La armonía

Carente de poderes extrasensoriales como me considero, he estado más de un día dándole vueltas a algo que considero que puede dar de sí en la columna. Como digo, no creo poseer ninguna dote de precognición, adivinación ni nada parecido. Y, sin embargo, la noche del partido de la final de la Copa del Mundo, me ocurrió lo siguiente.

Estaba yo siguiendo el encuentro con la intensidad y la pasión que la cosa requería, viéndolo con la tele sin volumen y acompañado por la narración de Tiempo de Juego, en COPE, con Manolo Lama, Paco González y compañía – Relaño, Cañizares, Maldini…–. Desde el principio fue patente que el árbitro cumplía órdenes de la FIFA de dejar que los argentinos se mostrasen todo lo violentos y antideportivos de lo que fuesen capaces, que es mucho, como ya sabemos. Corría el segundo tiempo de la prórroga, hacia el minuto ciento cinco, y la indignación por el escándalo al que estábamos asistiendo me alcanzaba, pero entonces, insisto, en ese mismo instante, Yamal recibió en el extremo, junto a la cal. Y en ese momento, sentí paz, como si dentro de mi pecho y en mi estómago se desanudaran los amarres producidos por la contemplación de la estafa. No poseo poder extrasensorial alguno, lo repito, pero nada más recibir Yamal el balón, me escuché a mí mismo decir: aquí está el gol. El atacante español, tras un pase de Zubimendi, caracoleó, avanzó, amagó con el recorte y decidió pasar a Porro. El lateral derecho, incisivo como ha estado durante todo el campeonato, metió el pase bombeado, por alto, templado, hacia el segundo palo. Transitaba el esférico por el aire y en mí se prolongó ese sosiego de lago en calma que acababa de inundarme. Molina, esperemos que ya exjugador del Atlético de Madrid, empujó a Nico Williams, en un feo gesto más. Williams, de cabeza, retrasó. Venía libre de marca Ferrán Torres, abandonado por Simeone, fatigado de hacer faltas y preocupado por ajustarse las medias. Y Torres, haciendo a España grande otra vez, golpeó con el interior del pie izquierdo, sin dejarla botar, y mandó la pelota hasta el fondo de la red de Martínez. Se deshacía la aspiración de llegar a los penaltis para los argentinos, única meta futbolística para ellos ante la superioridad táctica, técnica y ética de los españoles. Dicen que en ese momento los sismógrafos registraron el movimiento de la afición. ¿Sólo en España? Yo diría que en todo el mundo. Nunca estuvimos todos tan de acuerdo. Nunca se sintió tanto alivio ante la derrota de la corrupción. Pero no experimenté la esperada euforia, sino una sorpresa casi amable por esa chispa interior que me había anticipado que al fin se produciría el milagro de la justicia.

Más de un día he estado rumiando el asunto. ¿Por qué intuí que aquella jugada acabaría felizmente? Y creo que la respuesta es la que se encuentra en el título de la columna: la armonía. Sentí la armonía de la disposición de los jugadores, del momento del partido, de los envíos precisos del balón. En ajedrez, Leontxo García hace referencia muchas veces a la importancia de que las piezas se distribuyan sobre el tablero de modo armónico. En tauromaquia, se busca un toro armónico, de líneas proporcionadas. En poesía, en prosa, en la escritura, la armonía es la que otorga equilibrio, lustre, brillo al texto. Y debo de andar entrenado para percibirla, de tanto trabajarla, del mismo modo que me considero apto para la detección de la belleza.

No sé si hay algo de cierto en todo esto, pero ahí dejo la reflexión sobre la armonía del conjunto como dadora de vida para la labor. Un toro armónico embiste. Una jugada armoniosa acaba en gol y vence a la canallada urdida en los despachos y ejecutada por una banda de zafios matones. Una columna armónica finaliza llegando a buen puerto.


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