Septiembre

Septiembre, el más lunes de todos los meses, quizá sólo en competencia con ciertos eneros. Luz que declina, tarde acortada, fresco que no encuentra uno cómo agradecer de manera suficiente.

En septiembre despierta el soñador de sus delirios agosteños. Creía el pobre hombre seguir al amparo de la sombrilla tropical, a tiro de piedra del chiringuito, pero cuando abre los ojos se ve a punto de cruzar el paso de cebra, o en la entrada del vagón del metro, atestado de gente tan desesperada como él, o ante la embestida de las facturas de la vuelta al cole. Y comprende que todo fue en vano, que la esperanza veraniega sólo fue un modo de mantenerlo en la inacción, a la espera de regresar a la rueda laboral, que siempre permaneció ahí, paciente, convencida de su retorno.

Renacen las puertas de los colegios como nidos en los que las alegres golondrinas infantiles pían de nuevo. Las cartas de los romances estivales van resistiendo los días, procurando vivir de la inercia que se trae. Pronto descubrirán cuán rápido se enfrían los platos recién salidos del horno, esos que hace bien poco amenazaban con abrasarte.

La manga larga otorga placidez, lo mismo que la multiplicación de los bolsillos de las chaquetas, que por fin permiten distribuir llaves, mecheros, tabacos, carteras, libretas, bolígrafos, el teléfono… ¿De verdad hace falta tanto para salir al bar de la esquina? Cada incursión en la calle de septiembre es un simulacro de viaje, porque es en verdad un retorno: uno sale para regresar, para reencontrarse con el propio felpudo, que nos brinda una bienvenida silenciosa, entre la ironía y la conmiseración.

Septiembre, para los poetas, es un filón del que se obtienen ecos de los finales de ciclo, y se escribe con tinta ocre, con el ocre de las hojas marchitadas, que parecen al caer un bisonte prehistórico desprendido de la pintura rupestre. «No puedo dejar que me mate cada hoja del otoño», dice el verso, dándose ánimos el poema para resistir.

Septiembre es resistencia, eso es. Es resignación. Reasignación. Se ordenan las estancias interiores, los sentimientos, los planes, las fuerzas. Se reorganizan los ejércitos de ilusiones para afrontar una temporada más, aunque luego conduzca a los mismos afanes. Hay que apuntarse a todo en septiembre, pensaba uno de joven: a clases de guitarra, de inglés, de mecanografía, a boxeo, a yoga… Para inmediatamente dejar de ir a las clases y sentir, a través de la deserción, el alivio del tiempo libre, la tarde lenta de septiembre, el vagar sin rumbo.

Y comprender que no existió el verano, que la vida eterna es el mismo presente y que no hay amor, miedo o deseo que no sea posible en cualquier momento. Quienes viven bien, viven bien en cualquier mes, sobre todo en septiembre, cuando los demás han de deponer sus felicidades y volcarse en los coleccionables, las charlas con el resto de padres del colegio y la quiniela.

Septiembre es una parra henchida. Una novia intentando olvidar a sus otros novios. Un calor por San Miguel, último reducto de los días veraniegos presentando batalla a sabiendas de que la tienen perdida. Es el olor a los libros nuevos del curso, libretas en blanco, lápices afilados, gomas que prometen borrar todos los errores del pasado. Septiembre es un perdón que te permite comenzar de nuevo, es deshacerse de los equipajes que nos lastraban. Es dormirse tapado, soñando sensateces. Es el beso del hijo del calendario, que por fin regresó.


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