Plácidamente llueve, mientras todos duermen y sólo los pájaros comparten el amanecer temprano. Tener la hora tan pillada conlleva ventajas como la de levantarse antes de que el mundo sea reinaugurado y, por tanto, contar con varias horas de ventaja sobre uno mismo. Antes de que al cuerpo le suban las ganas de caer en las múltiples trampas que ofrece el alma, como la de empatanarse con el pasado o anticiparse al futuro, el día brinda el presente inmediato. Antes de que nos dé por enredarnos con aspiraciones de felicidad, ocurre la paz. La paz, la tranquilidad, el sosiego de no necesitar nada, un traje mucho más a medida que las engañosas galas felices. Conozco pocas causas tan claras de infelicidad como el ansia de ser feliz. No hay que ser feliz, no hay que pretenderlo, sólo hay que permanecer tranquilo, someterse a la rutina que uno se ha impuesto –en mi caso, literaria– y dejar que el hábito saque al monje que va por dentro.
Sospecho que relacionado con este tema está el del silencio. Acabo de terminar una novela y, por primera vez, he escrito sin acompañarme de música. Nada de jazz, flamenco, country, clásica o blues, que es lo que me he solido poner siempre para buscar un ritmo al que se amoldaran mis manos sobre el teclado. Buscaba yo así una cadencia que se traspasase a la prosa, una evocación sonora que inspirara la métrica del fraseo. Esta vez, no: la banda sonora ha sido la del silencio, y ese vacío, ese aceptar cierto horror vacui, lejos de conducirme a una escritura sorda y arrítmica ha producido un efecto muy distinto e inesperado, que ha sido el de conectar con una prosa lenta y muy paciente. No fui consciente de que estaba escribiendo en silencio hasta casi mediada la historia, en torno al capítulo quince o dieciséis. Decidí continuar de ese modo, claro está. Ya había percibido la paciencia con la que estaba llevando a cabo la labor, después de tantas décadas y tantos títulos trabajados con una música que predisponía a seguirla. En principio, lo achaqué a la influencia de Murakami, del que el pasado verano me puse hasta las cejas. Pero no era el japonés, sino el silencio, quien me inspiraba una paz en la escritura que espero haber sabido trasladar al lector. Sospecho que ese modo callado de escribir lo que ha propiciado es una conexión con la música interior, la música callada, en contraposición a la soledad sonora de Juan Ramón Jiménez. Para el poeta onubense, la música es cálida, y a lo mejor estamos hablando de lo mismo, si entendemos el interior del que proviene tal silencio como una hoguera, como un fuego primigenio y fecundo. El silencio, el mundo en paz, conecta con una narración que brota desde las entrañas y que nutre al manantial que después tomará su curso hacia la palabra, el párrafo y la desembocadura del libro escrito.
Noche de paz, canta el villancico. Mi paz os dejo, dice Cristo. Y la paz es ese folio en blanco que sí nos permite garabatear nuestros versos diarios sin necesidad de dolernos por lo perdido o añorar lo que aún no ha llegado y puede que no llegue nunca. No sé si volveré a ponerme música para escribir. Al acabar la novela y comenzar la siguiente, he continuado escribiendo en silencio, sólo acompañado por trinos y lluvia. Y no sé cómo lo hará Murakami, que se levanta a escribir en mitad de la noche para que el amanecer le llegue con los folios hechos.
Pero escuchad esa nada, ese silencio, ese papel en blanco para el oído. Es un rumor, un eco vacío, un trozo de mármol que contiene cualquier futura estatua. La voz de dentro, la paz, saber que no hay que apresurarse, sino tan sólo ponerse a la tarea con la misma placidez con la que el mundo ha decidido llover sobre los olivos de ahí fuera, tan callados ellos, quién sabe si escribiendo sus propias historias. ¿Qué relatos de aceite estarán elaborando? ¿Qué hacer, sino callar, que es lo más adecuado después del trueno, después de la carne y después de escribir? Feliz Navidad; o sea: en paz.