Me gusta

Desde que las redes sociales han enmarañado nuestra vida, el botón de Me gusta se ha sumado a lista de las costumbres más arraigadas. Capítulo aparte merece el deseo de ciertas personas necesitadas de que les brinden likes. Parece haber ahí un ansia por la aprobación, como si se dependiese de que los demás mostrasen su conformidad con tus fotos, tus opiniones, con lo tuyo, en general. Y cuanta más cantidad de aprobación, mejor, supongo.

Pero me interesa hoy más la actitud de los que damos al Me gusta. A veces, yo lo utilizo en Twitter simplemente para señalarme que ya he leído ese mensaje. Otras, porque, en efecto, me gusta lo que veo, lo que leo, lo que el otro ha dicho. Es como un voto. Como si al darle a ese botón ya hubieses ejercido tu derecho a opinar para que se te tenga en cuenta. Ya sabéis que yo parto de la premisa de que en las denominadas elecciones el resultado que nos ofrecen nada tiene que ver con lo realmente votado. Entiendo que sí lo cuentan de verdad, más que nada por orientarse respecto a por dónde andan los ánimos del personal, aunque luego falseen los datos y se repartan los escaños, los sueldos públicos y los cargos a dedo, o conforme la orden que reciben de arriba, cualquiera sabe. Y ahí también hemos de entender que funciona el mismo mecanismo psicológico del Me gusta. Le has dado like o dislike al gobierno de turno, a la oposición, a los partidos más modestos… De acuerdo, se ha quedado usted tranquilo, vuelva dentro de cuatro años, que nosotros seguiremos a lo nuestro: robando y jodiéndole.

Pero no querría perderle el sentido último a esa expresión de agrado. Quiero darle hoy al Me gusta, al pulgar hacia arriba, a la expresión de pequeños gestos que me hacen la vida mejor y que, quizá, resulten compartidos por muchos amigos lectores. Me gusta la mañana de vuelta, cuando regreso desde cualquier lugar hacia casa. Sentir que las horas ya están contadas, que es momento de rehacer el petate para echar las cuatro cosas con las que uno viaja y ponerse en camino nuevamente. Siento cierta liberación.

Me gusta el primer atisbo de la mañana, cuando el cielo aún te hace dudar de si va a amanecer, de si ha comenzado la batalla de la luz por el oriente.

Me gusta saber dónde está el sur, me halle donde me halle, y mirar en dirección hacia los lugares queridos. Detrás de aquellas montañas comienzan los paisajes que me llevarían a la tabernita del barrio, al banco del parque, a ver a los de siempre.

Me gusta acabar la jornada rendido, sin fuerzas, agotadas todas las monedas de ese día, y ponerme a imaginar historias de dragones invadiendo lo cotidiano que se transforman en un sueño auténtico enseguida, sin que yo me dé cuenta, ingresando en la noche como el que entra en un cine para ver una película.

Me gusta la paz del que sabe disfrutar de un rato libre, sin remordimientos, sin prisas, sin sentirse acuciado por la necesidad de producir también en el ocio. Considero que es importante saber no hacer nada, una de las actividades que te predisponen más para el equilibrio y para la fertilidad posterior.

Me gusta la media hora que hay después de haber terminado la columna, porque da la sensación de haber concluido un placer que es un deber y un deber, yo lo tomo así, que resulta muy placentero.

Me gusta cuando el verano declina, normalmente eso me pilla en Salamanca, en septiembre, y comprendo que hemos sobrevivido un año más a los calores de siempre, al temido verano, que fue ideado para niños y adolescentes.

Me gusta leer en el tren. Y estar recién parido de la ducha, porque parece que uno ha vuelto a nacer para el mundo.

Y me gusta el beso del punto final, que siempre es en la boca, de tornillo, como los besos de antes, cuando nadie estaba pendiente de acumular likes. Me gusta.


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