Miércoles

Pues miércoles, el día de Mercurio, dies Mercurii. Sea. Aunque los que a mí realmente me conectan con las mejores sensaciones son los jueves, los sábados por la mañana y los lunes por la tarde, los miércoles también hay que vivirlos, qué le vamos a hacer.

Para quienes trabajan de lunes a viernes, el miércoles supone un puente en la semana laboral. Hay que imaginar a las masas atravesándolo y procurando no caer al abismo que se abre debajo, en plan Indiana Jones en lo del Templo maldito, ese plano que Spielberg extrajo, como tantos otros, del genial Buster Keaton. Quienes no tenemos un patrón de días fijos de descanso –y casi ni descanso– vemos de otra manera el miércoles, despojado de esa posición central de eje alrededor del que todo orbita.

Dicen que hoy es cuando más se intensifica el tráfico, porque quienes teletrabajan suelen hacerlo ejerciendo ese superpoder de trabajar a distancia pegándolo al fin de semana. O sea, que hoy llegan el barullo, las apreturas y el encontrarse a más gente en la máquina del café, y es entonces cuando hay que andarse con más cautela para hablar mal de otros, ante la escasez de ausentes. En la tertulia, César siempre se despide igual: «Señores, buenas noches. Me voy para que ustedes puedan criticarme con tranquilidad».

Miércoles, que es decir Mercurio, que es decir Hermes. Es el día de los pies alados, el de tocar la lira, el de los chismes, el de comerciar, el de cubrir todo el mapa rápidamente –o no tanto, en medio de los atascos, los trenes retrasados y todos esos agujeros en el asfalto–.

Para los nórdicos, hoy es el día de Odín, el padre de todos. De todos ellos, supongo. Aunque con esas cosas nunca se sabe. A mí me da la sensación de que un día dedicado a Mercurio en vez de a Odín va a ser una jornada más templada y primaveral, más propicia, como si nadie estuviese pretendiendo toquetear el clima emulando a esos dioses que han quedado para las etimologías que tanto nos distraen.

El día de San José. El del agua para los coreanos. Y el de las negociaciones, pese a que a Trump le tire más hablar en fin de semana, con los mercados cerrados y sus cortesanos salivando por ganar una fortuna más en cada susurro de información privilegiada. Bueno, también Mercurio, como deidad, se encuentra al amparo de los saqueos, así que nada que objetar.

Se aconseja dejar que hoy cante el gallo con potencia, ahuyentando todo mal presagio. Y quizá, por ese exceso de vigilia, el miércoles parece en principio un día muy serio, poco poético, demasiado despierto y apegado a la realidad, con dificultades para alzar el vuelo.

Pero es sólo apariencia. Porque, a fin de cuentas, es un día más, y por tanto también se encuentra necesitado de su ración de versos, de fantasía, de irrealidad, como si a las bibliotecas siguiese yendo gente dispuesta a enamorarse o como si el Atleti pudiese continuar creyendo, tocado este año por el favor de la Fortuna, reservada a quienes van a ser por fin felices.

En verdad, qué más da. Si viviésemos sin saber qué día es –a mí me pasa continuamente–, ¿distinguiríamos un miércoles de un domingo o de un viernes, tumbados sobre la cama y viendo cómo el sol se cuela por la ventana y ejerce de despertador natural?

Yo creo que le echamos mucho cuento a la cosa, nombrando a los días, dividiendo la existencia en jornadas, semanas, meses… Es una domesticación del tiempo, que a fin de cuentas sigue fluyendo salvaje y ajeno a nuestras contabilidades. Lo mejor que podemos hacer un miércoles, igual que cualquier otro día, es vivir, echarnos al mundo y esforzarnos por que todas las horas sean dignas de ser vividas.


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