Parece extraño, pero da la impresión de que la legislatura que acaba no fuera la de Rajoy sino la de un Pablo Iglesias que llegara desfondado al inicio de la campaña. ¿Por qué ese cansancio? ¿Falta de preparación, de hechuras, de realismo? Hace apenas dos semanas del desencuentro definitivo entre Alberto Garzón e Iglesias, pero hoy por hoy va pareciendo que es a Garzón al que no le interesa ir de la mano en una lista conjunta.

Y de todos los reveses que ha ido sufriendo el líder de Podemos en 2015, el de ahora parece ser el más duro, porque es el golpe que se propina uno a sí mismo: el cansancio. Es la derrota del propio cuerpo, que parece negarse a seguir al líder. Y si no se sigue ni él…

Suena la música de Rocky y Pablo Iglesias se recuesta. ¿Despertará antes de que comience el combate? ¿U optará por adormecerse en el avión camino al Europarlamento? Quizá prefiera el sueño a la realidad; un sueño en el que vuelve al 15M, cuando todo estaba por hacer. En los sueños no se siente el cansancio. ¿Y esos votos que se le escapan? ¿Hacia dónde los lleva el viento? La abstención, Ciudadanos, el PSOE, Izquierda Unida… por do más pecado había.

La belleza

De entre todos los titulares leídos esta mañana, uno se queda acompañándome el resto del día. En la contra de El Periódico: «Cuando muere un anciano, se quema una biblioteca». Lo dice Boni Ofogo, un señor camerunés que ejerce de narrador oral. Resulta tentadora la idea de pensar en la persona de avanzada edad como una sucesión de historias, como una hilera de estanterías donde los recuerdos son volúmenes que se agolpan, se distribuyen o se ordenan a su antojo. Porque, si eso es así, nosotros, los protoancianos, constituimos una gran biblioteca en ciernes con sus pasillos en construcción y muchos de esos tomos ya a la espera de ser leídos por generaciones futuras. Aunque, bien pensado, quizá el único lector de los recuerdos propios sea uno mismo.

El sábado pasado estuve en el castillo de Manzanares el Real, donde mi amiga María Peña organizaba un evento de artistas. En el patio de armas, un grupo de poetas declamaba sus versos mientras que un grupo musical aligeraba el aire con violines y guitarras y un par de pintores iban armando un lienzo hecho en cuatro trozos que después unieron. La tarde vino con lluvia y fue dejando paso a una noche fresca donde el otoño se sabía fuerte. Los artistas deben agradecer la lluvia, pues deja el ánimo más permeable a la belleza.

Al salir del castillo parecí guiarme por el olor de las chimeneas, que ya habían ido hilando sobre los paisajes sus telarañas de humos. Abajo, un pantano, unos colores que se apagaban, una humedad en el ambiente que estaba pidiendo a gritos una fogata y un buen libro. Dejé que la cabeza se me llenara con esos pájaros de ensoñación y, camino a casa, atravesando carreteras y con las últimas luces de la jornada, vi ganado pastando bajo la lluvia y a unos cuantos paseantes que habían salido a dar una caminata, a pesar del agua. Cuando llegué, lo hice de la mano de la noche, encontrando un aparcamiento en la misma puerta y un hogar caliente.

Cuento todo esto porque hoy lunes llueve de otro modo. Llueven otros titulares, llueven otras noticias con las que trabajamos para montar la jornada laboral, llueve lunes. Es habitual que el primer día de la semana tenga algo de irreal, como si costara ir arrancando o incorporándose a la vida cotidiana. Como cuando un antiguo conocido decía que no le gustaba viajar en avión porque el alma no podía seguir al cuerpo tan rápido y él notaba un cansancio extremo, se supone que hasta que el ánima se reencontraba con su carne. Y, sin embargo, hoy, al leer el titular de El Periódico, he comprendido que la tarde del sábado seguía vigente dentro de mí. Su hoguera todavía ardía. Son las ganas de contar una historia. El oficio que te reclama. Y la prueba de que las historias, las que más importan, pocas veces suponen actualidad inmediata. Por mucho que Irene Lozano, por mucho que el encuentro entre Rivera e Iglesias, por mucho que el lunes. Con estos mimbres, me encauzo hacia la semana, que rompe a crepitar bajo el titular «Cuando muere un anciano, se quema una biblioteca».

