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La falta de fe

Hay gente que no se hace preguntas, me dicen.

¿Cómo? No es que no se hagan preguntas: es que muchos han interiorizado el mensaje del poder con tal intensidad que llegan a creer que no está bien dudar del discurso oficial.

Ha llegado a estar mal visto el hecho de poner en cuestión lo que dicen los gobiernos, o los telediarios o los llamados «expertos» -que ni siquiera tienen por qué existir, como es el caso del fantasmagórico comité que se inventó el Gobierno español-.

De este modo, la imprescindible duda, la distancia respecto al mensaje del que intenta controlarte, se vuelve pecaminosa. La «nueva normalidad» se ha revelado como una elevación a la máxima potencia de eso que ya llamábamos «pensamiento único». No es que esté mal pensar: es que es delito y pecado.

Nada fuera del rebaño. Nada fuera de la tendencia oficial. Una simple sospecha de que las cosas no son como nos dicen ya te convierte en objeto de mofa. En sospechoso. En peligroso. En nocivo. Es posible que te llamen negacionista por no tragarte los delirantes mensajes que llegan desde las altas esferas o por no seguir sus indicaciones, a todas luces perjudiciales.

Sócrates, hoy en día, sería tomado de inmediato por un irresponsable. Por culpable. Y le harían beber la cicuta de nuevo, pero esta vez por dudar de lo que dice la mayoría y además hacerlo sin mascarilla, sin bozal.

Las cosas, por su nombre

El nombre, como una etiqueta, puede servir para indicarnos qué hay de cierto en algo, pero también es capaz de mentir. El discurso oficial, el discurso que emana del poder, usa los nombres para engañarnos.

Lo llaman democracia, que supone que el pueblo controla a los gobernantes, cuando quienes mandan se afanan en someter a la población.

Lo llaman vacuna, aunque por lo visto planean inyectarte una sustancia que pretende trastearte el ADN: lo cierto es que ni siquiera sabemos qué proyectan inocular a la población ni con qué intenciones.

Las llaman medidas sanitarias, pero han sido diseñadas para controlar y para enfermar. Lo llaman crisis, pero consiste en un plan en el que se percibe la estafa colectiva. Los llaman impuestos, pero constituyen un robo. Lo llaman educación, pero es mero adoctrinamiento. Lo llaman comunicación, pero es censura y control de la información. Lo llaman justicia, pero establece su capacidad para delinquir.

Nunca ha sido tan importante traducir los mensajes con los que nos bombardean las instituciones oficiales. Porque nunca nos han mentido tanto ni con tanta intensidad.

Los llaman benefactores, servidores, líderes… pero son unos criminales.

El mundo actual

Si por algo se define el mundo actual, el que ha empezado a quedar al descubierto en 2020, es por el hecho de que quienes ostentan el poder actúan cometiendo sus atrocidades ya a las claras, sin esconderse.

Además de esa novedad cualitativa, la de dejar de fingir, también se da un cambio en la cantidad: nunca hasta ahora las élites que realmente gobiernan habían apretado tanto al rebaño que para ellos es la humanidad. Al menos, que sepamos.

Por supuesto, gran parte de la población no se ha enterado aún de nada, y sigue ensimismada en el discurso oficial que es inoculado a través de los medios de comunicación, del sistema educativo y de la ficción. Pero hasta lo más dormidos han interiorizado, aunque no sean conscientes, que las autoridades mienten.

¿Recordamos cuando la existencia de una élite global era tomada como una teoría conspirativa de la que mofarse? Ahora vienen con una inyección, pretendiendo meterte en el cuerpo a ti y a los tuyos no sé qué sustancias con no se sabe qué efectos. Le llaman vacuna, aunque no lo sea. Del mismo modo, hablan de salud, de responsabilidad o de hacerlo por tu bien. Y tú te lo crees, desde luego. Cómo no.

La nueva normalidad, en resumen, consistía en que al despertar prosigue la pesadilla. Sigamos aplaudiendo.

