Pesadillas

Dicen que los sueños se recuerdan durante los primeros minutos de la vigilia y que después, en cosa de un rato, se desvanecen irrecuperables. Aconsejan a quienes deseen no entregar al olvido tales ensoñaciones que las apunten para preservarlas de esa extraña evaporación que sucede a la vuelta de los misterios de la noche.

Ése es el cometido de esta columna, el de recordar lo que acabo de soñar, una sucesión de imágenes que a priori parecen incoherentes pero que, unidas, quizá signifiquen algo. Yo no sé nada sobre la interpretación de los sueños, ni siquiera si eso es posible: a mí lo de las vacas y las espigas de José con el faraón se me habría pasado por alto. No sabría interpretar ni una cabezada de sofá después de comer. Pero a ver si algún lector colabora y ofrece una lectura de estos espejismos nocturnos que he transitado.

Voy escribiendo a vuelapluma, a grandes trazos, para que al menos pueda bosquejar lo que recuerdo… antes de que deje de recordarlo. Se ha tratado de una concatenación de pesadillas. Me parece que lo primero que me viene a la cabeza es un grupo de gente que llegaba para decirnos que nos pusiésemos un trapo en la cara ante el miedo de un mal invisible que se propagaba desde las pantallas de la televisión. Ellos no se lo ponían. Era sólo para nosotros.

A continuación, estábamos en una fila. Los que llegaban a los primeros puestos ponían el brazo y se iban dejando envenenar, no sé con qué ponzoñas, pero un señor muy amable iba preguntando antes si preferías ser incinerado o enterrado en una fosa común.

Qué locos son los sueños, que se transforman unos en otros sin control y sin aparente criterio. Qué nave sin timón parecen. Luego llegó una guerra en Ucrania, y las cosas empezaron a encarecerse muchísimo. Un vejete ataviado con un traje de barras y estrellas hizo desaparecer de un chasquido los gasoductos que unían a Europa con el este y ésta se vio obligada a consumir energía cuatro o cinco veces más cara, pero los dirigentes europeos aplaudían el suicidio colectivo de su propio continente mientras que, en la calle, cuanto ocurría, desde esta carestía prediseñada de la vida hasta un charco en mitad de la calle, era culpa de Putin.

Mientras Europa se deshacía, en mi sueño los políticos aprovechaban para robar ya sin miramiento alguno. Ordeñaban a los ciudadanos, obteniendo fajos de billetes impresos con rostros burlones de payasos que exhibían su lengua. Proliferaban las muertes, los accidentes, los apagones generales, y con lo que sustraían en impuestos sufragaban el exterminio de la propia gente, de diversas formas: desde una inmigración de diseño, traída a propósito por bandas mafiosas –con el Estado a la cabeza– hasta una Sanidad deshecha en la que los héroes de marzo de 2020 fueron ninguneados y sustituidos por sus queridos protocolos. Nadie aplaudía ya a las ocho en los balcones, qué raro.

Y no sé cómo, la pesadilla mutó a una situación en la que Israel y EEUU incendiaban la zona occidental de Asia, con Irán como supuesto objetivo. En mi visión onírica, las razones argüidas para entrar en conflicto resultaban ridículas, cambiantes o no existían, pero con muertos reales, sin que a los de arriba les importase, como siempre. Un señor de pelo naranja obedecía las órdenes recibidas, echando más y más leños a una hoguera de colores. Sentí frío, recuerdo, en medio de las llamas. A resultas, se empezó a intuir que el objetivo final de la guerra era someter aún más al ganado: nosotros. Qué escalofrío, sólo había fingimiento, teatrillo, una farsa para que creyésemos en izquierdas, derechas, bloques de aliados, países, fronteras, ideologías, líderes… Pero ellos cenaban juntos y brindaban riéndose de la gente esclavizada, torturada o asesinada. Cantaban himnos. Sobre las mesas reposaba el libro de un escritor que había reflejado el panorama hacía décadas sin que nadie se diese cuenta de que describía la realidad de la granja.

Afortunadamente, he despertado, he puesto la tele, he visto un informativo y he suspirado, sabiendo que nada es como lo soñé y que el mundo está complicado pero que todo es por nuestro bien. Qué alivio, que la verdad sea mentira y la mentira resulte ser verdad. ¿O es al revés? ¿Estoy despierto o soñando que escribo?


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