Me fío de muy poca gente a la hora de sugerir títulos de lectura, cine o exposiciones, además de que creo que el ir pasando de una obra a otra tiene mucho que ver con las necesidades personales de cada momento, lo cual desarticula en gran medida la posibilidad de la recomendación. Sin embargo, con algunas personas mantienes una complicidad que supera tales prevenciones, y en mi caso una de ellas es Ignacio, el gran Váitovek en X, Twitter o como se llame el patio ahora. No suele errar el tiro casi nunca, por no decir nunca, y el otro día no recuerdo a colación de qué él me trajo a la memoria la película Stico, del 84, protagonizada por Fernando Fernán Gómez, por el que ya sabéis que siento una intensa debilidad.
Hace mucho tiempo que vi la película, pero aprovechando el capotazo de refresco de Ignacio, he vuelto a verla. Me ha parecido mejor de lo que recordaba. Pero eso da igual. Lo que quiero resaltar del asunto es la cuestión de la libertad.
Stico fue dirigida por Jaime de Armiñán. Cuenta con Fernán Gómez no sólo como protagonista, sino también como coautor, junto a De Armiñán, del guión –sí, con tilde–. Mucha presencia tiene Agustín González, y cabe citar como montador a José Luis Matesanz, todo un referente en el difícil arte de colocar los planos en su sitio y contar una historia secuencialmente.
El argumento es jugoso: un egregio catedrático de Derecho, arruinado y entrado ya en edad provecta, se ofrece como esclavo a un antiguo alumno al que la vida le ha sonreído en lo material. La vuelta de la esclavitud a ese Madrid de mediados de los ochenta crea una conmoción. Les rechina, a mi juicio, no tanto el esclavo en sí, sino la clara asunción por parte de éste de su condición. Si lo malo no es que seas esclavo, como todos, sino que lo proclames tranquilamente. Porque no se hace así, sino solapadamente. De otro modo, atentas contra uno de los principios básicos de la esclavitud moderna: que finja ser libertad.
La trama se resuelve con más o menos acierto, y Stico culmina con Agustín González devolviendo la libertad a su esclavo, significativamente, al pie de un altar.
Nulla libertas est ne desinendi quidem esse liberum, concluye resignado un Fernán Gómez que mira a cámara para lanzar esa sentencia: «No hay libertad ni para dejar de ser libre». En ese sentido, el pesimismo colma la película, y nos recuerda la máxima de Sartre: «Estamos condenados a ser libres».
¿Por qué, entonces, si la libertad es una obligación ineludible, se empeñan en eliminarla? ¿Cómo es eso posible, aun admitiendo que el esclavo lo es fundamentalmente a causa de su participación en la propia esclavitud? ¿Qué carajo es, pues, la libertad? ¿Hacer lo que uno quiere? ¿Lo que le da la gana? ¿O vivir conforme a nuestro propósito? Ay, demasiada tela para un miércoles cualquiera, ¿no? Seguro que Váitovek sale al quite con algún apunte certero.