Estaban las dos tiradas sobre el asfalto, despreciadas, destinadas a que se las llevase la lluvia o el olvido. Una rosa y una colilla. Juntas. La rosa, con un pétalo caído a cierta distancia, parecía una vedete que se hubiese empezado a despojar de su escasa ropa antes de desplomarse sobre la cama. La colilla, apurada, de un cigarro rubio, hacía contacto con el tallo de la flor. Iban de la mano. O habían caído de la mano. O habían hecho el esfuerzo, una vez arrojadas ambas al pasado, de alcanzarse para ese beso.
Así yacían, la rosa y la colilla, ayer, y así las vi al salir de casa camino a no sé dónde. La rosa no llegó al Día de la Madre, que es mañana, creo, o no alcanzó el cumpleaños deseado. O el amor que la sustentaba no logró aguantar hasta la cita. A lo mejor el enamorado que marchaba con la flor, fantaseando con hacerle a su amada lo que hemos dicho que hizo la vedete, recibió un wasap de la chica diciéndole que lo suyo se había acabado lo mismo que había terminado abril. Al enamorado primerizo no le entra en la cabeza que la otra se desenamore súbitamente. Luego se va acostumbrando a que eso les suele pasar, y a que todo es posible, hasta lo bueno. A los enamorados maduros, en cambio, les ocurre lo contrario: lo que no entienden es que la otra todavía los quiera, después de tanto.
La rosa parecía una hembra gigantesca y la colilla un pequeño macho rondador, como en esas especies en las que ella es descompasadamente más grande que él. No imagino qué le puede ofrecer una colilla a una flor, a una rosa, para incitarla al idilio. Quizá la rosa, harta de su propia belleza, fatigada de hermosura, vio en la colilla una parte sucia y canalla que a ella le resultó irresistible. O quizá, dolida por el modo en el que fue descartada y obligada a abandonar sus altos fines, besó a la colilla como modo de venganza hacia ese mundo que la descartó. Si no me queréis con toda mi fastuosidad, yo ahora me echaré al lodo, a revolcarme, a entregar mi fragancia a esa pestilente nube de nicotina.
No se sabe, no se puede saber, qué pensamientos de humo ocuparon a la colilla cuando aún era cigarro y fue consumida antes de que la tiraran haciendo de la calle un cenicero. No aprecié restos de carmín sobre la boquilla, aunque desconozco si las mujeres siguen llevando carmín o si se ha inventado algo nuevo que no deje rastro en el tabaco ni en los cuellos de las camisas infieles. Esa colilla pudo ser arrojada por cualquiera. Por un concejal que pasó rumiando un nuevo impuesto. Por un filósofo harto de no encontrar caminos más allá de Nietzsche. O por la enamorada del que tiró la rosa, en lo que habría supuesto un triunfo de los objetos sobre sus dueños.
Una flor no nace para acabar en una cuneta, sino que aspira a coronar moños o a culminar solapas. Claro que tampoco nosotros nacemos para soportar lo que soportamos y aquí estamos, sin poder quitarnos de encima a la banda que lo hace todo por nuestro bien. La rosa desciende a colilla. La colilla se eleva a flor. Qué pareja más rara hacen, qué poco pegan. Pero al final las parejas más dispares son las que duran, viendo cómo se divorcian todos los de la pandilla y ellos siguen ahí, sobreviviendo a la hipoteca.
Contemplando la colilla y la flor, volví a recordar el saco de vísceras que somos: un amasijo de pellejo y huesos, sí, pero que se obstina en escribir poesía. Qué misterio. Somos una maloliente colilla que aspira a rosa. Somos una derrota digna que aprende que triunfar es no rendirse. Somos un pitillo apurado que, al caer, recibe la recompensa de una flor. Somos la flor, más guapa que nunca cuando se marchita.
Me he asomado a la ventana antes, entre párrafo y párrafo, y he visto que ya no están ahí, ni la colilla ni la rosa. Se fueron con el viento y el tiempo. Ya son inmarcesibles e infumables. Ya no son reales: son algo más. Han quedado escritas. Están salvadas.