Según el Marqués, la profesión de cada uno es elegida en función de lo que proporciona placer. No se fía de los entrenadores deportivos de menores, como tampoco de los sepultureros o de los médicos. Y opina que en los periodistas habita un espíritu de portera de edificio: vamos, que somos unos cotillas. Él se refiere a los denominados periodistas de corazón. Le aclaré que los que no nos dedicamos a eso quizá seamos aún peores.
Cito esta pintoresca teoría del Marqués para hablar de la vocación. No sé por qué durante las últimas semanas me ha venido mucho esta cuestión a la mente. ¿Qué es la vocación? ¿Tengo yo vocación? ¿Vocación de qué?
Medio en serio, medio en broma, dice siempre el maestro José Luis Palomar que él se metió a torero para no tener que madrugar. No es ninguna tontería: se puede desarrollar una vocación por el mero deseo de evitar aquello que nos desagrada.
¿Tengo yo vocación de periodista?, me cuestiono. Veo el panorama, en lo que ha quedado convertida la profesión, y evidentemente no me identifico ni con el nombre. De hecho, ya sabéis que opino que el periodismo no existe. Ha quedado reducido a ejercer de correa de transmisión de los valores, los miedos y las mentiras del poder. La duda que me ronda es si esto ha sido siempre así o si alguna vez hubo periodismo real; si alguna vez, en fin, se respetó la verdad.
Pero esto son grandes palabras. La verdad. La libertad de prensa. El compromiso con el lector. Bla, bla, bla… Mi temprana vocación por el periodismo no surge de ahí, y tiene que ver más con un planteamiento que se parece mucho al del maestro Palomar.
De entrada, mi vocación literaria se encuentra muy por encima de la periodística. Llego a considerar la segunda como un apartado de la primera. Pero eso no me responde a la pregunta. Sé sincero, Manuel, ¿para qué quisiste ser periodista? Y la respuesta es muy simple: para no estar metido en una habitación. Para estar en la calle. Para no sentirme encerrado en una jaula. Sin más. Claro, todo esto parte de la creencia de que ser periodista consistiría en andar todo el día de un lado a otro, fuera de la redacción, donde uno sólo volvería para rematar cuatro textos, desordenar el escritorio y volver a largarse. El chiquillo que pensaba esto no podía saber que ser periodista ya no era así, sino que se asemejaba a enclaustrarse en una redacción, secuestrado del mundo y obligado a ver siempre las mismas caras tristes de unos tipos que desconfían de ti tanto como tú de ellos. Yo quise ser periodista, mientras miraba a través de las ventanas del colegio, para que de mayor nadie me obligara a seguir metido en una caja. Aula y jaula siempre se parecieron sospechosamente.
Mi gran desencanto respecto al periodismo no se produjo al comprobar que los medios se limitan a repetir lo que el poder exige –ya que los medios no han sido comprados por el poder, sino que le pertenecen–. Mi desencanto hondo vino cuando me topé con que había más redacción que calle, más ordenador que charla con las personas, más cárcel que mundo.
Los años pasaron, y se sucedieron tumbos, programas, equipos, madrugones… Nunca me vi obligado a deponer la dignidad. He tenido la enorme suerte de poder salvaguardarla del estercolero. Nunca me debatí entre mentir o comer. De entre la peor gente que he conocido, la de los medios. Pero es lógico, ya que las redacciones periodísticas son lugares viciados, donde ventila poco y las miserias y los egos sacan lo peor del personal. Quizá haya por ahí algunos pensando algo parecido de mí. Quizá con justicia. Y también he disfrutado y disfruto de nobles, abundantes y admirables compañeros.
Lo que resulta paradójico es que hoy por hoy el ejercicio de la profesión, en mi caso concreto, pase por andar de un lado a otro, en la calle, en la plaza, en el campo. Y en decir la verdad. O sea, que, después de todo, tuvo razón aquel chiquillo. Se pudo ser periodista, no estar preso y decir la verdad. Y además, vivir para contar: ser periodista y escritor, escritor y periodista, como soñó aquel alumno de EGB. Qué cosas más raras pasan en esta vida y de qué modo tan fascinante. Qué renglones tan torcidos para escribir tan derecho.