La tinta negra sobre la libreta va dando cuenta de las notas de la tarde. Escribo a mano durante la corrida, entre toro y toro, entre serie y serie. No sólo apunto lo que técnicamente está sucediendo, sino también lo que el animal me transmite con su presencia, el comportamiento de los tendidos –de ese actor colectivo que es la afición–, o alguna frase que en pocas palabras intente explicar mucho. «Se esfuerza en escenificar quietud fuera de la cara del toro, aunque ante el astado retoma la velocidad de la vida moderna». El comentario a vuelapluma ha de ser expresionista, en dos trazos ha de conseguir el retrato. Si no anotas, muchas de las sensaciones se quedan plegadas entre el olvido, como servilletas de bar que cayeron presas dentro del poemario, imitando al insecto prehistórico en el bloque de ámbar.
Al día siguiente, al escribir la crónica, cada vez tiende uno más al comentario general, al dibujo completo de la actuación, a no describir la acción minuciosamente, porque querer explicar demasiado no conduce más que a la incomunicación, como tan bien comprendió Ferlosio tras publicar El Jarama: hay más literatura en los dos primeros párrafos de Alfanhuí. Se dice sugiriendo. Se dice callando.
La escritura a mano. Siempre con tinta negra. Como si se estuviesen deshaciendo los dedos sobre el papel. Voy dejando el rastro de esa sucesión de hormigas de tinta y a veces, al leer lo anotado, recuerdo la extrañeza de mi padre cuando yo era niño y él veía mis libretas. «¿Pero cómo vas a ser escritor, si no se te entiende la letra, si no se entiende lo que escribes?». Mi padre confundía caligrafía con escritura. Pero de todo se aprende, y la preocupación por que se entendiese lo que uno hace sí me caló: hay que escribir para que te entiendan, supe desde el principio, de modo que el sarpullido del estilo pedante del adolescente o del que comienza en el oficio o del que tiene el ego sin domar a mí me tomó muy prevenido. La maestría consiste en decir fácil lo difícil, y no al contrario.
Pero la letra es variable. El golpe de muñeca con el que se va plasmando lo escrito depende de tantas cosas… A veces me salen unas iniciales estilizadas, góticas, hermosas, que yo identifico con la fascinante letra de Lorca, que más que escribir, dibujaba. Otros días la línea va subida a un tren que no la espera, y las letras se alargan urgentes, procurando no descarrilar de la sintaxis. Si lo que estoy viendo me arrebata, eso se me transmite al pulso, y entonces la escritura queda convertida en un sismógrafo que señala hacia el seísmo interior, hacia la revelación, el fogonazo o la belleza. «Gracias, Dios mío, por ese natural profundo que acabo de ver y que seguirá ahí mañana cuando relea esto».
Las libretas acabadas van a un cajón. Las repaso cuando he agotado todas las páginas, pero me resisto a tirarlas. ¿Y si quedó algún poema en medio? En realidad, sé que lo que no quiero es arrojar a la basura el tiempo que he empleado al escribir. Las notas, en fin, son como un epitafio de la vida gastada mientras garabateábamos nuestras observaciones.
Dicen que escribir a mano activa el cerebro. Y el corazón, añado: la letra es electrocardiograma. Aviva la contemplación y revela la extraña condición del cronista: el que da fe del tiempo, un amanuense al dictado de Cronos.