Los demás

Lo que llaman «nueva normalidad» es como la vieja, pero sin que los poderosos disimulen su carácter dictatorial.

Quienes todavía no se hayan dado cuenta de que estamos ante un intento de la élite por esclavizar a la población por completo probablemente no tengan ya remedio. El que a estas alturas no lo haya visto es porque cierra los ojos y los mantiene bien apretados frente a la realidad.

Puede que se nieguen a mirar por miedo, por desconocimiento, por alguna deficiencia… o por una mezcla de todo esto.

Diversas personas me preguntan qué estoy haciendo en estos tiempos. Y creo que mi respuesta está muy clara: estoy concentrado en no ceder a esa parte de mí que pide que el rebaño caiga.

Me refiero a los demás. Los que te miran mal cuando vas por la calle respirando con normalidad. Los que achican los ojos al juzgarte como libre y enrojecen por el odio al comprobar que tú no compartes el miedo que a ellos los atenaza. Los que siguen con su guerra civil entre izquierdas, derechas y el resto de memeces inventadas para someter a la masa. Los que siguen obsesionados con que nos enfrentamos a un problema sanitario, cuando éste no es más que una excusa para el control social.

Una parte de mí desea que toda esta gente desaparezca. Porque son parte del enemigo. Como ocurre en las películas de zombis, cuando tus amigos, compañeros o familiares se convierten en muertos vivientes que ya no te reconocen y van a morderte, a exterminarte.

¿En qué ando? Pues en esforzarme a diario y constantemente por no desear que alguien o algo acabe con esos zombis. Lucho sin cuartel contra los deseos que nacen en mí respecto a esa vecindad mansa, asustada y totalitaria.

No es que piense que quede esperanza para muchos de ellos. Es que si cedo al impulso de desear su final, entonces estoy yo mismo convirtiéndome en eso que la élite desea: un soldado más del bando del odio.

Pero os aseguro algo, amigos: me cuesta mucho, muchísimo. Cada día más. Oooommmmmmm…

Los médicos y Simón

La Asamblea General del Consejo General de Colegios de Médicos, donde se agrupan los 52 colegios de médicos de España, ha solicitado el cese inmediato de Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias.

Estos médicos piden que Simón se marche por incapaz. Pero la incapacidad de Simón lleva siendo manifiesta desde el primer día de todo esto del coronavirus. No se ha convertido en un inútil de la noche a la mañana.

¿Por qué entonces estos profesionales no han pedido su marcha hasta ahora? ¿Dónde han estado cada vez que Simón ha cambiado de criterio, ha mentido, ha tergiversado datos, ha cubierto las incapacidades y cosas peores del ministro de Sanidad y del Gobierno en general, ha desviado la atención, se ha ocultado detrás de un inexistente Comité de Expertos o ha promocionado medidas contraproducentes?

Yo no estoy de acuerdo, sinceramente, con los que contestan que los médicos y demás trabajadores sanitarios han estado, hasta ahora, grabando Tik Tok. No es cierto. Muchos, supongo que la mayoría, han seguido trabajando en serio, muy duro. Salvando vidas. Aunque no hayan salido en bloque a desmentir los datos oficiales. Aunque no hayan denunciado que las medidas políticas nunca han sido sanitarias. Aunque no hayan desvelado en público y con una sola voz el negocio que suponen los falsos positivos de las PCR y demás pruebas para los hospitales. Aunque hayan tragado que se imponga lo de la mascarilla aún a sabiendas de que resulta nocivo. Aunque hayan dejado que amordacen a los niños sin oponer a ello su voz experta y autorizada.

Los médicos y demás personal sanitario comenzaron siendo héroes, aplaudidos en marzo. Qué lejos queda aquello. Merece una reflexión saber por qué un colectivo ha caído de modo tan acusado en el crédito general.

