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La mentira

Los gobiernos nos mienten. Los políticos son entrenados desde jóvenes para mentir sin que se les note. A ratos, por cierto, parece que ésa sea su única formación.

Mienten los que suministran datos, los medios de comunicación, las encuestas… Todo cuanto tiene una etiqueta de oficial, todo cuanto podemos considerar como discurso oficial, es mentira.

En efecto, la sensación de que lo oficial no es verdad parece que se va extendiendo entre la gente a medida que se comprueba que lo que nos cuentan no cuadra con lo que vemos.

A millones de parados y de hambrientos les da igual que en el telediario salga un ministro presumiendo de un supuesto incremento del Producto Interior Bruto. Los hogares a los que va alcanzando la pobreza van despertando del sueño dogmático impuesto por los gobernantes. Es muy alto el precio, desde luego.

Mienten las autoridades sanitarias y académicas. Mienten todos. Y estamos llegando a un punto en el que ostentar un cargo, en vez de otorgarte credibilidad, te la quita de forma automática.

Al menos, ésta es la impresión que tiene gran parte de la población. Los empobrecidos, los marginados, los robados, los estafados, los sometidos, los despreciados, los afectados por medidas de dudoso carácter sanitario… todos ellos, ¿a quién van a obedecer, si ya no creen en nada?

Quizá lo que ocurre es que los poderosos ya no necesitan que sigamos creyendo en ellos. Quizá ha llegado el momento de la imposición por la fuerza, sin más. Si es así, algo probable, puede que tengan razón los que hablan de que acaba de comenzar la Segunda Edad Media. Ojalá no.

El mundo todo es miedo. Todo el año es Halloween

El miedo se ha extendido. Algunos sienten terror sanitario y temen respirar, acercarse a otros, tocar los pomos de las puertas o entrar en sus casas portando la muerte a cuestas. Hay gente que sueña que está enferma, apestada.

Otros sienten miedo de los propios médicos o de las llamadas autoridades, de la posible multa, de las acciones de los gobiernos, que cada vez disimulan menos a la hora de mostrarse como enemigos de la gente.

El miedo a la pobreza asoma también, ante la nueva ola de miseria. A esta ola no se sabe ni qué número ponerle. ¿Es la primera, la segunda… la enésima? Hace mucho que perdimos la cuenta.

Y existe un miedo más, callado pero muy eficaz, que es el de las miradas de los otros: el miedo a estar fuera del rebaño, a ser distinto, a opinar diferente. Es el que está provocando que gran parte de la población obedezca las disparatadas y muchas veces dañinas órdenes de los que mandan.

El ser humano es un animal gregario. Manejar a un grupo es más fácil que manejar a individuos pensantes.

Conducir a una masa asustada resulta muy sencillo, sobre todo si dispones de todas las armas mediáticas, financieras, militares, monetarias, médicas, ideológicas…

Una vez, recién llegado, el papa Juan Pablo II gritó: «¡No tengáis miedo!». Quién me iba a decir a mí, hace treinta años, que yo acabaría citando a Wojtyla. Y que acabaría dándole la razón…

La sonrisa de Sánchez

A Pedro Sánchez se le nota la sonrisa por debajo de la mascarilla. Me lo dicen los del bar, que están siempre muy atentos a los detalles.

Sánchez suspira satisfecho y se echa hacia atrás, acomodado en el escaño azul, ese sillón en el que se evidencia la mezcla existente entre los Poderes Ejecutivo y Legislativo.

Podemos se lanza contra VOX. VOX, contra Podemos y contra todos los socios del Gobierno, desde los independentistas catalanes hasta los canarios, el turolense o los de Bildu, ETA, batasunos o como se llamen ahora.

El éxtasis presidencial llega cuando salta a la arena Casado y ejerce de líder de la oposición… contra Abascal. Ni en los mejores sueños sanchistas.

