Gratis

Una de las palabras que más daño han hecho a la socidad actual es el vocablo gratis. El concepto gratuito se colocó como una carga explosiva en los cimientos y sólo han tenido que esperar a que pasase el tiempo y a que la detonación silenciosa hiciese efecto, desmoronando el edificio. Porque se ha vendido que existe lo gratuito: lo que se consigue sin esfuerzo, el dinero que nos llega desde el cielo como el maná; nos hablan de la sanidad gratuita, de las carreteras gratuitas, de la educación gratuita. Falso. Nada es gratis. Eso, sencillamente, no existe. Cuando el Estado te da algo es porque se lo ha quitado a otro o porque al colectivo se le ha cobrado en forma de deuda, es decir: de pago futuro. ¿O creéis que no nos están cobrando a precio de oro esas carreteras, esa atención médica –llamésmole así– y esos colegios en los que, en vez de ilustrar, se adoctrina? Cada metro de carretera gratuita lo estamos pagando como si hubiesen construido diez kilómetros, y quizá me quede corto.

«El dinero público es sagrado», dijo Julio Anguita, cándidamente. Estuvo cándido mi paisano porque debería haberlo expresado de este otro modo: «El dinero público debería ser sagrado». Frente a esa ética postura, encontramos la de una de las mandamases más recientes, que proclamó que «el dinero público no es de nadie», no sabemos si desconociendo lo que decía o incurriendo en una mentira a sabiendas: no sabemos, por tanto, si se expresaba desde la estulticia o desde la maldad. Yo diría que movida por ambos estímulos simultáneamente.

No sale gratis el robo continuo, mayúsculo y criminal llevado a cabo por parte del sistema. Para contentar a una masa de menesterosos, esparce cuatro limosnas y convence a una parte de que sin la dádiva estatal no podrían sobrevivir, cuando lo cierto es que la gran dificultad de la supervivencia actual reside precisamente en el hurto desmedido por parte de las instituciones.

No sale gratis que las oceánicas partidas presupuestarias se estén yendo a vicios, cuentas opacas en paraísos fiscales o empresas de amigos y familiares que no garantizan, desde su incapacidad, ninguno de los servicios por los que se les paga. No sale gratis que el mundo esté gobernado por criminales, que sus empleados, que sólo son los que dan la cara, hayan sido escogidos de entre lo más vil del rebaño, y no sale gratis que miremos hacia otro lado, entregando nuestro raciocinio a artefactos de laboratorio como la división entre izquierdas y derechas.

No sale gratis ser un irresponsable: hasta que la sociedad, en conjunto, no tome las riendas de lo suyo y se niegue a seguir colaborando y prestando legitimidad a un grupo de malhechores, las consecuencias se seguirán pagando. Y caro. Muy caro. Puesto que nada es tan caro como lo que se te ofrece como gratuito. Hoy son infraestructuras dejadas de la mano de Dios porque el dinero destinado al mantenimiento acabó ellos sabrán dónde, pero al rato es la educación, la sanidad, las autovías, la convivencia en la calle, en los peores barrios –donde no verás viviendo a ninguno de quienes abanderan el denominado multiculturalismo, otro aparato ideológico al servicio del poder y contra la gente–.

Nada es gratis. Nada es más peligroso que lo gratuito. Sin esfuerzo, te dicen, sin tener que pensar, porque tienes derecho a que te lo entreguemos. Cuidado, muchacho, huye: ahí alguien te está intentando convencer de que vivirás plácidamente en el establo, de que ellos te irán echando pienso a las horas de comer, de que ellos te cobijarán. Incluso si has nacido con alma de esclavo y te conformas con esa existencia lamentable, ridícula y vergonzosa, has de saber que es mentira, que no te van a mantener más que hasta que ellos quieran, que mañana se caerá el techo del establo contigo debajo, que la inflación se debe al gasto monstruoso en partidas no justificadas, que llega el día de la matanza y, oh, sorpresa, los que se supone que te garantizaban la comodidad aparecen con un cuchillo porque ha llegado tu San Martín.

No es gratis, en el caso de España, que la sociedad civil haya sido amordazada mediante un ordenamiento que habla de división de poderes, siendo esto imposible, ya que no existen poderes, en plural, sino un solo poder, único, con distintos brazos: el judicial, el político, el financiero, el farmacéutico, el cultural… No es gratis la corrupción. No es gratis seguir llamando democracia a esto. No es gratis, y estamos pagando las consecuencias –ese pago supondrá una carga cada vez mayor y más dolorosa– seguir diciendo a todo que sí. Es un sí carísimo. Imposible de pagar. Quod erat demostrandum.


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