En todo caso, los médicos piden que Simón se vaya. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes? ¿Sólo él? Hay muchas preguntas que planean sobre los asuntos públicos de estos últimos meses. Y la paciencia de la gente se acabó. Sólo el miedo sostiene muchos de los tinglados. Pero el miedo también se acaba. Hoy los médicos piden que Simón se vaya. Mañana, ya veremos.

Sé responsable

Desde que andamos con lo del coronavirus, el discurso oficial se esfuerza en decirte que tienes que ser responsable.

Los medios de comunicación, los políticos en sus intervenciones de cara a la galería y toda esa gente a la que presentan como «experta» tienen un mensaje rotundo: mantén la responsabilidad.

De acuerdo. Pero, ¿qué significa ser responsable? Según ellos, responsable es ponerse un trapo en la boca, mascarilla, bozal, barbijo, como queramos llamarlo. Sin importar que los verdaderos expertos adviertan de que esto no sólo no sirve para nada, sino que constituye una práctica nociva. En ocasiones, muy nociva.

Ser responsable consiste en entregar tu libertad a las llamadas autoridades para que dispongan de ella. Ser responsable es encerrarte en tu casa si así te lo exigen. Ser responsable es no dudar de los que mandan, aunque sea evidente que no hacen otra cosa que mentir.

Ser responsable es morirte de hambre sin protestar. Ser responsable es convertirte en un colaborador de los mismos opresores. Ser responsable es dejar de pensar por ti mismo, eliminarte como individuo y pasar a ser una cabeza de ganado más.

Ser responsable, en resumen, consiste en que te extingas, en que te mueras aplaudiendo a quienes te machacan, en que desaparezcas dándoles las gracias y la razón.

¿Lo harás?

Si no te has enterado…

Si no te has enterado, te cuento que en España el Gobierno ha creado un Ministerio de la Verdad, al estilo de Orwell, que decidirá qué tenemos que creer y qué debemos considerar falso.

Si no te has enterado, debes saber que la estrategia política pasa por endeudar al país hasta que las cuentas resulten insostenibles. Dependeremos de entregar la libertad al que se haga cargo del perdón de esa deuda que ellos mismos han creado. Eso se llama esclavitud.

Si no te has enterado, comprende que las medidas que se toman bajo una excusa sanitaria están encaminadas al control social.

Si no te has enterado, que sepas que el sistema educativo, los medios de comunicación y la ficción pertenecen al poder, que lleva décadas y décadas desactivando el pensamiento crítico de cualquiera que pretenda salirse del discurso oficial.

Si no te has enterado, aprende que las autoridades mienten.

Si no te has enterado, entérate de que en España vivimos en una partidocracia y que una oligarquía hace y deshace según sus intereses. El resto, es puro artificio. Todo lo tienen orquestado: desde los movimientos migratorios hasta los ciclos económicos, con sus crisis, o las cuestiones de salud.

Si no te has enterado, asume que la «nueva normalidad» es como la vieja, pero cada vez con menos fingimientos: los poderosos ya apenas disimulan que vivimos en un mundo totalitario al que nadie podrá resistirse. Esto no es un asunto propio español, sino del planeta.

Y a estas alturas, con todo lo que llevamos visto, si todavía no te has enterado del problema, tú también eres parte de ese problema.

La fe perdida en las urnas

Con el bochornoso espectáculo del recuento de votos en las elecciones de Estados Unidos de América, ha caído uno de los últimos bastiones de la confianza de la gente en el sistema.

Las sacas de papeletas del Partido Demócrata aparecidas de la nada e intentadas meter en las urnas como por arte de magia han acabado de convencer a muchos de que la farsa del sistema es completa.

Porque hasta ahora, una parte de la población seguía aferrándose a la idea de que los resultados de las elecciones eran limpios. Sabemos que los gobernantes mienten, roban, estafan y cosas aún peores, pero había interiorizada una especie de fe religiosa en el hecho de que las papeletas de las urnas resultaran intocables.

Pueden robar millones. Pueden alterar el número de muertos de lo del llamado coronavirus. Pueden destrozar la sanidad, la educación, la comunicación… ¡Pero cómo van a alterar el recuento de votos! ¡Eso es sagrado!