A Sánchez, hasta ahora, le ha interesado la existencia de VOX para partir al rival electoral. Quizá a partir de ahora empiece a interesarle la persistencia del PP, por las mismas causas.

¿Estamos ante una escenificación? ¿Ante un Congreso que simula un debate político en vez de ocuparse de los problemas reales de la calle?

Salen los diputados a fumar durante el recreo, sin distancia de seguridad ni mascarillas. Las normas, ya saben, son para nosotros, dice alguien en el bar. ¿Acaso son normas que no tienen nada que ver con lo sanitario? ¿Mera imposición social?

En todo caso, Sánchez transita cómodo sobre un puente hecho con los cadáveres de sus enemigos. Se matan entre ellos. Y él sigue su camino, cada jornada, de vuelta al espejo mágico de la Moncloa. El mismo que le devuelve su reflejo vestido de emperador. Aunque esté desnudo.

El caballo de Abascal

Santiago Abascal ha entrado a caballo en el Congreso de los Diputados. De manera metafórica, claro está. Pero lo ha hecho.

En el bar se comenta -guardando la distancia de seguridad, como es lógico-, que parece haber lanzado su proclama a lomos de un cuadrúpedo, listo para cargar contra todo el frente zurdo.

Sabemos que no es cierto que en 1874 el general Manuel Pavía entrara en el Congreso a caballo para acabar con la I República. Pero la imagen y la expresión quedaron fijadas en el imaginario colectivo, y de ahí su poder de evocación.

Aún así, diremos que el caballo sobre el que ha irrumpido Abascal en la moción de censura se parece más a alguno de los corceles que cita el Apocalipsis de San Juan, en la Biblia.

Porque Abascal ha entrado al paso sobre la cabalgadura de la peste, que mantiene bloqueada la sanidad en España, y sobre la cabalgadura del hambre, que ya asoma como consecuencia de las decisiones políticas de los últimos meses.

En el bar, algunos lo tienen claro: dicen que Abascal no está hablando a los congresistas. Ni a Iglesias, al que ha zarandeado retratándolo como un imberbe y compulsivo consumidor de series de ficción.

Abascal no se dirige a Pedro Sánchez, al que algunos intuyen sonriente y satisfecho bajo la mascarilla que nos ha impuesto a los demás. A fin de cuentas, Sánchez sigue siendo el que manda, el que tiene las riendas del Gobierno. El capataz de la hacienda.

Abascal tampoco se dirige al Partido Popular de Pablo Casado, que no sabemos si después de esto se dejará crecer aún más la barba en busca de un aspecto de profeta. ¿Es cierto eso que se rumorea de que mantiene en inactividad a la oposición porque le han sugerido que, si obedece y se queda quieto, los poderes fácticos acabarán nombrándolo presidente?

En el bar algunos lo tienen claro: Abascal está hablando a los votantes. Porque sabe que se puede perder la moción y ganarse a la calle. Sabe que VOX puede recoger el voto de los descontentos, más allá de los bloqueos mediáticos.

Si Abascal logra ser visto como el voto de castigo a todo el sistema, habrá que admitir la posibilidad de que tarde o temprano entre en el Congreso, sí, pero a lomos del caballo de Santiago.

En el bar, después de todas estas elucubraciones, algunos insisten en una última ronda y en guardar la distancia de seguridad. Respecto a la tele, quiero decir.

El flautista de Hamelin

La música con la que el flautista de Hamelin ejercía su magia hechizaba a los ratones y a los niños, no al propio flautista.

De igual modo funciona el discurso oficial de las instituciones del poder. El relato artificial con el que los que mandan someten a la sociedad atañe a los gobernados, no a los gobernantes.

Cuando hablan de apretarse el cinturón, de recortes, de austeridad… lo que quieren decir es que a los gobernados nos van a robar todavía un poco más. Ellos, sin embargo, siguen disfrutando de nuestro dinero a manos llenas.

