Marzo

Llueve en marzo. Como siempre. O sea, que llueve marzo. Se nos precipitan encima los calendarios, con sus viejas repeticiones, algunas de ellas tan antiguas y poco conocidas que parecen acontecimientos nuevos. Pero mira uno a través de los cristales y todo lo que ve se asemeja a lo de antes. Esa gente de debajo de los paraguas sigue yendo al mismo lugar: ninguno. Algunos huyen hacia adelante, hacia el bar de la esquina, a ver si deja de llover, o quizá esperanzados en que siga lloviendo para no tener que llegar a casa, para contar con una excusa, con una coartada.

– Llovía. Por eso tardé.

– ¿Diez años?

Marzo llueve, nos está lloviendo un mes, el tercero, como un tiempo deshecho gota a gota. Si no hubiera que sacar al perro, qué difícil sería despegarse de la bata, del sillón de lectura, de la luz de la lámpara sobre las páginas de Umbral, de Matheson, de Delibes. La cálida luz de la biblioteca es también, a su modo, una lluvia, una lluvia de fotones o de vibraciones electromágnéticas o de lo que sea la luz, que ahí siguen dándole vueltas a ese asunto.

Nos llueve marzo. Dice Caballero Bonald en la canción de Sabina que los días pasan como hojas de libros sin leer. Y lo que nos va a salvar el día, este día marceño y pluvioso, son los charcos de palabras sobre las páginas.

Se precipita el agua como una bendición tranquila, acaso su único modo, y sobre los estanques se esbozan frases esperanzadas en acabar conformando un final de verso. Si escuchas, si aguzas el oído y lo dejas a su aire, resonará dentro de ti la voz de la primavera que viene, una voz que aún no se atreve a alzar la voz, el susurro de las cosas que renacen, una rima inconclusa.

Están siendo llamados los insectos a filas. Se están reorganizando las tierras húmedas y llenas de propósitos. Las rotaciones surten efecto y enviamos los fríos hacia nuestros amigos más lejanos en el planeta, como si la Tierra fuese un juguete y los dioses del tiempo se entretuviesen con él haciéndolo oscilar.

Llueve marzo, despabilando a las yemas que tendrán que florecer. Marcea la lluvia, intensificando los olores para que los enamorados se dejen engañar otra vez por el amor y para que las lunas iluminen las noches de saeta y procesión.

El narrador es convocado a las calles, donde de nuevo va a ocurrir todo como en un escenario donde caben los géneros más dispares. Hay que desperezarse, hay que marcharse del invierno para poder ir gestando la añoranza del mismo. Hay que rebrotar y volver a reconocerse en las miradas de los demás. Hay que quitarle el precinto a la primavera, que todavía no ha nacido pero ya gimotea alegre.

Lo que quiero decir, en fin, es que es buen día, tranquilo, de cielos grises y preñados de renaceres inminentes. No se me ocurre mejor momento para empezar a escribir una nueva novela. Que quizá no es nueva, sino la de siempre. Como la rueda de los meses, que no se detiene para poder regresar a su sitio inicial. Porque ya se percató Borges de que la lluvia siempre sucede en el pasado. Y el pasado es hoy también. Y llueve. Y marzo. Y como siempre.


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