Viendo arbolitos pasar, a lo Machado, asisto al modo que tiene el asombroso noroeste de Zamora de convertirse en verdor gallego. En una de esas mesas de cuatro, de nuevo con retraso. Como siempre. Es bueno no perder las costumbres.
Me quito las gafas para leer a Pino Aprile y su ensayo sobre la imbecilidad. Tomo notas. No miro la hora. Para qué. Y en un descanso que hago tras unos cuantos capítulos, cruzando la provincia de Orense, me calzo los gaforios de nuevo y miro por la ventana, mientras la tarde remolonea y el mundo ahí fuera invita a perderse por una de esas veredas que prometen no conducir a ningún sitio malo. Y luego miro a la gente del tren.
Unos duermen. Otros miran el móvil. Algunos charlan entre ellos. Salvo un par de excepciones efímeras, no hay maleducados que consideren que su conversación telefónica resulta interesante y que ha de ser sufrida por todo el vagón.
Pero hay otro tipo de viajeros: los lectores. Los cuento; al menos, a los que tengo cerca. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… No me voy a contar a mí. Y curioseo discretamente qué van leyendo y los observo a ellos. Y entonces me doy cuenta de algo llamativo: los lectores se parecen a sus libros. Un matrimonio mayor que dejó atrás los setenta, en silencio, cada uno de ellos con su lectura. Ella debió de ser guapa, y de hecho algo le queda de aquel tesoro de antaño. Va bien vestida y lee Madame Bovary. Reluce en esa señora cierta luz, como en la elegante prosa de Flaubert. Él, con ropa deportiva pero decente, perilla cuidada y ojos azules, se entretiene alternando entre un libro sobre El Grecoy una revista de historia en cuya portada campea Alejandro en pos del oriente. Parece el señor habitar su propia Babilonia, con su hermosa mujer al lado, habiendo conquistado ya todo el mundo conocido, a la espera de acudir al entierro del señor de Orgaz.
Junto a ellos, completando una fila de tres asientos, una joven a la que calculo veintipico sostiene una novela de título largo y cuya autora no conozco ni retengo, sólo recuerdo que era el nombre de una mujer. Moño alto, sin tatuajes visibles, con mentón pronunciado como los Austrias y gesto amable, tal y como la portada colorida y optimista del libro que la ocupa. Sería una novia estupenda, se me ocurre, para un chico de su edad que quisiese pasar un verano memorable, sin necesidad de ahorrar.
Detrás, un joven fibroso se afana sobre el primero de los tres tomos de Mates esenciales, del ajedrecista John Nunn. Tiene pinta de ejercitar su cuerpo para equilibrar el desgaste de tanto trajín de peones y damas. Va de blanco y negro, como las piezas y el tablero. Al rato, se cansa de dar jaques y saca un libro de Pérez Reverte que yo no he leído: El italiano.
Más allá, una mujer que da la sensación de ir para monja, o acaso de serlo, no separa la vista de unas páginas que pasa pulcramente, como se hace con las cuentas de un rosario.
Dicen que los perros y sus dueños se acaban pareciendo. Quizá también los lectores y sus libros. ¿Y si nos vamos metamorfoseando en el libro que leemos? ¿Y si, como camaleones, nos mimetizamos con las lecturas? Si eso fuese así, no sé qué pensar de mí, mientras me quito las gafas y regreso al Nuevo elogio del imbécil de Aprile. Sí, sí sé qué pensar…
Y entonces llega el tren a su destino, abandonamos nuestras respectivas lecturas y regresamos a la simulación de que hacemos cosas interesantes. Claro que, en realidad, nos ponemos a esperar a que salga el próximo tren para seguir leyendo.