Cuando hablan de cumplir normas, de mantenerse confinados (es decir, secuestrados) se refieren a la población, no a ellos mismos, que siguen yendo y viniendo, disfrutando de sus vidas de vacaciones de lujo pagadas por nosotros.

Cuando hablan de tomar conciencia, quieren decir que debemos programar nuestras ideas para hacerlas coincidir con la inmundicia mental que nos han preparado.

Hablan de igualdad cuando quieren decir sometimiento. Hablan de solidaridad cuando quieren decir esclavitud. Hablan de progreso cuando quieren decir miseria. Hablan de comunicación y de educación cuando quieren decir obediencia. Hablan de salud cuando quieren decir muerte.

Y hablan de democracia, que significa que el pueblo controla a sus gobernantes, cuando lo que hacen es lo contrario: controlarnos ellos a nosotros.

De modo, amigos, que podemos seguir bailando al son del flautista de Hamelin. Podemos seguir discutiendo acerca de quién preferimos que interprete la mentirosa melodía. Yo prefiero despertar. Que baile su puta madre.

No conozco

Hace muchos años, andaba yo por el Retiro de Madrid en busca de gente a la que entrevistar para la radio. Se trataba de una sección en la que se abordaban temas de actualidad, tales como el euro, el paro o las medidas del Gobierno de Aznar, que era quien estaba en la Moncloa entonces.

Yo salía a la calle, recogía la opinión de los ciudadanos y luego los montaba en una pieza de uno o dos minutos. Estaba bien. Se escuchaba a la gente, y yo procuraba que tuvieran presencia opiniones distintas, coincidieran o no con la mía.

En otoño de 2001, EEUU estaba a punto de atacar Afganistán, bajo el mandato del presidente Bush, el hijo. Apenas habían pasado unas semanas del derribo de las Torres Gemelas en Nueva York, y el mundo andaba conmocionado.

De modo que una mañana salí al Retiro, como digo, en busca de la opinión de los viandantes. Entre otros asuntos, preguntaba yo aquel día si creían que EEUU atacaría Afganistán -como así fue- y qué les parecía.

Paré a un señor de edad provecta. Ahora lo recuerdo como alguien delgado, alto, con barba blanca. No sé si su figura ha sido alterada por el tiempo y mi memoria. Pero recuerdo la anécdota a la perfección.

– ¿Qué opina usted del asunto de Afganistán? ¿Cree que EEUU va a invadir el país?

– No lo sé. No conozco.

– Pero algo opinará del tema. ¿Está de acuerdo con que los norteamericanos entren en suelo afgano?

– Que no lo sé. Que yo no conozco el asunto.

Inocente de mí, con mis veintitantos años de entonces, seguí insistiendo. No me di cuenta de que aquel señor no era un desinformado cualquiera. Todo lo contrario. El tipo se fue calentando al ver que yo no cejaba en mi empeño por obtener una opinión suya. Él repetía que no conocía. Yo achuchaba. Y cada vez peor. Hasta que el señor estalló. A voz en grito, en plena glorieta del Ángel Caído, con los brazos en alto, tras unos minutos de impertinencia por mi parte, él estalló.

– ¡Que no conozco, le estoy diciendo, joven! ¡Yo no puedo opinar sobre el asunto por el que me pregunta porque no tengo información! ¡No conozco! ¡Sólo sé lo que dicen los medios de comunicación, y eso es lo mismo que no saber nada! No he estado allí, no sé qué intereses hay detrás de las noticias que nos ofrecen, no sé de qué manera me influye a mí todo eso. ¡No conozco! ¿Se entera de una vez? ¡No conozco y no tengo modo de conocer nada de ese tema ni de ninguno de los que salen en los telediarios! ¡Y sin conocimiento no puede haber opinión!

Aseguro que su rapapolvo fue algo muy parecido a lo que acabo de escribir. Todavía me sobrecoge la visión de aquel señor alejándose de mí, dejándome más quieto que la estatua del diablo de aquella glorieta, y gritando: «¡No conozco! ¡No conozco!»

