La mordaza

Una mordaza parece una corrección hecha a posteriori, como si un niño travieso hubiese pintado trapos sobre los rostros de la gente. Pero no hablamos de travesuras, sino de maldad esencial. No quedan tan lejanos los tiempos del bozal –eso a lo que la oficialidad denominó mascarilla– cuando se podía distinguir a simple vista al alineado, al que obedecía al criminal por miedo o por convicción demente. Al cómplice.

La mordaza, lo canta su etimología, es una invención para evitar que el otro muerda. Por lo tanto, indica miedo por parte del amordazador. ¿Y quién amordaza a quién? Para amordazar hay que tener fuerza, la capacidad de ejercer cierto grado de sometimiento hacia la otra persona. Hay que ostentar cierta dosis de poder. La mordaza mayor, en fin, vendrá del mayor poder. Eso cuadra con lo que observamos en gobiernos, instituciones y politicastros –politicastro es un término despectivo que me parece redundante–.

Al poderoso no le interesan las voces incómodas. Porque es en la voz, en la palabra, en la denuncia, donde ellos perciben una amenaza, un mordisco, el objeto a amordazar. No temen los mandarines actuales que les mordamos cuando salen del coche oficial y cruzan la acera camino al juzgado procurando que no se les vea el collar enjoyado descrito por Dumas, o cuando fingen ser normales y poder andar por la calle rodeados de escoltas en la puerta del Congreso. El bocado que temen es el de lo dicho. Amordazan para que callemos. Eso es la censura, el algoritmo, la empresa verificadora, el satanizar la voz del ciudadano, el imponer el discurso oficial. Una enorme mordaza. El enorme miedo que sienten a que señalemos sus actos criminales.

En el Reino Unido parece ser que se ha alcanzado el delirio de que no constituya delito la violación en masa, sino el hecho de denunciarlo. Les urge la mordaza para evitar que alguien grite contra el gobernante que permitió tales crímenes: los recién traídos cumplen el papel para el que fueron seleccionados, incrementando el caos, mientras que los mayores culpables ordenan detener a quienes se quejan. Intentan que el debate se centre en el racismo, mientras que ellos destrozan los países de origen para así contar después con ejércitos de menesterosos que mover hacia las zonas de la granja que han decidido devastar. A eso le llaman solidaridad, por cierto.

La mordaza es un trapo metafórico que colocar sobre la boca del disidente, del que se encuentra disconforme, de aquel al que ya no le queda otra sino clamar contra tanta iniquidad. Si nos llevásemos esos trapos alegóricos a las orillas del Manzanares, con las lavanderas de Goya, y los introdujésemos en el agua, el río bajaría denso de gritos, de todas las proclamas contra un sistema canalla que ya sólo defienden quienes participan en el acto mafioso o quienes mental y sentimentalmente no cuentan con esperanza de curación.

Cómo canta la zumaya, ay, cómo canta en el árbol, dice Federico. Pues eso: cómo canta la mordaza, ay, cómo canta el silencio. Porque hasta en el silencio impuesto que pretenden se escuchan las voces que claman contra el robo sin disimulos, contra el crimen convertido en institución, contra el modo en el que están deshaciéndolo todo, creando el caos para imponer su esclavitud. Quizá sí, quizá el único modo de escapar de esta cárcel distópica sea pasar de la metáfora a lo literal: o sea, morder, morder de verdad, sin alegorías.


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