Ingleses y argentinos

No seas vergonzoso, amigo lector, y reconoce que disfrutaste tanto como yo del Inglaterra Argentina de anoche. Desde que empezaron a darse leña entre ellos durante los himnos, uno se relamió con la tranquilidad del que sabe que espera a que dos acaben de ajustarse las cuentas para enfrentarse al que quede en pie.

Vistos los antecedentes, yo esperaba algún escándalo arbitral a favor de la Albiceleste, pero no hubo tal. El árbitro, afortunadamente, no tuvo protagonismo, más allá de que dejó jugar duro, como en el resto del Mundial. La guerra la comenzaron los argentinos, pero los ingleses no se amilanaron y respondieron con la misma contundencia. Cada balón provocaba un altercado. Resultó milagroso que la cosa no acabase en pelea multitudinaria o en lesión. No se llegó a los extremos de lo que se permitió a los paraguayos frente a los franceses, cuando sólo faltó sacar a relucir las navajas en algún córner, pero el choque resultó de alto voltaje, con dos equipos que apenas proponían juego y que se concentraron en salir vivos de cada lance.

Me pareció, no obstante, que Inglaterra perdía más al permitir que el terreno de juego se convirtiese en algo parecido a Sierra Morena en tiempos de los bandoleros. Kane me recuerda a un capitán del Gondor de Tolkien. Y Bellingham tiene una clase superior, pero la compatibiliza con su condición de soldado, más canchero él solo que los once argentinos juntos. La debilidad inglesa atrás contrasta con su capacidad para hacer daño arriba, y por eso buscan transiciones tan rápidas.

El segundo tiempo atemperó los ánimos, puede que por necesidad física. Inglaterra encontró su gol en una tarascada rápida y entonces se acabó el partido para ella. Fue un gol pírrico: en el que se perdió más de lo que se ganó. Porque en ese momento su seleccionador, el alemán Thomas Tuchel, decidió ir con Argentina, fue poseído por la cobardía en modo superlativo y metió a los suyos en el área, cambio a cambio, algo suicida.

Y Argentina, que no sólo tiene a los árbitros y a Messi, sino a otros muchos que juegan con el hígado en la boca –palabras de Juan Antonio Escudero, que de esto sabe– se encontró una invitación a arrollar al rival. Y la aceptó con gusto. El asedio de los de Scaloni fue constante, y aun ganando, se intuyó que los ingleses no llegarían a la prórroga. Entregados, como si hubiesen recibido la orden de rendir la plaza, recibieron dos goles como pudieron recibir diez, los que hicieran falta. Con qué brío jugó Argentina. Fue hermoso ver tanta determinación, negándose Messi a que aquello fuese su despedida.

Ganaron justamente. Merecidamente. Y ahora, en la final, sabemos que hemos de esperar a once tipos que no van a perdonar nada, que van a desplegar todo el catálogo de juego sucio que sea necesario y que, probablemente, lo hagan con la permisividad del árbitro, en la línea del resto del Mundial, y más aún si a Argentina le conviene. Ya frente a Holanda, en la final de 2010, el trencilla consintió la violencia antideportiva –recordemos el rosario de faltas en el centro del campo, cómo se lanzaron sobre el tobillo de Busquets o la agresión con los tacos de De Jong en el pecho de Xabi Alonso–. Y aún así, España fue campeona. Esta vez hay que meter unos cuantos goles más de los necesarios: hemos de contar con que alguno le van a dar a ellos, y uno o dos nos quitarán, amén de que intentarán hacer el juego imposible, y ahí estará el quid. Quedan días de expectación, como si la pelota fuese importante, como si fuésemos niños otra vez. Qué gran telón es el fútbol para tapar el maltrato sobre la sociedad por parte de las instituciones.


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