Lo cierto es que, pasadas casi dos décadas de aquello, considero que recibí una lección de periodismo como pocas otras veces. Desde luego, muy superior a mucho de lo que vi en la Facultad de Ciencias de la Información y también de lo que he vivido en redacciones de todo tipo.

Porque juzgo que aquel buen hombre -ojalá siga vivo y disfrutando del vino- tenía razón. Y lo hago extensible al resto de temas. No conocemos. No tenemos ni idea de lo que hay detrás del telón de sobreinformación que nos vomitan de continuo a través de los medios, de internet, de sus canales de distribución.

En el asunto del llamado coronavirus se percibe con claridad. ¿Qué hay de cierto? Lo único seguro, creo, a estas alturas, es que las instituciones públicas mienten. Sin descanso. Todo lo que huela a poder, miente.

¿Y dónde está la verdad? ¿Hay virus? ¿No lo hay? ¿Qué ocultan? ¿Es todo un tinglado del poder real que se esconde detrás de los gobiernos para cambiar el mundo y conducirnos a una nueva era de esclavitud y sometimiento? ¿Hay alguien ahí?

No lo sé. No conozco. Sin información -y no la tenemos-, no puede haber opinión. Eso lo aprendí bien aquella mañana en el Retiro. No conozco, insisto. ¡No conozco!

La confusión

A los pies de la inconclusa Torre de Babel, las multitudes intentan continuar con sus proyectos conjuntos pero ya no pueden: hablan lenguas distintas. Es el mito que explica la confusión. Cuando los dioses temen a los mortales, los sumen en el marasmo, los lían.

Con esto del coronavirus, la población mundial ha alcanzado un grado óptimo de confusión -y de miedo, claro-. Las distintas organizaciones han dicho una cosa y su contraria, desde la OMS hasta el último estudio publicado por cualquier instituto tecnológico.

No es necesaria la mascarilla. Ahora, sí. El virus viene de un laboratorio. O de un animal. Es de diseño humano. Es natural. Se propaga por el aire. No lo hace. Se queda en los pomos de las puertas. Ya, no. El número de muertos baila. Mantened las distancias de seguridad; ahora, negociaremos cuál es la medida de esa distancia.

No se vayan todavía, que aún hay más. Se pasó la pandemia. O no. Es una gripe fuerte. Afecta al pulmón. No: afecta a la sangre, a la coagulación. Los niños son supertransmisores. No lo son. Juntaos. No lo hagáis. Ahora, sí. Depende del motivo. Habrá vacuna. No la habrá o será peor el remedio que la enfermedad. Existen los asintomáticos. No existen. Los test son fiables. No lo son. Habrá colegio en septiembre. No lo habrá. Podéis juntaros en las terrazas. No os beséis…

Incluso si fuésemos tan cándidos como para seguir atendiendo a los medios de comunicación y demás correas de transmisión de ideas y valores del poder, no podríamos mantener un discurso uniforme. Porque de esto se trata: de cambiar continuamente la verdad. Nos dicen una cosa, su contraria, media verdad, la otra media… El objetivo: que nos confundamos, que ya no sepamos a qué atenernos.

¿Para qué? Se me ocurren varias razones. En primer lugar, la confusión ayuda a perpetuar el miedo. Y nos desean asustados, obviamente. Punto dos: a una masa confundida se la divide con facilidad, de modo que nos pueden enfrentar entre nosotros en distintos bandos, mientras ellos siguen a lo suyo. O sea: robarnos, esclavizarnos, dirigirnos.

Y tercero: la confusión es el estado ideal para preparar una futura certeza. Están preparando alguna nueva mentira con la que mantenernos dormidos, y debe de ser de entidad considerable, a tenor de la que están montando. Y esa nueva verdad, sea la que sea, la abrazaremos mejor si venimos de un período en el que nada ofrece seguridad.

