Cada día tiene su afán, dice la Biblia. Contamos con veinticuatro monedas por jornada, recordaba Umbral, y quien tiene una moneda la cambia. Pagamos todo aquello que adquirimos con el tiempo dedicado a ganar ese dinero que nos sirve luego en la transacción. Suelo calcular cuánto me cuesta la copa de vino, el libro o el carro de la compra conforme al tiempo invertido en ello. Llenar el frigorífico me ha llevado diez horas de tiempo. O, con una hora, pagué la ronda de la tertulia.
El tiempo, en fin, quizá sea el capital más preciado. Pero, como decía al principio citando el texto bíblico, cada día posee su afán. «Basta a cada día su propio mal», sentencia Cristo, aconsejando que no anticipemos angustias, pues, a fin de cuentas, éstas han de llegar ineludiblemente cuando toque.
Si cada día tiene su mal –mucho de él provocado por los altos poderes que nos gobiernan y tan poco nos quieren– hemos de colegir que también trae su bien. Y éste, a diferencia de lo nocivo, de lo malo, hay que buscarlo, porque improbablemente nos lo regalarán.
Por eso mismo, me gusta pensar en lo que llamo la Teoría de las horas. Es decir: el día es muy largo, hay tiempo para todo si uno se organiza, y de lo equilibrada que resulte esa distribución dependerá en gran medida que, una vez acabada, la jornada haya resultado digna de ser vivida.
Y ahí es donde me esfuerzo en apartar la denominada hora del placer. No todas pueden ser gustosas, agradables. Hay que asumir ese mal diario que nos llegará como ración, al decir de Cristo. Pero, al menos, que durante una de las veinticuatro particiones los minutos se extiendan como una alfombra mullida junto a la chimenea invernal. Y es la hora que, como mínimo, dedico a la lectura. No significa eso que el resto de mis labores conlleven necesariamente una tortura. El escribir, el acudir a la plaza de toros, el elaborar las crónicas, leerlas, montarlas, el ir al supermercado, hacer la comida, darse al paseo, la bendición del agua cayendo sobre el cuerpo o la charla con amigos son actividades habituales que me producen satisfacción. Pero la hora del placer hay que cuidarla. Se trata de una hora de lectura por la lectura, no leyendo para documentarse, para preparar otros trabajos, sino para reencarnarse en el niño que leía en la biblioteca del pueblo, o en las largas siestas del verano, o bajo las sábanas, con linterna, cuando se suponía que debía dormir.
Leer por placer. Literatura fantástica, ciencia ficción, clásicos, poesía, ensayo… Pasar la mano por los tomos, dejarlos que se insinúen a las yemas de los dedos y que sean ellos quienes me elijan a mí como lector. Cada día, su afán. Cierto. Pero también: cada día, y pese a todo, ese placer.