Leguineche

Qué difícil es recibir un regalo como el que Berlanga y Azcona tuvieron en sus manos cuando les llegó el marqués de Leguineche. Para que las musas te hagan merecedor de semejante personaje, de ese caramelo, supongo que primero has de haberles demostrado que sabrás estar a la altura de lo que exige tal creación. Imagino a Azcona, que tanto se trabajaba la calle, dando vueltas por la Castellana con el marqués en su cabeza, para luego irse a su casa a escribir. Lo hacía en el salón, protegido por un biombo, y pedía a su familia que no armase demasiado jaleo, que estaba trabajando. A mí eso nunca me dejará de asombrar. Pero Azcona era un genio, el guionista por excelencia, el maestro de todos, y ni la tele ni los sonidos domésticos lo distraían de su buen hacer.

Claro que el más difícil todavía estaba en escoger al actor que encarnase al monumental personaje. Y la elección fue tan acertada que ahora no es posible imaginar a otro que no sea Luis Escobar, un gigante, otro ejemplo de genialidad. Qué parodia de sí mismo, puesto que era marqués de las Marismas, un aristócrata forjado en el periodismo, la escritura y la escena. Qué presentación de personaje, entre huevos de las gallinas, alzado sobre un andador del que después se desharía, porque Leguineche va rejuveneciendo y retomando una inesperada lozanía a lo largo de la saga. De hecho, el punto y final en la última película lo constituye un marqués a la carrera que contrasta con su torpeza de movimientos inicial. El marqués de Leguineche, conforme avanza la trilogía, se aligera de la rigidez de ese Antiguo Régimen del que surge, una aristocracia rancia y apegada al terreno, para sumarse al nuevo orden de cosas, un mundo de políticos ladrones –sobra el adjetivo–, banqueros, trapisondistas y especuladores.

Berlanga y Azcona dibujan la transformación de la sociedad española entre las décadas de los setenta y los ochenta: el paso del tardofranquismo a una supuesta democracia que sólo se sustentaba por pilares de corrupción y latrocinio. Eso costó verlo varias décadas, pero Azcona lo comprendió antes que nadie, como genio que era, y José Luis López Vázquez –heredero del marquesado de Leguineche– intentando dar un pelotazo con el Mundial 82 es el reflejo de esas arenas movedizas de falsedad en las que el país se iría adentrando bajo el artificio de una libertad que no era otra que la libertad de los amos del cortijo para desmantelar el país y dejarlo en la ruina.

El humor no es un objetivo en La escopeta nacional y sus dos secuelas, sino un lenguaje. El impresionante elenco que da vida a ese ejército de menesterosos con ínfulas hereda lo mejor del mejor Valle Inclán, en una Corte de los Milagros de la Transición en la que el más tonto hace relojes de madera. Cómo está Ferrándiz de ministro de Franco. Cómo está Mary Santpere encarnando a la esposa del marqués. De López Vázquez, qué decir, un obseso sexual que se va injertando pelo a lo largo de la saga. Luis Ciges como hombre de confianza, lacayo, pícaro en nómina. Agustín González, cura reaccionario que no desentonaría en la Guerra Carlista.

Pero, al frente de todos ellos, posando en batín y con los mastines a sus pies, Escobar, Leguineche, proyectando rehacer su colección de vellos púbicos femeninos y espetándole a su hijo, Luis José, que no le cedería ningún título antes de tiempo, antes de morir: «Ni marquesado, ni baronía de Valencia ni pollas en vinagre». Qué regalo. Qué habrá que hacer para merecer algo así.


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