La persecución

Cuando lo de la adolescencia, aquel Pleistoceno, leí Volvoreta, de Wenceslao Fernández Flórez, y ahí me enteré de que esas obsesiones mías de tocar un número par de veces cualquier cosa que hubiese rozado de manera azarosa no eran sólo cosa mía. Le pasaba a más gente: al protagonista de la preciosa novela del gallego, precisamente. Y al leerlo, como por un ensalmo, se disiparon aquellas tontadas ante las que yo me obligaba a detenerme para repetir el contacto en dos, cuatro, seis ocasiones.

Algo parecido me ha ocurrido este mes. Yo no sabía de la existencia del término cronopatía. Pero ahí está. Un cronópata se define como aquel que está obsesionado con el aprovechamiento del tiempo, con el hacer, hacer, hacer. Qué sustantivo más vistoso, pensé: cronópata, que parece un cargo en la nave Enterprise de Star Trek. Ha sido usted nombrado el cronópata de a bordo.

Pero, a pesar de la hermosura de sus formas, lo que subyace en ese concepto es negativo en esencia: la prisa, el horror vacui, el llenar el tiempo de actividades. ¿Eres cronópata?, me pregunté, respondiendo enseguida de un modo afirmativo y rotundo. Sí, y no sé desde cuándo, porque precisamente me preciaba de lo contrario, de saber no hacer nada, de echarme al camino a la mera contemplación. ¿Cuándo comencé a acelerar hasta acabar a la carrera? No lo sé.

Aún es pronto para asegurarlo, pero me atrevo a decir que me he curado de ese mal. Porque creo que no me equivoco si digo que algo ha cambiado y para bien. También a raíz de una lectura. Hará dos o tres semanas, en Un año de mi vida leí a Miguel Delibes decir: «Nadie me persigue». Se refería el pucelano a que, tras varios meses de incapacitación por una rotura en la pierna, se había acostumbrado a un ritmo más sereno, y que no sentía ya el agobio de acabar la novela cuanto antes. «Lo mismo me da entregarla en junio que en diciembre. Nadie me persigue».

Y entendí que Delibes también cayó durante una temporada en la cronopatía. Hay que ver. Alguien como él, tan familiar, tan dado a salir a cazar, tan claro de cabeza. Un hombre que se liaba el pitillo a la antigua usanza. Por lo que cuenta en ese diario, se ve que andaba hasta arriba de encargos, de correspondencia que atender, de citas con unos y con otros. ¿Y escribir? ¿Y vivir?

Con tan sólo tres palabras, Delibes ha obrado en mí una sanación. Desde entonces, he dejado de sentir, efectivamente, la persecución del tiempo. Me acerco a la cincuentena, al medio siglo. Es hora de recordar que no es necesario hacerlo todo de inmediato. De macerar. De regresar a la serenidad con la que fermenta el vino. ¿De quién huía? Pues de quién va a ser: de mí mismo. Y de la muerte, supongo. Pero va a esperar. También ella. Que es una cronópata.


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