Que dicen que se está poniendo de moda lo de no llevar tatuajes. Es de suponer que ya se encuentran todos tatuados y que ahora la distinción no está en que te estampen la cara de Mortadelo en el brazo, sino en ir limpio, sin manchones, con la piel normal.
No concibo el cuerpo como un papel sobre el que derramar tinta, sino como un milagro que conmueve al poeta. Y no: no he llegado a tiempo para evitar que ciertas personas queridas se tatuasen. Para mí, Tatuaje sigue siendo la copla de la Piquer.
Al ganado se le hierra. Al toro bravo, con el guarismo que indica el año de su nacimiento, con el orden en que fue parido y con el hierro de la ganadería. A quienes padecen en sus carnes el siglo XXI, sin embargo, los señalan con el símbolo del yin y el yang, con el rostro de Maradona o con un código de barras que les permite no hacer cola en el Lidl y acumular descuentos en la tarjeta de puntos.
Se tatuaban los hombres de la mar. Y los legionarios. Y los pandilleros. Y Queequeg, el arponero de Moby Dick. Y El hombre ilustrado de Ray Bradbury. En la calle Montera de Madrid entrevisté hace muchos años a un señor que puso un local de tatuajes. Me llamó la atención que pared con pared le colocasen otro establecimiento en el que se borraban los mismos. Resultó ser suyo también: había más clientela entre quienes deseaban quitarse lo tatuado. Aquel hombre había comprendido que el negocio mayor lo propicia el arrepentimiento, el olvido. Te quiero, Puri escrito sobre el pecho, una vez que Puri se ha largado con su jefe, te obliga a buscarte a otra mujer que se llame así, con lo difícil que es eso en un mundo que se está poblando de Alexas y Aitanas.
Se tatúan versos, letras chinas, Cristos, Vírgenes, unicornios en celo, escudos del Atleti, perfiles de Morante de la Puebla fumando un puro, mapamundis de Bilbao. Se tatúan para ser únicos, para corregir a lo natural, que se entiende fallido. Pero lo natural se abre paso, con sus propias firmas: la de la flacidez, la piel que se relaja como las costumbres en verano. La de las arrugas, esos pliegues de papiro donde el tiempo va escribiendo con su inconfundible caligrafía. La de las cicatrices, las marcas de guerra, de accidente, de quirófano, de todas esas batallas que dejan memoria después de pelearnos con la vida.
Siempre sospeché que tatuarse es indicio de cortocircuito emocional. «Nadie feliz se tatúa», dice un personaje de mi última novela. Al final, la verdadera revolución consistirá en la normalidad, en ir limpio, en cultivar el silencio entre tanto griterío. ¿Y los lunares? Tatuajes del destino.