Tabla rasa

Cuando dejas la columna varios días sin podar, salen temas por todos los lados, y hay que volver a ella recortando de aquí y de allá, decidiendo cuál de esos asuntos que asoman es el bueno.

Durante la última semana, me fui a los caminos del sur en busca del retorno de la primavera y dejé el teclado atrás; en ese tiempo han pasado muchas cosas: tantas, que pensé que no iba a poder soportar esto de no escribir. Pero se puede vivir sin escribir, aunque cueste, porque incluso hay gente que vive sin vivir, simplemente habitando un tiempo muerto.

Ahora regreso y tengo que apartar los temas como ramificaciones que me han brotado sobre la mesa. Casi no hay sitio para apoyar la taza de café negro y frío de cada mañana. Tendré que ir eliminando argumentos hasta quedarme con el elegido.

De entrada, podría escribir sobre la guerra de EEUU e Israel en Irán, porque la escenificación de Trump da de sobra para establecer suculentas analogías con un rey shakespeariano. Pero el lector de este espacio está muy acostumbrado a eliminar las capas de cebolla del entendimiento y comprende a la perfección que lo que hay liado en el estrecho de Ormuz es una excusa con muertos reales y un objetivo final: empobrecernos aún más, someternos del todo, hacernos la existencia imposible, si no lo es ya. El ajedrez de la geopolítica entretiene pero no oculta. La carestía del diésel no es una consecuencia, sino una meta. La guerra es un medio para seguir tratándonos como ganado.

Otro frente es el de la luna, con una nave estadounidense yendo sin ir. Es decir: volando para no pisar la superficie lunar. La cosa del Artemis II, por lo que se ha ido viendo, comenzó a lo James Bond y se degradó a Pepe Gotera y Otilio, con el retrete averiado y una colección de fotos como la que se traen esos pesados que se van de viaje de novios y después pretenden torturarte enseñándotelas y comentándolas. Las fotos lunáticas han quedado curiosas, aunque al personal no se le escapa que esto ha ocurrido justo ahora, con la IA en auge. De cualquier modo, mientras nos quieren distraer mirando hacia la luna, la que han liado aquí abajo…

Verdaderamente crucial parece la declaración a Hacienda. Dicho así, está claro que nos hallamos secuestrados, detenidos, y que hemos de declarar como ladrones, lo cual no deja de ser paradójico: en este caso, son los robados quienes declaran ante el ladrón. Pero ese asunto tampoco me daría mucho de sí en la columna, porque la gente sabe que en el momento de más recaudación, con el desvalijo en impuestos por las nubes, los servicios son peores que nunca. Todo el mundo es consciente de que el noventa por ciento de lo que el Estado recauda es puro robo y, además, está destinado a pagar los medios de destrucción de la propia sociedad afectada, tal y como conviene a los de arriba. Lo que te sisan no va a educación y sanidad, sino a pagar su ingeniería social: desde una inmigración diseñada por criminales hasta la desatención calculada de las infraestructuras, a la espera del próximo accidente mortal.

¿Entonces? Quizá no hay tantos temas… No, no puede ser, si tengo el escritorio que no da abasto: las fumigaciones brutales que asolaron España entera sábado y domingo, la edad de jubilación estirada para solaparla con el ataúd, la eutanasia y el aborto, los incendios que ya han empezado a provocar por Galicia, el pésimo estado de las carreteras, el juicio de los bozales, cuando ellos se forraban y se reían de quien aplaudía a las ocho en el balcón…

¿Y cosas amables? ¿Es que no hay cosas buenas? Sí, bueno, ahí tenemos el regreso de Morante, que resucitó en Resurrección, o una loa al jamón, al que nunca se le canta cuanto merece, o lo que después de siete días traen impresos mis ojos, que han contemplado paisajes malagueños, estampas desde la cima de una montaña cordobesa y páginas de Esquilo teñidas de atardecer.

Resulta complicado decantarse entre tanta opción. Es el problema de la abundancia. Mejor será dejar el escritorio limpio, hacer tabla rasa y esperar que mañana o pasado, con más sosiego, la columna elija por sí sola. Sí, se puede vivir sin escribir como se puede vivir sin leer, sin caminar, sin vino. Pero, ¿a eso se le puede llamar vida?


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