El Nautilus

Se encuentra a punto de zarpar. Nautilus, el último libro por ahora. El nuevo. Siempre se está a las puertas del siguiente. Se encadenan las escrituras como un modo de entretener a la vida para que no piense en la muerte, para que piense en sí misma, para sacarle todo el jugo a la existencia. No estamos aquí para vivir como bestias, proclama Dante, sino para cultivar la virtud y el conocimiento. Y ésa es la misión del libro. Ayudarnos a sobrevivir, al que lo escribe y al que lo lee. Sobrevivirse. Sobrevivirnos. Degustando, como dice el maestro Esplá, una copa que nos faculta para anular al tiempo durante un tiempo, durante nuestro tiempo.

Muestra su casco reluciente, en forma de portada que, como bien ha señalado ya alguna avispada lectora, está inspirada en los cuadernos de Da Vinci. Es ese Nautilus que aparece sobre el papel rugoso de fondo intenso y dorado un boceto, algo proyectado, algo que no ha culminado su ser y que, por tanto, no se encuentra acabado, sino vivo, orgánico, en movimiento. Nautilus es la columna que procuro escribir los más de los días –ay, el tiempo, los vaivenes, las tantas tareas con las que rellenamos las horas, la riqueza de tanta múltiple experiencia–.

Y es ese escrito un tronco diario que se deposita con mimo en la hoguera para que ésta no deje de crepitar. Y todo cabe en ella, desde el fogonazo de belleza a la mirada incisiva del vecindario o el grito bufonesco contra quienes desean que nos resignemos a sus esclavitudes.

Calienta ese fuego al cuerpo y le permite desprenderse de la pereza de comenzar cada jornada. Cuando uno ya está escrito, ya está lanzado, ya no hay nada capaz de detener el ritual de lo cotidiano. Ahora, en plena temporada, escribo el Nautilus a cualquier hora y en cualquier ciudad, pero donde está la candela está el hogar. Y alrededor de ese hogar, hay una luz que es la que alumbra los rostros de los lectores. Siempre asombra que haya lectores.

Zarpa inminentemente el Nautilus en forma de libro, a recorrer no sé cuántas mil leguas de viaje en torno a los mapas y al azul de los mares. He escogido cien piezas y las he agrupado según un criterio que no es ni cronológico ni temático, sino que depende de la mirada con la que el columnista se levantó ese día. Y hablo en tercera persona no por delirio a lo César, sino porque una vez escrita, la columna se te despega, se marcha, se independiza, como los hijos de antes, y cuando se lee, alguna después de más de un año, parece escrita por otro. Por el otro que uno fue y que se quedó en un puerto del pasado.

Zarpamos con el Nautilus esperando que la travesía resulte gozosa, tanto a los lectores habituales como a los que se enrolen de nuevas. Siempre pensé, desde niño, que yo no habría querido salir nunca del submarino de Nemo, pues no sólo viajaba de mar en mar y de continente en continente, sino que te permitía conocer las entretelas de lo oculto, de lo profundo, tal y como se intenta en el artículo diario. Y poseía una biblioteca bien nutrida y excelente bodega, describe Verne. ¿Para qué más?

Zarpa próximamente el Nautilus, el primero de ellos, quién sabe. Si la cosa cuaja y sus viajes acaban siendo felices, tiempo habrá de nuevas recopilaciones. Porque la columna diaria, el leño de la hoguera, seguirá, puntual como hasta ahora. Como siempre. Sed, de corazón, muy bienvenidos a bordo.


Publicado

en

,

por

Etiquetas: