Decimos levedad y de inmediato los objetos parecen aliviarse de parte de su carga. Ligereza, ingravidez, liviandad, asegura el diccionario de la RAE que hay que asociar a ese término. La levedad del ser, escribe Kundera, refiriéndose más bien a la inconsistencia, quizá a la pequeñez de lo humano.
Llevo varios días rumiando lo de la levedad, pero referida a la escritura. Que no pese. Que se deslice. Que, por su falta de incómodas alforjas, resulte grata al lector. Que fluya, exige Bukowski, y no sé si por ahí va eso de tener flow, que dicen los del hiphop.
Me asaltaron estos pensamientos camino a Gijón, mientras el tren cruzaba los campos palentinos y yo leía un libro dedicado a la imbecilidad que contiene dos ensayos, un prólogo y una introducción. Cada una de estas piezas, escritas por un autor distinto. La lectura de la introducción, firmada por alguien que creo que es el editor de la obra en español, me resultó fatigosísima de leer. El señor no paraba de incurrir en digresiones, apartes, paréntesis… Probablemente, con la mejor intención del mundo y en la creencia de que le era imprescindible ir acotando el texto para ilustrar al sufrido lector. Descartemos con buena fe la posibilidad de que la causa última de tantas paradas en el hilo argumental fuera la pedantería de demostrar cuánta sapiencia acumula el responsable de tales líneas. Pero es que no se trata de intención, sino de resultado: cansado, cargante, imposible de disfrutar e ineficaz, pues, a fuerza de tanto ímpetu en la aclaración, se conseguía justo lo contrario, es decir: una oscuridad, un no entender, casi un aburrir, quizá el pecado mayor para quienes juntamos letras.
Al pasar al prólogo, el libro se transformó. Fue como si el tren cambiase de vías y comenzase a rodar sobre un tendido de alta velocidad. La prosa se volvió liviana, leve, como decía. Me dio la sensación de que salía el sol sobre las páginas, de que dejaban de escucharse las maquinarias, de que la cosa fluía, en efecto.
Y pensé en la levedad. En la necesidad de que el escritor resulte leve, de que la voz del tipo que cuenta no acabe siendo un peñazo, como un profesor insoportable cuya monótona clase sólo mueve al adormecimiento.
Ando, como sabéis, metido en La Isla del Tesoro, entre Stevenson y Antonio Blanco. Y claro, es imposible no percibir la magnífica levedad con la que el escritor escocés nos hace navegar. No hablaré de lo estructural ni del hecho de que no se le vean las costuras –qué maestría, querido Robert Louis–. Hablo de la levedad, insisto, del modo en el que el tiempo narrativo transcurre sin hacer daño, sin dejar cicatrices, provocando apetito de más, y no de menos. Acaso sea un modo de dominio del oficio, sí, pero también de respeto hacia el lector, de educación, de consideración.
¿Y esto a mí en qué me influye?, dirás tú, paciente lector de esta columna. Coño, en todo: lo que vale para la escritura vale para la vida, valga la redundancia. ¿Por qué crees que los políticos o ciertos jefes de prensa de la policía o toda esa pléyade de abogados hablan tan mal, sin levedad? Pues para que no nos enteremos de lo que dicen ni de lo que están haciendo. ¿Se entiende? ¿He sido leve?