Inmundicia

La primera señal de alarma alcanzó a Pepe a través del olfato. Cierta mañana de un domingo electoral se percató de que llevaba un rato envuelto en un olor penetrante, desagradable, que no sabía de dónde provenía pero que se había expandido por toda la casa. Fue de habitación en habitación hasta determinar que en la cocina y los baños la sensación era más pronunciada.

No tuvo tiempo de dudar demasiado acerca del origen de la pestilencia, ya que al cabo de unas horas la cosa se hizo evidente: todos los grifos comenzaron a gotear. Más que gotear, a segregar, porque la sustancia que caía tenía algo de untuoso, de viscoso, con una tonalidad que quedaba a medias entre el gris y el marrón. Abrió los grifos a tope, para intentar que lo que fuera que causaba aquello quedara al descubierto o fuese expulsado. Pero no hubo manera. La sustancia inmunda fluía sin cesar y además el problema iba a más. Cada vez caía en más cantidad y con más brío.

Pepe llamó al fontanero, que sólo se presentó al tercer día y después de haberle dado varias largas. Estuvo el tipo metiendo unos alambres por todos los grifos: fue del fregadero al lavabo, desarmó el teléfono de la ducha, examinó la cisterna del inodoro… Su diagnóstico no pareció tajante. Se refirió a aguas movidas por las lluvias de primavera y a no sé qué obras en tal colector central. Pero no ofreció una solución definitiva. Dijo, eso sí, que se trataba de un «caso puntual», empleó muchas veces esa expresión, y aconsejó a Pepe que confiase en el sistema, que todo estaba previsto y que no tardarían en volver a la normalidad. De momento, introdujo diversos líquidos en la entrada general del agua y aconsejó esperar algunos días para que hiciesen efecto.

No hubo tal. Ni esa vez, ni las muchas que el fontanero vino acompañado por un número creciente de ayudantes. En cada visita, la explicación dada era distinta, los plazos cambiaban y el servicio se encarecía.

La grifería, ajena a estos afanes, había pasado del goteo al chorreo. Manaba de manera continua una viscosidad maloliente que no tardó en rebosar la capacidad de absorción de los sumideros. La sustancia no se conformó con tomar la cocina y el baño, sino que se desbordó hacia el pasillo y el resto de habitaciones.

Llegó un momento en el que Pepe ya ni siquiera percibía el mal olor, que quedó incrustado en lo más profundo de su sentido. Los fontaneros entraban y salían de la casa, se hicieron llave propia, y Pepe se resignó a una existencia nauseabunda. Despertaba enfangado, chapoteando en la cama sobre esa especie de yogur cuajado, de esa saliva de monstruo que fue ascendiendo por las paredes, como si contase con una voluntad propia que la empujase a conquistar cada confín.

Las ventanas quedaron atascadas. La cochambre penetró en armarios y en cajones, untando ropa, enseres, libros. Pepe se contempló desnudo, recubierto al fin también él por la corrupción imperante. Olvidó el hombre cómo era la vida antes de aquel caso puntual, antes de quedar sepultado en un pantano hediondo del que emanaban pompas que, al reventar, provocaban un ruido en el que se adivinaba una burla.

Lo último que la inmundicia cubrió fue un trozo del espejo del salón. Pepe tuvo tiempo de mirarse en él antes de que el velo de toda aquella podredumbre lo ocultase. En su reflejo contempló a un ser hasta arriba de lodo. Sólo sus ojos mantenían un resquicio de limpieza, de pureza. Y de ellos vio escapar una lágrima.


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