Si alguien pregunta un lunes qué se ha hecho el fin de semana, ¿aceptaría como respuesta: estuve viendo la belleza?

Oliver Twist

Los números se obcecan: un nuevo estudio europeo dibuja a España como una gran factoría de pobreza. 13,6 millones de personas pobres, de los cuales más de tres se encuentran en una situación extrema. Son 800.000 más que el año anterior. Intuimos que se trata de gentes que no se quieren enterar de la recuperación de los grandes números. ¿Podríamos estar peor? Si sigue la inercia, no hay más que esperar otro año, desde luego. Ojalá no.

La crisis ha pasado. En efecto: esto es lo que ha dejado tras ella. Después de la gran tormenta, lo que nos ha quedado es una gran inundación. Y mientras el barro llega hasta los techos de las casas de la gente, nos van diciendo que lo importante es mirar hacia el cielo, porque si nos fijamos bien veremos cierto arco iris.

El futuro no está escrito. Pero si queremos que esto cambie, desde luego habrá que dejarse de meteorologías y ponerse a limpiar el barro -la pobreza- y establecer diques de seguridad para que no vuelvan las inundaciones cuando regresen las lluvias.

No se perciben salidas desde la política. Las urnas cada día se revelan más como un reparto de los papeles que como un cambio de obra. Quizá es que las elecciones fueron siempre eso: decidir quién hará de Hamlet y quién de Shylock. Pero siempre, Shakespeare.

Parece que es desde la tecnología, la técnica, la ciencia o la medicina desde donde se nos ofrecen esperanzas, grandes esperanzas. Nos aferramos a ellas para intentar creer que no estamos a puertas de revivir Oliver Twist. Esos millones de personas inmersos en la pobreza, aquí, en España, ya sólo esperan algo: que vuelva Dickens.

Una noche en la ópera

A esta hora, yo entiendo que usted ya sabe del nuevo vídeo del Partido Popular. El de la reanimación de España. Reanimación que, dicho sea de paso, es lo que muchos hemos necesitado para salir del marasmo de estupefacción en el que sume lo que se va viendo en esa pieza. Particularmente, sólo he recuperado la movilidad en varios de los dedos, cosa que aprovecho para ir tecleando esta columna a la espera de que los músculos faciales me respondan y a ver qué pasa con la mandíbula.

Más allá de que el vídeo sea plagiado o no, como ya se dice por ahí, lo que más urge es saber quién aprueba estas campañas. Porque hay un momento en el que, digo yo, alguien se sienta en una sala, le da al triángulo del play y le pasa el contenido del vídeo a un grupo de responsables. Y otro alguien con mando en plaza tiene que haber dicho: Ok, me gusta, aprobado, que se emita. Quién es, por todos los dioses, quién es esa persona. ¿Alguien que baila, que canta, que calla…?

Creíamos que se había tocado techo tras el exitazo del vídeo en el que Rajoy iba casa por casa dando las gracias (con contraplanos, sin compartir plano con nadie, por cierto, y eso que eran actores) pero sobre todo después de la escena en la que los pesos pesados de Génova tomaban café y Floriano soltaba lo de que «les había faltado piel»; ya pensábamos que no había más, que el camino de lo audiovisual en el PP había llegado a su Finisterre y que enfrente, sólo el mar. Pues no. El talento no conoce límites.

Empiezo a plantearme en serio si los populares no están haciendo todo esto a propósito para dilapidar cualquier opción que les quede de salir bien parados en las elecciones. Dos meses largos. Y la respuesta ante los envites de la actualidad de ayer (el Montorazo, las marchas de Cayetana Álvarez de Toledo y Arantza Quiroga, la pérdida de formas de Margallo en el Congreso…) es un vídeo. ¿Nadie va a tomar el timón del barco en medio de la tempestad? Es como si a la crisis del 29 el presidente Roosevelt en vez de con el New Deal hubiese respondido emitiendo Una noche en la ópera, de los hermanos Marx.

La semana pasada enviaron a Javier Maroto, vicesecretario sectorial, a entenderse con los del cine. La Unión de Actores. Después de ver el vídeo de ayer, desde luego que se comprende la necesidad de guionistas y realizadores que acucia a las filas populares. En estos momentos nadie sabe si el PP va a ganar algo en las elecciones, pero visto lo visto y a falta de varios vídeos más que parece que ya se están produciendo, el Goya cae fijo. Dios santo, que lo entregue Almodóvar.