Ir a los toros es como acudir a un Museo del Prado en el que todos los cuadros estuviesen tapados. Entras, deambulas por los pasillos, curioseas, te acercas a uno de los telones y destapas a ver qué cuadro hay detrás. Nada. No hay nada. Sólo pared. Sigues pasilleando, fijas la vista en otra tela. La descorres. Un extintor. Y sigues, museo arriba, museo abajo, desvelando cortinones para ver qué se oculta detrás. Y cuando llevas diez, treinta o cien intentos sin haber hallado nada relevante, quizá ya hasta perdida toda esperanza, apartas un velo y aparece el Cristo crucificado de Velázquez. Y entonces comprendes que te encuentras ante algo único, conmovedor, que te remueve hasta los cimientos, y que todos los tumbos que has dado por la pinacoteca acaban de cobrar sentido.
La temporada taurina va cayendo esparcida. Uno va de un lado a otro. Ve ciertas cosas. Otras, no. Coinciden muchas. Está pasando algo en Bilbao pero tú estás en Almería. Ocurre la faena del año en Sevilla y a ti te pilla en Madrid. O viceversa. Cuando digo pasar algo no me refiero a lo numérico, a los recuentos de orejas, a los rabos o a los indultos. Con algo me refiero a la oración.
Los toros son un rito sacrificial. De ahí que sea imposible que puedan gustar a todo el mundo. El momento del sacrificio es sangriento, y no todas las sensibilidades pueden asistir a él. Y no hablo de la ingeniería social que empuja a que tratemos a los animales como personas, que en el fondo lo que pretende es tratarnos a las personas como animales. Hablo de una legítima y respetable sensibilidad que impida asistir al sacrificio –del mismo modo que imposibilita a alguien acudir a un matadero, por mucho que después se deleite en los chuletones–.
Pero un rito sacrificial, insisto. Y se encuentra ese rito ancestral dotado de sentido estético, ético y vicario, pues el diestro es el oficiante; el animal, la fuerza a superar; y la muerte, la culminación de todo el proceso –la muerte propia, también en juego–. Pues bien, a veces, en ese rito, ocurre la oración. Lo que sucede en el ruedo se eleva a categoría de epifanía. Si eres apto para la belleza, detectas un chispazo cuando prende la llama –ocurrió ayer en un trincherazo durante el inicio–. Y luego sientes que se abre el pecho, y que en él se instala una llama que te agita la respiración. Y contemplas la armonía, la geometría, el oficio convertido en arte, y se manifiesta la pureza que uno necesita para sobrevivir y para no reventar cada día. Y sabes además, de inmediato, que no vas a volver a ver algo similar hasta dentro de mucho tiempo. Pero el tiempo te da igual. No es que se detenga, como muchos dicen, sino que te instalas en el instante y, durante un rato indeterminado, accedes a la plenitud, a una plenitud que te impregna.
Y en esa oración, quedan redimidas todas las tardes durante las que anduviste por el museo destapando cortinas que nada custodiaban. Y también muchos de tus males cotidianos, aunque cueste creerlo, cómo es posible que esto suceda. Y crepita un murmullo. Quizá hasta una conmoción general, si muchas personas más en la plaza comulgan con lo que ven. Existe algo de fenómeno colectivo. Pero supongo que esto cada uno lo vive de un modo. Y a mí no me sale el grito, ni siquiera el olé. Cuando ocurre la oración, la verdadera oración, me puede cierto misticismo y normalmente lo que hago es recogerme, interiorizarme, y a duras penas consigo sostener el llanto, porque no soporto lo que estoy viendo, porque no soporto la belleza, la transcendencia, o porque, por deficiencia mía, el corazón no me da para más.
Y esto es –sin más parafernalia, honestamente– lo que pasó ayer en Colmenar Viejo, cuando Diego Urdiales se echó la muleta a la zurda y dio veinte naturales que alzaron una oración profunda, y que, tras meses y meses de fe tambaleante, de tentaciones ateas, a mí me hicieron volver a creer.