Pues bien, ya no es sagrado. Sea quien sea el que esté organizando el teatro mundial, esta semana decidió que al sistema se le vieran las costuras. Millones y millones de personas han comprendido que la confianza que mantenían en los recuentos de votos era injustificada. Millones y millones de creyentes han empezado a dudar o se han vuelto ateos.

El que esté preparando el advenimiento del nuevo régimen está demostrando un hondo conocimiento de la psicología de masas. Y un poder casi total, con capacidad para hacer y deshacer a su antojo. Por desgracia, ya lo vi venir en mi cuento Polyphemus. Espero equivocarme y que ese relato se quede en mera literatura. Pero cada semana que pasa, cada noticia que nos llega, me van confirmando párrafo a párrafo. Por desgracia.

Polyphemus y otros relatos

La mentira

Los gobiernos nos mienten. Los políticos son entrenados desde jóvenes para mentir sin que se les note. A ratos, por cierto, parece que ésa sea su única formación.

Mienten los que suministran datos, los medios de comunicación, las encuestas… Todo cuanto tiene una etiqueta de oficial, todo cuanto podemos considerar como discurso oficial, es mentira.

En efecto, la sensación de que lo oficial no es verdad parece que se va extendiendo entre la gente a medida que se comprueba que lo que nos cuentan no cuadra con lo que vemos.

A millones de parados y de hambrientos les da igual que en el telediario salga un ministro presumiendo de un supuesto incremento del Producto Interior Bruto. Los hogares a los que va alcanzando la pobreza van despertando del sueño dogmático impuesto por los gobernantes. Es muy alto el precio, desde luego.

Mienten las autoridades sanitarias y académicas. Mienten todos. Y estamos llegando a un punto en el que ostentar un cargo, en vez de otorgarte credibilidad, te la quita de forma automática.

Al menos, ésta es la impresión que tiene gran parte de la población. Los empobrecidos, los marginados, los robados, los estafados, los sometidos, los despreciados, los afectados por medidas de dudoso carácter sanitario… todos ellos, ¿a quién van a obedecer, si ya no creen en nada?

Quizá lo que ocurre es que los poderosos ya no necesitan que sigamos creyendo en ellos. Quizá ha llegado el momento de la imposición por la fuerza, sin más. Si es así, algo probable, puede que tengan razón los que hablan de que acaba de comenzar la Segunda Edad Media. Ojalá no.

El mundo todo es miedo. Todo el año es Halloween

El miedo se ha extendido. Algunos sienten terror sanitario y temen respirar, acercarse a otros, tocar los pomos de las puertas o entrar en sus casas portando la muerte a cuestas. Hay gente que sueña que está enferma, apestada.

Otros sienten miedo de los propios médicos o de las llamadas autoridades, de la posible multa, de las acciones de los gobiernos, que cada vez disimulan menos a la hora de mostrarse como enemigos de la gente.

El miedo a la pobreza asoma también, ante la nueva ola de miseria. A esta ola no se sabe ni qué número ponerle. ¿Es la primera, la segunda… la enésima? Hace mucho que perdimos la cuenta.

Y existe un miedo más, callado pero muy eficaz, que es el de las miradas de los otros: el miedo a estar fuera del rebaño, a ser distinto, a opinar diferente. Es el que está provocando que gran parte de la población obedezca las disparatadas y muchas veces dañinas órdenes de los que mandan.

El ser humano es un animal gregario. Manejar a un grupo es más fácil que manejar a individuos pensantes.

Conducir a una masa asustada resulta muy sencillo, sobre todo si dispones de todas las armas mediáticas, financieras, militares, monetarias, médicas, ideológicas…

Una vez, recién llegado, el papa Juan Pablo II gritó: «¡No tengáis miedo!». Quién me iba a decir a mí, hace treinta años, que yo acabaría citando a Wojtyla. Y que acabaría dándole la razón…