Es el octavo mes disfrazado de décimo. Octubre me suele llegar cada año camino a Arnedo, en el oriente de La Rioja, a orillas del río Cidacos. La tarde de ayer la dediqué a ese trayecto, precisamente, siendo filtrado por el tráfico circular de Madrid, que se empantana sin ir a ningún sitio. Cuando logras pasar Guadalajara y te internas en la provincia de Soria, dejando a un lado las alturas de Medinaceli y al otro, Numancia, recorres las soledades sorianas con gusto, dejando que atardezca, en la hora de Belmonte, y te permites detenerte un segundo para contemplar la vastedad de ahí abajo, desde el mirador, con el Moncayo de fondo reclamando la atención de los poetas.
Qué hermosos pueblos cruzas camino a ese desfiladero del Cidacos que da paso a la tierra rojiza, cuyo tono, al parecer, es responsable del nombre de La Rioja. Aquí ya hay monte, río, huertas, gente recia, en un rincón del mundo que ha encontrado su acomodo entre Aragón, Castilla y Navarra.
Mucho es el esfuerzo que uno ha de hacer al volante para no parar en cada recodo. Nunca entiendes cómo es que no te escapas a lo largo del año para desprenderte del calendario y emplear el tiempo, el preciado tiempo, entre casas de piedra, parques infantiles deshabitados y el humo de las chimeneas. Baja la temperatura y octubre es un mes sensato, que invita a ocuparse de todo aquello de lo que nunca nos ocupamos. Supone el regreso de las corrientes laborales a sus cauces, se otea el horizonte del fin de la temporada taurina y se encienden durante la noche prematura los escaparates de las librerías, que invitan a Faulkner, a Umberto Eco, a Torrente Ballester.
Estos paisajes hay que sentirlos. Sentir la caída última del día, bajar de las cumbres satisfecho de intimidad, comprender que la aglomeración de la ciudad es algo provocado, perpetrado, para mantener reunido al rebaño. ¿Y de qué se vive aquí?, me preguntan. ¿Y de qué se vive ya en ningún lugar?, respondo.
Esparce el Cidacos sus secretos entre las paredes escarpadas, abriéndose paso hacia el Ebro como destino. Capital de hadas y duendes. Postales en directo. Magníficos fondos de pantalla sin pantalla. Limpieza electromagnética, sin cobertura ni voces molestas. Cidacos, padre del vino. Octubre, hermano mayor de septiembre. Otoño lozano que se emplea en obtener matices y tonalidades en las hojas que cumplen su ciclo.
La falta de cobertura me impide seguir escuchando el Radio con botas de Manolo Fernández que venía disfrutando, música americana, country, bluegrass, ecos de Django Reinhardt. Y ante ese silencio, impresionante y sensual, claudico y acepto una nueva parada en el vientre del desfiladero, casi a oscuras ya. La partitura la rellenan entonces las notas musicales del río camelando piedras y musgos.
Sigo adelante, llegaré de noche. Veo al pasar a estas gentes, en retirada nocturna, e imagino, como suelo, la existencia cotidiana que llevaría si viviera aquí. Y aún, antes de culminar el viaje, se abren las nubes y amanece una media luna creciente, una plaza de toros dividida entre luna y sombra, que parece tomar un jirón y trazar una verónica despaciosa y otoñal, como si los astros, sobre Arnedo, hubiesen aprendido a torear con el prodigioso pulso de Diego Urdiales. Y entonces, octubre.