A veces le cae al columnista un tema como un caramelo y le es imposible resistirse a dedicarle el escrito del día a ese asunto en boca de todos. Hoy me ha pasado a mí con lo de Julio Iglesias. Así que vamos al lío, que hay para regodearse.
No obstante, antes de desarrollar la idea y de expresar mi opinión respecto a ese titular que se lleva minutos y minutos de televisión, horas y horas de radio, páginas enteras de papel y una larga de sucesión de pantallas de los portales digitales, no quiero que se me olvide un recordatorio: y es que estamos padeciendo los estertores de un sistema que nació corrupto en su origen y que ahora simplemente se encuentra en estado terminal. La corrupción, a la que yo tendría que dedicar este artículo si no fuese tan importante lo otro, no ocurre como algo anecdótico, como casos esporádicos surgidos del desviamiento de unos cuantos malhechores que han abandonado la senda de la virtud. La corrupción es el alma del sistema. Si simplemente nos limitamos al caso español, aquí estamos sufriendo las consecuencias de un régimen que nació tras una dictadura y al que maquillaron con apariencia de democracia. Porque si la democracia consiste en un artefacto legal mediante el cual el pueblo controla a los gobernantes, hasta el más obtuso tendrá que reconocer que lo que nos tienen aquí montado se encuentra en el punto opuesto. ¿Alguien con dos dedos de frente o que no mantenga intereses puede afirmar que el ciudadano apaleado, desvalijado, roto y ultrajado posee mecanismo alguno de control? ¿Queda alguien que se crea nada de lo oficial?
Sí, ahora voy con lo de Julio Iglesias, que es donde está la pomada. Pero permitidme, queridos lectores, que antes suelte esa idea central: la de que los impuestos no tienen más fin que el de mantenernos al filo de la pobreza –o dentro de ella, como estamos comprendiendo en los últimos años–. El setentayochismo se mantiene en España porque es el sistema elegido por el poder para pastorear al rebaño, y muchos miles y decenas de miles y hasta millones de personas viven enganchadas a ese mal porque subsisten gracias a él, sea mediante un sueldazo oficial, una dudosa subvención o una paguita testimonial que, en ocasiones, supera en cuantía a lo que se gana trabajando.
Así las cosas, ahora voy a lo de Julio Iglesias, ¿a quién le puede extrañar que mire hacia otro lado quien se supone que cuenta con medios para ponerse a la tarea de regenerar lo degenerado? Se antoja poco probable que el animal muerda la mano que le da de comer, aunque reciba una dieta ridícula, indigna y que sólo garantiza ir pasando el día con dificultades. Todos los proyectos de ingeniería social están encaminados a empeorar la vida de la gente: inmigración de diseño, fomento de la deuda para que su montante resulte inasumible y que de ese modo se instaure la esclavitud como única salida, un sistema energético al borde del colapso después de haber sido dinamitado desde dentro –al igual que se hizo con la educación, la sanidad, las infraestructuras, la industria y el comercio–. El objetivo es que nadie pueda vivir del fruto de su labor, sino de las limosnas estatales. Una persona libre, o que aspire a la libertad, queda convertida en un peligroso hereje que cuestiona el conjunto, y eso no lo pueden permitir, no sea que a parte del ganado le dé por pensar y perciba que todo es un tinglado dispuesto para someterlo.
¿Y lo de Julio Iglesias? Voy, voy, hay tiempo y espacio en la columna aún. Que no estoy diciendo yo que el poder, a través de los medios, que son suyos, emplee técnicas de distracción para que lo crucial quede aparcado mientras el mal sigue gobernando el mundo mediante la imbecilidad colectiva. Lo que digo es que ya sólo no ve quien se niega a ver –por miedo, desidia, incapacidad o provecho personal–.
Ah, sí, lo de Julio Iglesias. Qué pena, coño, que es verdad que me he quedado sin folio –del mismo modo que en los telediarios, precisamente por hablar de Julio Iglesias, se están quedando sin tiempo para hablar de la miseria moral, social y política que nos lacera–. Pero bueno, qué le vamos a hacer. Otra vez será. Un canto a Galicia y tal. ¡Oeeeeahhhhh!