El inicio del tercer capítulo del libro bíblico de Eclesiastés me acompaña desde joven como una insistente voz que susurra al oído una de las instrucciones básicas: «Todo tiene su tiempo». Yo suelo repetir, adaptado: «Hay un tiempo para cada cosa». Y continúa, a partir del segundo versículo, con una enumeración a lo Neruda: Un tiempo para nacer. Un tiempo para morir. Un tiempo para matar. Tiempo de buscar, de hallar, de callar, de hablar…
No es fácil determinar qué tiempo corresponde a cada acción, o viceversa. Muchos de los males padecidos provienen de una mala interpretación del momento. Callamos cuando tocaba hablar. Actuamos cuando era hora de detenerse. Echamos a correr cuando lo que correspondía era andar pausados. Nos obstinamos en el recuerdo cuando era tiempo para el olvido. Intuyo que, en gran medida, la sabiduría consiste en errar lo menos posible en esta tarea de discriminación temporal.
Es enero un mes que actúa como el lunes del año. Es la vuelta a lo cotidiano, el despertar tras un sueño durante el que hemos descansado, festejado y proyectado. Enero, hermanado con septiembre, es el reinicio, el sol reconquistando las horas de luz, el invierno en su apogeo. Y, tal y como tomo los lunes, acojo a enero con suavidad, con el gusto del regreso a la rutina, siempre que ésta suponga algo agradable, como es mi caso. Me gustan los lunes por su movimiento. Sabes a lo que atenerte con ellos. Sabes de qué es tiempo: de ponerte en marcha.
Pero sin prisas. Cuanto más acucia el entorno, más se aconseja la paciencia. Andar despacio, concentrarse en lo que se está haciendo, huir de la perniciosa multitarea, ese modo de hacer varias cosas a la vez sin hacer ninguna de ellas. Un tiempo para cada cosa. Una cosa en cada tiempo. Y cuanto menos tiempo quede disponible, más parsimonia hay que echarle al asunto.
Un tiempo para cada historia. Cuando un personaje te pide que lo escribas, te da un plazo. Y si no cumples con él y lo dejas pasar, se aburre de ti, o se decepciona, o simplemente comprende que no eras tú quien estaba destinado a escribirlo. Y se marcha, él sabrá con quién, a qué otras manos.
Un tiempo para cada lectura. Una lectura mañanera, la que le quita el precinto al día. Otra para la sobremesa. Otra para el parque o la terraza –cuando el cambio climático lo permita, ahora que andamos con este loquísimo frío invernal, qué delirio, habrá que pagar más impuestos…–. Una lectura para ir sumiéndose en el dormir, en el tiempo de los sueños.
Un tiempo para escribir. Para leer. Para charlar con los amigos. Para la soledad. Para la carne. Para trabajar. Para pensar. Para escuchar crecer a los hijos. Para el vino. Para cocinar. Para salir a la compra y escandalizarse con lo poco que vale nuestro dinero a causa de la actividad criminal de quienes han sido puestos al mando por los criminales mayores, los de arriba. Un tiempo para revolverse. Para negarse a balar a las ocho. Para la risa y el olvido, en plan Milan Kundera. Para perdonar. Para perdonarse, más difícil aún. Para comprender por qué hicimos lo que hicimos. Para las matemáticas. Para soñar despiertos. Para salir a la caza del unicornio y el dragón. Un tiempo para olvidarse del tiempo.
Leí el otro día acerca de un experimento a partir del cual un grupo de investigadores ha anunciado que la sucesión de Fibonacci es capaz de ralentizar el tiempo. No sé qué habrá de verdad en ello, pero me temo que, cuando la ciencia de verdad –es decir: la que busca el conocimiento y no la que está al servicio del poder– se adentre en estas honduras y comience a comprender el tiempo, en última instancia lo que va a concluir será algo parecido al aserto del Eclesiastés. Y es que hay un tiempo para cada cosa. Esperemos que el tiempo de dejar de ser desvalijados por los políticos llegue pronto. Tiempo al tiempo. No sé yo.