La contemplación del mundo que nos ha tocado mueve a una mezcla de sentimientos que, a ratos, amenaza con desbordar la cubierta y hacer que zozobre la frágil embarcación sobre la que transitamos este valle del crimen. Más allá de las cuestiones geoestratégicas mediante las cuales van reparcelando el cortijo quienes ejercen de dueños de todo esto, un simple paseo por el barrio despierta el deseo de, una de dos: o no salir de casa o echarse a los campos sin camino de retorno.
Cuando pensabas que el latrocinio por parte de los políticos a sueldo de los poderosos no puede ser mayor, inventan nuevas formas de robo. Algunas de ellas contribuyen, además, a poner en peligro la integridad y la vida misma del expoliado, como es el caso de la denominada baliza V16 o como carajo hayan llamado a ese nuevo artefacto cuyo único fin, evidentemente, es el de asestar otro sablazo al bolsillo del ciudadano esclavizado. No sabemos aún cuánto tardará en destaparse las tramas de nepotismo, amiguismo y enchufismo con las que estén sustanciando tal operación. Y pensar que el término chiringuito, acuñado por César González Ruano, ha terminado perteneciendo al género de la picaresca…
Mientras tanto, firman los cielos con sus estelas intentando escribir la palabra muerte, rapiñan lo que va quedando en las cuentas particulares, se burlan de los apaleados a través de sus medios de propaganda y, en el colmo de la pirueta, desde la UE destrozan la ganadería y la agricultura, sin que, llamativamente, las farolas amanezcan adornadas.
Superado hace mucho el estado de incredulidad, el sentimiento siguiente puede ser el de enfado, el de la angustia o hasta el de desesperación. Sin embargo, como digo, basta un paseo por la calle, una visita al bar de la esquina, al supermercado o a la propia acera para escuchar algunas de las opiniones inoculadas en parte del personal y, para qué engañarnos, lo que predomina no es el cabreo, el miedo o el hartazgo, sino la sensación de ridículo.
Es ridículo tener que vivir aquí, no ya por el paisaje, sino a causa de la respuesta de una porción del paisanaje vecinal. Abundan los aplaudidores de los verdugos, los colaboradores en la tarea de su propio exterminio, los votantes de la nada. La única pregunta que puede quedar en pie es por qué nos ha tocado habitar este corral dejado de la mano de Dios, cuando la convivencia entre esclavos y gente que echa de menos la libertad se va revelando como imposible.
Ridículo, un ridículo espantoso es el que queda cuando el sol deshace la niebla a media mañana y se ve con suficiencia. Nunca estuvo tan claro que las instituciones son artefactos creados contra la gente. Nunca Ulises tuvo tantas razones para proseguir enredado en su retorno, postergando el regreso a Ítaca, donde no esperan Penélope y Telémaco, sino el de Hacienda agitando un documento en el que se detalla un nuevo impuesto sobre el tiempo que pasó navegando. Jamás, que yo recuerde, han actuado tan faltos de máscaras, mostrando la vil faz de la miseria moral.
El otro día hice un comentario acerca del significativo silencio de los medios de comunicación oficiales respecto a la realidad. Ya sabéis que en esta columna se parte de la premisa de que los medios no están comprados por el poder, sino que pertenecen a él: son un instrumento, un brazo más de sus insfraestructuras. No es necesario comprar lo que ya se posee, lo que es de uno.
Pero ese silencio culpable, ese no querer ver lo que ya sólo no perciben el telecreyente o el abducido ideológicamente, tiene algo positivo. Y es que sobre él, sobre una partitura de silencio y ceguera, se escucha a la perfección la carcajada de los hados. Es la risa profunda que les provoca esta sinrazón, este ridículo. Sobramos los cronistas, muchachos. Llegamos tarde a la fiesta. Sólo cabe que vuelvan, para escribir el epitafio de esta civilización, de esta barbarie, Ionesco, Tip, Chiquito de la Calzada.