Final anticipada, dijeron algunos. Si así hubiese sido, final un tanto insípida, ya que ni los lusos dieron de sí cuanto se temía ni el dominio de España tuvo como fruto más que la materialización de un solo gol, suficiente, para pasar la eliminatoria. Ahí quedaron el oficio de Cucurella, la ausencia de Pedri, la terca insistencia de De la Fuente con él, la mejoría de Rodri, la versión de perfil de Yamal y los ocho balones tocados por Merino –no le hicieron falta más–.
Pero si estos octavos de final nos han dejado una imagen y un motivo para la reflexión ha sido a raíz del adiós de Cristiano Ronaldo, que disfrutó de varias ocasiones que antaño jamás habría perdonado. Ha sido alcanzado por la edad, por el tiempo, con el que ha mantenido una loable pugna durante años, forjándose en exigentes entrenamientos, afilando el cuerpo como un general macedonio poniendo a punto a la falange con la que ha logrado en dos décadas largas tomar el Occidente, el Oriente y hasta permitirse soñar con conquistar el mundo conocido, el Mundial, que quedará para él como una muralla no derribada.
Quizá no sea exagerado admitir que lo ha hecho con dignidad, sin llegar a arrastrarse, aunque por poco. Quien sí que emitió una imagen caricaturesca fue otro que se marchó el día anterior, Neymar, que no pudo evitar la evidencia de que anda fuera de tipo, pasado, por mucho que le diesen una talla superior de camiseta. Su actitud chulesca no es nueva. Ahí lo vimos, en el penalti lanzado, desplegando todo un catálogo de lo que no hay que hacer si uno desea transitar los senderos de la elegancia y la compostura. No creo que Ancelotti ignore que contar con él condenó a Brasil.
Frente a ambos, Messi, a quien el tiempo también va asediando pero, de momento, arropado por su profundo concepto del fútbol y por los despachos de la FIFA, obcecados en que el diez argentino conquiste otro título, tal y como hemos vuelto a ver ante Egipto. Intuyo que el descaro será mayor conforme pasen las eliminatorias y la necesidad acucie a la albiceleste. Sus adversarios ya saben que han de golear sin contemplaciones, pues siempre contarán con la intervención adversa del estamento arbitral. No está mal como ejemplo del funcionamiento de las instituciones, a las que resulta iluso reclamar justicia.
El Mundial es un gran escaparate, un escenario, un gran negocio, una guerra para mover emociones y distraer a las masas. Pero todo es válido, si se emplea para alcanzar lo humano. Y lo humano se presenta incesante en esta competición. El grupo tiene más fuerza que el genio –eso es España–. El tiempo, sin excepción, envía al destierro del olvido a todo quisque, por mucho que antes lo mimase la fama –Cristiano o el barriobajero Neymar, burla de sí mismo, de lo que pudo llegar a ser y nunca fue–. Y todo gran artificio en el que se juegan pasiones masivas se encuentra tutelado por quienes hacen las normas, siempre para sí, jamás para los valores que invocan en apariencia. Supongo que filósofos, antropólogos, historiadores o militares podrían tomar al fútbol como alegoría para hacer entender sus respectivas disciplinas.
Y ahora, Bélgica. En cuartos, de donde nunca pasábamos antes. Ahí nos esperan Courtois y Tintín. Y Milú, que muerde.