Si alguien quiere saber en qué consistió la Transición española, lo más rápido es que se ponga la trilogía Nacional de Berlanga y Azcona. Sólo así podrá comprender de qué modo se cambió todo para que nada cambiase y cómo se cimentó un futuro en el que el robo por parte de la clase política conduciría a la miseria general, además de a otros muchos males, como la analfabetización, el enfrentamiento perpetuo o la dictadura silenciosa. De igual modo, sospecho, si en un futuro próximo se desease entender qué es España en este final del primer tercio del siglo XXI, bastaría con ver Torrente Presidente, de Santiago Segura.
Ayer fui al cine a verla. Cuando le comenté mi intención a un amigo me dijo, extrañado: «No te pega ver eso». ¿Por qué?, quise saber. «Porque eso es cachondeo superficial». Respondí que me encanta el cachondeo superficial. Pero no me detuve a explicarle que con el humor aparentemente más inocentón es con lo que se cargan más las tintas, con lo que se desnuda al rey y con lo que se denuncian, con arte, elegancia y eficacia, los males que nos asolan. Pues eso, sin más, es lo que ha ejecutado Segura, en una película que no sólo rezuma un dominio absoluto del guión y de la realización, sino que quedará, como lo de Berlanga y Azcona con su marqués de Leguineche, como el retrato exacto de un tiempo. Y eso es muy difícil de conseguir. Y lo ha hecho.
Segura lanza su humor hacia la realidad que habitamos como un ácido corrosivo, y el efecto es que se deshacen las apariencias y que todo el sinsentido y la maldad que nos rodean quedan al descubierto. Además, pillan repaso todos, unos y otros, hunos y romanos, los del hodio y los del hamor.
Me decía el también cineasta Albert Serra hace un mes que él considera que la tiranía de lo políticamente correcto –ese terrible modo de censura– ha tocado a su fin. Me sorprendió que Serra se expresara con tanta determinación. Pero tras ver Torrente Presidente estoy persuadido de creer que tiene bastante razón el autor de la soberbia Tardes de soledad. Un síntoma sería, en efecto, que Segura haya podido firmar una película tan desprejuiciada y mordaz como ésta. Desde 2014 ha mantenido a su personaje en barbecho, a la espera de tiempos mejores. Lo que se ha encontrado son los peores tiempos que recordamos, y por eso esta cinta era tan necesaria.
Ya tenemos una película, y española, en la que se ha dicho todo con claridad: los políticos son todos, absolutamente todos, fruto de un sistema corrupto que los emplea como títeres al servicio de fuerzas mayores que son las que realmente controlan todo esto. La masa no es mucho mejor que tal élite. Mejorar lo que hay es muy fácil: hasta Torrente como presidente supondría un alivio si partimos de lo que tenemos. En definitiva, lo que viene a decir Segura en este pelotazo de taquilla es que la maldad gobierna el mundo y que lo hace mediante la imbecilidad colectiva. A los lectores de esta columna les sonará la afirmación.
Lectura aparte merece la rotunda respuesta del espectador, que ha ido en masa a poblar unas butacas que ni siquiera recordaba dónde quedaban. Lógico: todo está ya a la vista. Los criminales al mando ya no engañan a nadie, más que a los muy abducidos, irrecuperables, o a los que participan del crimen obteniendo pírricos beneficios por ello. Pírrico: triunfo del que obtienes más daño que provecho.
Conozco personalmente a Santiago Segura, aunque no frecuento su trato hoy por hoy. Trabajé con él hace unos cuantos años en un programa de la tele haciendo el guión. Unos quince programas firmé, creo recordar grosso modo. Cada uno cuenta la feria según le va, de modo que yo sólo puedo decir que vi a un tipo capaz, inteligente, respetuoso con quienes sabían el oficio y que no se detenía en las bobadas en las que suelen detenerse la mayoría. Vi a un señor difícil de engañar, que sabía lo que no quería, esencialmente. Aprendí de él. Y no me extraña nada lo que vi ayer, ese derroche de talento, aunque fuese en forma de cachondeo superficial, como me dijo mi amigo cargado de prejuicios. Vivan el Fary y el Atleti. Vivan los creadores que aún se toman en serio su cometido y ejercen de bufones en el sentido noble y estricto de la palabra bufón: decirle al criminal que es un criminal, en su puta cara, con gracia. Todas las risas que flotaron ayer por la sala del cine, incesantes, iban despertando a los más alelados. Qué. ¿Nos hacemos…?