Hay que volver. Siempre hay que volver. Aunque sólo sea para constatar que uno ya no es el que fue y que sigue teniendo razón Heráclito. Hoy retorno a la columna después de haber transitado por otros menesteres, otros lugares y otros tiempos, que no otra cosa es escribir una novela. Pero los teclados constituyen una jungla, un territorio sin mapas que te va conduciendo desde el río de las palabras hasta la selva de las ideas, y es complicado aclararse y no acabar desbrujulado. Una novela acaba y otra empieza, pero mejor será escribir dos o tres columnas a la semana antes de dejar este huerto desasistido, en riesgo de que se marchiten los frutales y de que anide el olvido bajo el tejado.
¿Y por dónde se empieza tras una ausencia? Lo más aconsejable, pienso, es retomarlo por donde nos habíamos quedado. Así que llamo a Paco, que se mantuvo de guardia, observando al mundo por mí, y le pregunto. Me dice que todo sigue igual y que en ese sentido el que tiene razón es Parménides. «Están liados con lo de los votos en Extremadura», me dice. Y me detalla el sainete que se han traído en forma de campaña electoral, la puesta en escena del día de las urnas, lo de los medios haciendo apología de la participación como si les fuese la vida en ello –les va– y la desembocadura en un reiterado intento de mantener la idea de que cuentan los votos, para lo cual incurrieron temerariamente en la noticia de que habían robado una serie de sufragios por correo –de modo que se piense que se detectó una anomalía, que se subsanó y que el resto del proceso es limpio–.
Pero los resultados, a lo que íbamos. Incluso partiendo de los datos oficiales y haciendo que nos los creemos, el titular es la abstención. Vuelve a ganar la respuesta que niega el sistema, pues si sumamos las abstenciones, los votos nulos y los cándidos votos en blanco, ahí te sale un porcentaje que supera el cuarenta por ciento. Esto, insisto, admitiendo sus datos. Y si admiten ese montante, imaginad por dónde debe de andar el dato real.
Independientemente de cómo hayan partido la tarta restante de cara a reorganizar los equilibrios en sus despachos, la lectura principal es que va extendiéndose el asco hacia un sistema corrupto que ya no sabe cómo convencer a los damnificados de que sólo se trata de problemas coyunturales. El sanchismo se va agotando –pese a que lo apurarán hasta las heces, nunca mejor empleada la expresión–. Obedecen a los de arriba, fingiendo que siguen gobernando, y lo harán sin arrobo desde un palacio, desde un parlamento o desde el patio de la cárcel, donde por cierto ya habitan algunos de ellos.
La noticia sigue siendo el robo inmisericorde vía impuestos, que ha llegado al punto de hacer inviable toda vida normal. El hurto impide poner negocios, ahorrar, prever, atender a lo inmediato. Mientras desde la UE continúa el ataque feroz hacia la agricultura, de cara a que quedemos desasistidos y obligados a alimentarnos del pienso compuesto que quieran echarnos, aquí discuten sobre la baliza que se han inventado para quitarte unos cuantos euros más. Mientras escenifican la escena postelectoral, reubicando a sus actores sobre el escenario con nuevas líneas de diálogo que leer, prosigue el crimen impositivo. Los impuestos no son para pagar sanidad y educación. Los impuestos están creados, simplemente, para que nunca salgas de la pobreza y que, de esa manera, no te quede otra que obedecer sus canalladas. Y aunque no lleguen a la comprensión última de esta terrible verdad, cada vez son más quienes perciben que esto se acabó, que la cosa no da más de sí, que seguir aplaudiendo a los carceleros no va a mejorar la ración de alfalfa recibida como almuerzo. Alfonso XIII lo admitió en 1921, antes de intentar cambiarlo todo para que nada cambiase.
Más de un cuarenta por ciento –admitiendo sus números– ya no traga. ¿Qué les queda, pues, a los arquitectos del sistema, salvo la pura violencia? Volver, ay, volver. Había que volver.