Me llama Paco, desorientado ante lo que está pasando en Irán, porque mira hacia un lado y otro y no sabe por dónde meterle mano al asunto. ¿Qué está pasando? ¿Quiénes son los buenos? ¿Hay buenos? ¿Qué consecuencias va a tener esto? ¿Cuánto va a durar?
Pues depende, Paco, depende. Depende de las gafas que tengas puestas. Recuerda la teoría de la cebolla: la realidad consta de capas superpuestas y, conforme te adentras hacia el corazón de todos esos estratos, te acercas más al hecho en sí. Aunque nunca tendrás la certeza de que no exista una nueva madriguera del conejo bajo tus pies…
En un primer nivel, si nos quedamos con la superficialidad de lo que el discurso oficial nos está ofreciendo a través de sus medios de propaganda, lo que está pasando en Irán es que Occidente defiende la libertad. Por Occidente, entiéndase el Imperio estadounidense, heredero del inglés, y aquí hay que incluir a Israel, nacido como Estado a raíz de la teórica descolonización inglesa, origen de muchos de los actuales conflictos dado el delirante modo en que ésta se llevó a cabo. Esta capa es la que sobra de la cebolla, la capa marrón, la que se quita antes de empezar a meter el cuchillo. Es evidente que la propaganda sistémica de guerra nos vende lo de Irán del mismo modo que nos vendió las armas de destrucción masiva de Irak o el hundimiento del Maine.
En el paso siguiente, muchos denuncian que los intereses estadounidenses en la zona no existen, y que toda la política exterior USA se halla controlada por grupos de presión sionistas que, de este modo, estarían dirigiendo a Washington como José Luis Moreno le mete la mano por la nuca a Monchito. Vamos, que Rockefeller obedece a Netanyahu. Ésta es la línea que sigue el trabajo de John Mearsheimer y Stephen Walt, titulado El lobby israelí y la política exterior estadounidense.
Más allá, tenemos las incesantes entrevistas del politólogo noruego Glenn Diesen, cuyo elenco está poblado por especialistas de muy alto nivel, con militares, analistas y gentes de la denominada inteligencia: Gilbert Doctorow, Lawrence Wilkerson, Douglas Macgregor o Alastair Crooke, entre muchos otros. Ellos no sólo asumen la citada tutela israelí sobre las decisiones estadounidenses, sino que hablan abiertamente del viraje de Trump, que se habría dejado llevar, abandonando a sus bases electorales, dando la espalda al movimiento MAGA, y que por eso mismo estaría a punto de pagar caras las consecuencias.
Sigamos hasta el siguiente paso, donde se encuentra el historiador y experto en geopolítica Jiang Xuequin, chino nacionalizado canadiense, que trabaja sobre las bases de la teoría de juegos, y que vaticina tres intereses contrapuestos: el de Israel, que pretendería que Irán y EE.UU. se destrozasen entre sí para quedar como potencia hegemónica en la zona; el de Irán, persiguiendo la expulsión definitiva de los estadounidenses de su entorno; y el del propio Trump, que estaría forzando las circunstancias para alterar las reglas y acceder a un tercer mandato.
Podemos detenernos en múltiples consideraciones en cada una de estas capas. Podemos comprender que las causas y los efectos actúan de modo inverso, de modo que no es que nos suban los precios y nos empobrezcan porque haya guerra, sino que crean una guerra para subirnos aún más los precios y empobrecernos. Podemos detenernos en el papel que en todo este asunto cumplen o van a cumplir China, Rusia o India. O en el enésimo ridículo de la UE, títere de los EEUU, según muchos de estos comentaristas.
Y podemos llegar más allá de todas estas sesudas digestiones de la variable y tormentosa realidad, simplificando el tema y regresando a uno de los lemas que inspiran esta columna: el mundo está gobernado por la maldad, por la maldad suprema, que ejerce su acción aprovechando la imbecilidad colectiva. Es decir: el mundo está gobernado por criminales, a sueldo del mal más esencial. Citamos siempre el texto evangélico, el pasaje en el que Satán sube a Cristo a un monte y le ofrece todos los gobiernos del orbe si se postra ante él. ¿Acaso podría ofrecer el demonio algo que no le perteneciera? Esta alegoría, si es que es tal, condensaría lo que está ocurriendo.
Se suele citar el principio de Hanlon, que aconseja no atribuir a la maldad lo que tan sólo se debe a la estupidez. A mí eso me parece sensato, pero no debemos olvidar su opuesto, que nos advertiría de otra posibilidad inquietante: la de errar considerando a la imbecilidad como causa, cuando sólo existe pura maldad. Ambas lecturas se retroalimentan.
O sea, Paco: que estamos jodidos, como siempre, te pongas las gafas que te pongas. Y que el mundo ha cambiado para no volver a ser el que era. Pero no el mundo que los amos de la granja definieron tras la Segunda Guerra Mundial, sino desde mucho antes. ¿Desde la Revolución francesa? Antes, antes. Siglos, milenios antes, quizá. Vamos, que lo van a intentar cambiar todo para que todo siga igual. Igual de bien para ellos, claro. Para nosotros, igual de mal. O peor. Ya veremos. Teoría de la cebolla. En farsi, piyāz. Y al pelar la cebolla recordemos que se suelen saltar las lágrimas, claro está.