Te amo. Aquí podría acabar la columna. Nada más. Pero perseveraré, por no alardear de escueto y por dar razones que sustenten la abrupta declaración inicial.
Es muy posible que constituyas la pasión más añeja que mantengo, la que más tiempo me ha acompañado. Porque no recuerdo aprender a leer, cosas de la precocidad, pero estoy seguro de que cuando me expuse a las primeras letras ya te tenía a ti a mi lado. Tú, amantísimo jamón, manjar entre todos los manjares, modelaste el paladar del niño que fui, y tu salada presencia dotó de sentido a las meriendas, a aquellos bocadillos, a las iniciaciones en el mundo.
Y, hasta hoy, ni tú ni yo nos hemos traicionado o puesto en duda. De cuantos arrebatos uno ha ido padeciendo, el tuyo es el más fiel, el más leal, el más seguro de todos. Pueden caer todas las certezas, todas las leyes que organizan la existencia, que sé que tú no, y que mi deseo hacia ti no conocerá fin.
Cortar jamón es lo máximo a lo que puede aspirar un hombre decente. Quitarte la corteza, desnudarte, admirar la planicie de tu corte, sentir cómo te entregas loncha a loncha en un estriptis porcino, con elegante finura, con la sensualidad de tu grasa, con tu tocino saludable y henchido de vida. Y tu carne, envoltura de un hondo sabor que va subiendo como una marea inevitable dentro de la boca. Posees, querido jamón, un sabor último, recóndito, postrero, que sólo se revela cuando, sin prisas, con una parsimonia que sólo practicamos los muy virtuosos o los muy viciosos –quizá seamos lo mismo– se te deja entre la lengua y el paladar, en un ejercicio de paciencia y sabiduría que tú bien sabes recompensar.
Escribo mientras te pienso y ya te siento. Sabes que, en cuanto acabe de escribirte, iré a buscarte. Jamón, prodigio de la curación, milagro de la sal y el tiempo. Las jamonerías huelen a opulencia y felicidad. Los jamones colgados dan más lustre que todos los Picassos, Dalís y Mirós habidos y por haber. Benditas sean las tierras donde pastan los gorrinos, los cerdos, los marranos, los puercos, los cochinos, los guarros. Benditos sean Jabugo y Guijuelo y la dehesa extremeña, Trevélez y Los Pedroches. Pero cómo no vivimos peregrinando desde una punta a otra, en pos de ti, jamón, sabroso jamón, poderosa vianda, amor mío. Prometeo pagó el desliz de mostrarnos a los mortales el secreto del fuego. Pero, ¿y si no fue así? ¿Y si el fuego constituyó el pago con el que los dioses nos recompensaron por dejarles acceder a ti? ¡Qué néctar ni qué ambrosía! ¡Jamón! ¿Dónde están, en cada localidad, en cada ciudad, en cada plaza, las estatuas dedicadas al que tuvo la ocurrencia de crearte? ¿Cómo es que abundan las estatuas a asesinos, cretinos y ladrones y tu creador, uno de los tipos más importantes de la historia, fue olvidado?
Jamón, qué bien suenas en español, con tu jota inicial que señala hacia lo corporal, una jota rotunda, con tu tilde en la o, con tus dos nasales, con esa eme que se prolonga en genial onomatopeya, identificando el gemido que produce el placer de probarte.
Jamona, se piropea a una mujer cuando ésta se cimbrea y rompe moldes. ¡Y un jamón!, se grita para la negativa, pues no se está dispuesto a entregarte jamás. No existe mayor dádiva que un jamón, un buen jamón, pringoso, aceitoso, oloroso, sensual. No nos faltes, por Dios bendito. No nos dejes nunca.
Jamón, rico en matices, hermano del aceite de oliva y de los panes de pueblo, bandera civilizatoria, sentido profundo de la gastronomía, sabes que siempre he soñado contigo. Cómo es posible que haya tardado tanto en escribirte… Quizá te he dado por supuesto, como tú a mí. Como los grandes amantes, que no se preguntan, que no se cuestionan, que simplemente se dan el uno al otro. Ven, jamón, ven a mí. Aquí me tienes. Tuyo es mi paladar, tuyos todos mis anhelos.