¿Te sientes confundido, amigo? Es natural. Es lo que querían. Piensa, si te alivia, que a la lucidez no le hacen falta certezas. Y, en todo caso, siempre nos quedan algunas de emergencia: por ejemplo, que los poderes mienten, por definición. Y en estos tiempos, más que nunca. Al menos, eso te habrá quedado claro ya, ¿verdad?

Despertemos

AUDIO DE «DESPERTEMOS»

La locura colectiva se acelera. Los que mandan están aprovechando la pandemia global para implantar los cambios sociales que traían diseñados. A estos efectos, lo mismo nos da lo que opinemos respecto a si el coronavirus es algo de diseño o una eventualidad.

Los que mandan obligan a la gente a arrodillarse delante de los negros, así, en general. Andan las turbas, de blancos y de negros, destrozando estatuas. Yo supongo que son dirigidas, que están a sueldo, que les han ordenado que salgan a acabar con todo lo que suponga pasado. Porque el pasado está mal. Es incorrecto. Hay que acabar con él.

Los que mandan, en realidad, buscan eliminar lo anterior para que no quede memoria de nada. El pasado contiene atrocidades, por supuesto. Pero no son las que los ejércitos de analfabetos creen que fueron. Se están intentando esconder, además, atrocidades mayores: las del presente.

Los que mandan ya nos dicen qué está bien y qué está mal. Lo han hecho siempre, aunque puede que no de un modo tan intenso, sutil y perverso. Y los rebaños acuden en masa a los mataderos sanitarios, ideológicos y morales. Se publican cartas dictatoriales donde unos funcionarios advierten a las empresas de que no están cumpliendo las órdenes respecto al tratamiento que se ha de dar a los sexos masculino y femenino: lo que, según su equivocada manera de emplear la lengua, se denomina género.

Mi pena consiste en la obligación de convivir con esta sociedad, de verme en medio de esta riada de estupidez. Y esto no ha hecho más que empezar. Verás maravillas, le decía el Quijote a Sancho. Las estamos viendo. Y veremos muchas más.

¿Cuántos justos quedan en Sodoma? ¿Cuántas personas normales que no estén colonizadas por las consignas diseminadas a través de los medios de comunicación y de la propaganda de la ficción actual?

Cómo envidio a los que creen en la posibilidad de una intervención externa salvadora: de las deidades o de civilizaciones no humanas de un corte moral superior.

Yo no albergo tal esperanza. Me limito al consuelo de los libros. Los seguiré leyendo, antes de que vengan a quemarlos. Que vendrán. Y a por todos vosotros, también. Y a por vosotras. Tanto a por los que decís estar de acuerdo con lo que está ocurriendo como a por los que os ponéis de perfil haciendo como que la cosa no os atañe. O despertamos, o con la almohada nos asfixiarán.

Estamos solos

AUDIO DE«ESTAMOS SOLOS»

Llegamos a principios de junio de 2020 y ya han empezado las manifestaciones contra los gobiernos. En Milán se han echado a la calle los llamados «chalecos naranjas», que propugnan, entre otras ideas, la de que el coronavirus es una invención de los mandamases.

¿De qué nos extrañamos? La gente lleva décadas harta. Cada vez, más. En España, el acceso al poder de Podemos pareció en un primer momento que cambiaba las cosas, y muchos pensaron de manera cándida que «los de abajo» llegaban a los despachos y que eso se notaría.

No ha sido así, como es evidente, porque ese partido ha resultado, o bien una invención más del poder para mantener a la masa integrada dentro del sistema, o bien un grupo en el que en apenas cuatro o cinco años el deseo de mando y de dinero público ha hecho estragos, hasta convertirlo en una empresa privada al dictado de una única persona.

