Sin traspaso de conocimiento de generación en generación, seguiríamos metidos en la cueva esperando que cada nueva hornada inventase otra vez, y partiendo desde cero, el fuego, la rueda o la escritura. En ese sentido, el libro continúa siendo uno de los artefactos más portentosos que se han alumbrado, puesto que hace posible la memoria y, por tanto, la cultura. En la más modesta biblioteca de barrio nos aguardan voces centenarias, milenarias algunas, deseando susurrarnos sus experiencias, sus secretos y sus mentiras –también se miente escribiendo, no lo olvidemos–.
Es un tema crucial el del legado. La cadena va enlazando eslabones y mantiene así la llama del saber. Muere un sabio, ¿y dónde queda el tesoro de cuanto alcanzó a conocer? Es de esperar que en su obra, pero también en sus sucesores, en sus alumnos, en todos aquellos a los que traspasó la herencia. Si su sabiduría se agota con él, ese río se seca; ese Nilo, por caudaloso que haya llegado a ser, perderá su delta y toda la fertilidad asociada al mismo.
Se consideraba antes que una generación duraba quince años. Con la aceleración del cambio social, quizá debamos admitir que ese plazo se ha acortado prácticamente a la mitad. Y lo que hemos obtenido es una sucesión de generaciones urgentes cada vez más distanciadas entre sí. La cadena, deslavazada, ha dejado de garantizar el mantenimiento del saber. Nunca ha habido tanta información. Pero, a la vez, nunca tanto ha servido de tan poco y con el agravante del riesgo de pérdida.
Estos pensamientos me rondaban ayer durante el acto de conmemoración del 75 aniversario de la Peña Taurina Los de José y Juan, en la plaza de Madrid. Intervinieron en faenas con sabor y muy bien medidas el doctor Luis Madero, actual presidente de la institución, Pedro Chicharro, François Zumbiehl y Andrés Amorós. E insistían en sus discursos en la necesidad de mantener la pureza y la integridad de la Fiesta y en la importancia de garantizar la heredad, la transmisión del saber y de buenos valores a los jóvenes llamados a tomar el testigo.
Joselito el Gallo y Juan Belmonte fueron los gigantes inspiradores de esta peña que echó a andar en 1951 y que continúa fomentando el conocimiento a través de conferencias y de la publicación de libros. A tenor de lo visto, ese esfuerzo continuo garantiza varias décadas más de persistencia. Pero, ¿cómo se materializa esta sucesión? ¿Cómo se lega lo que se sabe? La palabra, oral o escrita, parece la herramienta fundamental, y de ahí las citadas actividades. Pero no sólo. Porque también el ejemplo dado por el mentor ofrece al pupilo credibilidad e inspira en su ánimo el deseo de dar continuidad a lo que recibe. Una enciclopedia parlante que no esté a la altura en el comportamiento desestimula. No basta con decir, sino que hay que hacer, y es importante el cómo se hace. El contacto personal cobra especial relevancia, pues incrementa el poder del mensaje. Ahora se fomenta lo contrario: la distancia, la videoconferencia, quedar desconectados… y lo dicho pierde fuerza.
El interés. La devoción. El respeto. La capacidad de escuchar. El entusiasmo. La comprensión. El poder comparar lo que hubo con lo que hay. El discernimiento. Captar el provecho que puede conllevar una novedad, pues no todo lo nuevo es nocivo por definición. No dejarse llevar por modas insustanciales. Ni por la prisa. Ni por la multitud. Saber vernos en el tiempo, tan modestos, tan poca cosa, y sin embargo, con tanto deseo de conocer. Todo esto, que no es poco, está en juego cuando hablamos de ese ayuntamiento entre quienes fueron y quienes habrán de ser o ya son. Por eso al poder le interesa que no nos conozcamos. Que nos neguemos los unos a los otros. Que nos desconozcamos. Que nos veamos solos, de vuelta a la cueva, sin fuego, sin ruedo, sin rueda, sin escritura.
Allí estaban: José, Juan y Los de José y Juan. Y en medio, aprendiendo de ese modelo de comunicación entre generaciones, yo: el de Manolete.