La ilusión

Me impresionó escuchar la otra tarde una entrevista de unos veinte minutos con Pío Baroja. Se la hicieron en la Cadena Ser en 1955, apenas un año antes de su muerte. Y no sé si el periodista no se enteraba o si no se quería enterar de que a Baroja se le habían olvidado demasiadas cosas, acosado por la desmemoria –llevaba media vida tomando pastillas para dormir–. «¿Qué estoy escribiendo ahora? Pues alguna cosa que se ocupa de distintas cuestiones». Baroja mantiene la conversación por inercia, por la costumbre de una existencia de tertulia.

Me gustaron su acento y su modo de hilar la charla. No me pareció que hubiese diferencia con los del bar de abajo, donde podríamos soltar al escritor a que cotilleara sobre los amoríos y las murmuraciones del barrio. Me olí que era un poco cotilla y dado a tales asuntos, algo lógico en un cultivador del folletín. Probablemente, Dumas y Dickens también serían de la misma cuerda. Yo había visto a Baroja en la película de Zalacaín y había escuchado su voz en otras entrevistas. En ésta, como digo, me impresionó, a sus ochenta y pico años, su haberse marchado ya. Quiero decir, que sé que en esa fecha estaba a un año de su fin, y no sé si ese conocimiento determina de algún modo mi percepción. La sensación que me quedó es la de estar escuchando a un hombre que ha perdido la ilusión. ¿Lecturas? Sólo relee, y poco. Dice que ya leyó demasiado. ¿Paseos? Pues tampoco, a dónde va a ir. Y no nota que moverse le haga dormir mejor. Con la gente de Vera de Bidasoa apenas mantiene relación. No le interesan las polémicas de su tiempo. No habla de nada. Es un hombre aburrido, con el tiempo pausado, esperando que la muerte ponga fin a tanta monotonía. Recuerda, eso sí, cuando salía a buscar libros de segunda mano a las tiendas de lance de París o de la Cuesta Moyano en Madrid. Por ahí se le ve la pasión antigua, y sabemos que estuvo orgulloso hasta el final de la biblioteca de diez mil ejemplares que reunió.

Cuento todo esto porque, después de escuchar la entrevista, me dio por pensar en la ilusión y en su relación con la obra de distintos autores. Pensé en varios. Además de en Baroja, en Sabina. En Saramago. En Oscar Wilde. Casos muy distintos, cada uno con lo suyo, pero a los que el paso del tiempo y sus mellas les alteraron la creación. En el caso de Sabina, hablamos de un hombre que sufre un ictus con cincuenta y pocos y que después pasa por una fuerte depresión. Su escritura, desde entonces, no ha perdido técnica, pero en comparación con los mejores versos, los de antes, los nuevos parecen escritos por un imitador de sí mismo. Sabina, de algún modo, a raíz de su marichalazo, perdió contacto con el mundo, se encerró en su torre de marfil y dejó de tomar muestras de la vida. Sus escritos perdieron el aire que permite la ventana abierta de par en par. Rafael Azcona, el guionista navarro, tomaba el transporte público para no ir a lado alguno, sólo para observar a la gente. Ese hombre mantuvo siempre viva la llama de la curiosidad y el interés. De ahí que, como dijo Clint Eastwood, no dejase asomar al viejo que le nacía dentro.

En el caso de Saramago, la vejez le trajo lo contrario que a Baroja o Sabina: el portugués es un hombre cada vez más sereno y reposado, más feliz. De los pocos casos en los que el artista no detiene la escritura a causa de la felicidad, de modo que su prosa lenta siguió adelante, y él continuó observando a sus personajes con candor, con amor, con misericordia. Porque Saramago ama a sus personajes y los trata con cuidado. De Baroja se dijo siempre algo parecido, aunque a mí cada vez me queda menos claro que fuese así.

Y en el caso de Wilde, finalmente, tenemos a un hombre portentosamente ingenioso y creativo, que se emborrachó con el teatro, el cuento, la novela, el éxito, la fama y el verso. «Irá el amor por el aire hasta detenerse en tu pelo». Es cuando cae, es cuando el mundo lo desilusiona, lo zarandea y lo arrasta, cuando Wilde escribe su obra más lúcida: De profundis, un ensayo, una brutalidad digna de ser leída cada poco tiempo.

Sospecho que la ilusión, por lo tanto, es lo que hace que un escritor envejezca manteniéndose en su puesto, disparando balas de belleza contra un mundo adversario. Reflexioné sobre todo esto, sabiendo que lo más probable es que acabasen tales pensamientos en esta columna, y no pude evitar preguntarme: ¿y tú, Manuel, cómo andas de ilusión? Pues no muy sobrado, tuve que admitir. Y, sin embargo, supe que, pese a la mucha decepción acumulada, no se apagó mi llama. Como Azcona, sigo saliendo al mundo a observar, pese a que lo visto me desagrade en gran medida. Como Saramago, me mantengo paciente en la escritura. He aprendido a querer a mis personajes. Y espero no acabar concediendo una entrevista a lo Baroja, desentendido de todo, olvidado de todo. ¿Cuánto tiempo seguiremos yendo a la Cuesta Moyano? Hace un mes hablé con dos libreros. Los dos, con muy poca ilusión. ¿Qué le parecerá a Sabina el De profundis de Wilde? ¿Y a Wilde Y nos dieron las diez?


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