Así, cunde la sensación de que estamos solos. De que los gobernados no contamos con nadie. De que no hay gobierno, grupo político, organización… que nos ampare. Y partiendo de esta premisa, lo lógico es que, como ya he dicho aquí en las últimas semanas, se imponga la desconfianza popular hacia cualquier mensaje que huela a oficial.

Pero lo que está vacío es ocupado rápido por cualquier otra cosa. Chalecos naranjas, conspiraciones, teorías varias… Que a nadie le parezca raro que se empiece a dar crédito a ideas de todo tipo, por disparatadas que puedan parecer a priori. Porque las que suenan cada vez más delirantes son las versiones oficiales.

Basta con echar un vistazo a la trayectoria de las autodenominadas autoridades sanitarias españolas durante los tres últimos meses para comprender que otorgarles credibilidad equivale a ser un incauto.

No sé si otro gobierno lo hubiera hecho mucho mejor. Pero considero que es difícil hacerlo peor. Estamos solos, amigos. Siempre lo hemos estado. Bienvenidos a un mundo en el que eso por fin queda claro, a la luz. Nunca mandan los nuestros. Siempre hay que desconfiar del poder. Y ahora sí, pónganse el chaleco del color que quieran.

Estamos solos. Pero somos mayoría. Somos casi todos. No lo olvidemos.

Todas las verdades son mentira

AUDIO DE «TODAS LAS VERDADES SON MENTIRA»

¿Existe el coronavirus? De no ser así, ¿cuál es la causa de que fallezcan tantas personas? ¿Cuántos están muriendo en realidad? Si es cierto que existe, ¿cómo actúa el bicho en el cuerpo?

¿El virus es artificial, creado en un laboratorio, o proviene de los cauces naturales mediante los que surgen estos microorganismos? ¿Qué son los virus? ¿Han diseminado éste a propósito? ¿Los gobiernos sabían lo que se avecinaba y dejaron que ocurriera? ¿Tenían orden de hacerlo así, propiciando que muriese cuanta más gente mejor? ¿Llegará una vacuna? ¿Esa misma vacuna será nociva?

¿Han hecho esto para controlarnos? ¿O para quitarse del medio a una parte significativa de la población? ¿Se está organizando todo de tal manera que caigan los actuales gobiernos para ser sustituidos por un nuevo ente mundial?

¿El Gobierno de España es simplemente incapaz o sus acciones y omisiones corresponden a un ejercicio criminal en toda regla?

Estas preguntas, pero en forma de afirmaciones, y a la vez, corren de boca en boca. Se publican papeles que sostienen que el Gobierno español ya conocía todo esto en febrero, e incluso antes. La OMS afirma y niega al mismo tiempo sus propios informes. Desde Tanzania se evidencia que los tests no resultan fiables, ya que da positivo por coronavirus una muestra que resultó ser material obtenido de una papaya.

La gente no sabe con qué quedarse. Informarse a través de los medios es imposible, lo cual no nos extraña: los medios no fueron creados para informar, sino para propagar el miedo y la confusión.

Entonces, ¿alguien dice la verdad? La sensación es la de que todo es mentira. La inocencia ya acabó hace décadas, de tal modo que si hay algo que define a las sociedades actuales es el hecho de que los mensajes institucionales son tomados por mentiras de forma automática.

Si algo ha quedado claro a la mayoría es que nos mienten todo el tiempo -excluyo a los ultras que siempre estarán ciegos ante las acciones de los que consideran como «suyos»-. Cualquier verdad oficial, presentada como tal, es percibida como un engaño.

Esto ocurre con los mensajes políticos, sanitarios, económicos… La autoridad miente. Por definición. Otra cuestión es discutir si el poder ya no necesita ser creído para seguir dominando la escena.

Y aunque esto ya venía ocurriendo de antes, con la crisis del coronavirus se ha intensificado. Una mayoría creciente de personas -y no digamos ya las consideradas como lúcidas o escépticas- parte del hecho de que todas las verdades son mentira.