Huyen de las ciudades ejércitos de personas. La tendencia no se detiene ni siquiera con el precio de los combustibles por las nubes –siempre que se habla de esto hay que recordar que la mitad de lo que se paga en el depósito obedece al robo impositivo–.
Pero, ¿dónde van los que se van? ¿Hacia qué infancias o qué destinos turísticos? Las vías del tren mantienen sus dos líneas paralelas en pos del horizonte, y en el espacio que media entre esas dos hermanas que nunca se unen cabe todo el desvalijo imaginado, pagado con un deterioro del servicio y, en última instancia, con la vida de los sacrificados en Adamuz: sacrificados, hasta donde sabemos, sobre el altar del latrocinio del sistema, que coloca en puestos sensibles a quienes sabe que van a arramplar hasta con el mobiliario.
Pero si no es por carretera debido al precio del diésel ni por el tren de los carteristas con cargo, ¿cómo es? Intuyo que en los aeropuertos la cosa no debe de andar mucho mejor; seguramente algún colectivo habrá montado una huelga para dar donde más duele.
Da igual. El deseo de huir es tan alto que, por muchos impedimentos que encuentren, las huestes continúan partiendo de las colmenas capitalinas, siguiendo un plan de fuga. Porque de eso hablamos: no se huye de la ciudad, se huye de sí mismo. De la vida cotidiana, de la rutina, de los espejos, del reloj, del horario, de las dos horas yendo y viniendo al trabajo o a clase o a pedir a la puerta del supermercado, trasbordando a empujones entre otros individuos que no viven mucho mejor. Nadie huye del Edén. Del Edén se es desalojado a la fuerza por querubines disfrazados de seguratas.
«Se quiere otra vida», canta Battiato. Y esa insatisfacción profunda se siente cada vez con más claridad. A una sociedad adolescente, como ésta en la que nos han metido o nos hemos dejado atrapar, le cuadra manifestarse en lo que es más propio de la adolescencia: el miedo al futuro y la insatisfacción con todo, procurando no asumir responsabilidades y quedando varada en una arena movediza de la que sólo se concibe salir por un golpe de suerte mágico, de ahí las colas en las administraciones de lotería.
Los pocos sabios que en el mundo son toman indefectiblemente los senderos menos transitados, los únicos que garantizan llegar a buen término. Cuando todos se van, qué gusto da quedarse, apurar las horas, pasear soledades. Uno se va porque se tiene que ir, porque hay que seguir laborando, hilando los calendarios. Pero cada jornada a contracorriente supone una victoria.
El éxito se oculta en un hecho simple: que todos los días deberían merecer ser vividos. Es entendible la vuelta al pueblo para darle vuelta a la familia y a los recuerdos. Pero que millones huyan de sus hogares camino a no sé dónde hace temer que lo que se deja atrás no es un hogar, sino una celda. Algunos dirían aquí que se incurre en una redundancia.
Uno se pone en la piel del ocioso, del jubilado, y entiende que el momento para irse de vacaciones sería la semana que viene, o la siguiente. Cuando todos regresasen, dejando libres los balnearios y las casas rurales o los apartamentos playeros. Que estos días, qué gozada, son para andar por el barrio, haciendo vida normal. Qué descanso el del ascensor, aliviado de vecinos. Y el de las terrazas y los bancos del parque y las aceras y los caminitos campestres.
Hoy sí dan ganas de ir a la Casa de Campo. O a la Cuesta Moyano. O al bar de la esquina. A hacer lo de siempre, pero mejor. ¿No te vas? Mañana, mañana… O pasado. Unos, locos por irse. Otros, por quedarse. Parecemos los de la peli de Buñuel, incapaces de marcharse… Mira que si nos diésemos la vuelta y nos enfrentásemos cara a cara a esa compulsión por huir. Se trataría de huir, sí… pero de la propia huida.