España Argentina

Desde el dudoso debut que se firmó ante Cabo Verde, España ha mejorado en el transcurso del Mundial. Pasada la fase de grupos, tras golear cómodamente a Arabia y aguantar los arreones de una intensa pero inconcreta Uruguay, las cuatro eliminatorias han traído ese ir a más. Despachada Austria, ante Portugal se ganó con un gol a última hora de Merino, pero todavía en ese partido cualquier resultado hubiera sido creíble. Frente a Bélgica sí se dio ya una sensación de consistencia. Y la gran prueba, la semifinal ante Francia, se superó con matrícula de honor, dominando al gallo, negándole el balón en un soberbio despliegue de juego colectivo. Tras el encuentro entre ingleses y franceses, se valora aún más que tipos con tanta mordiente arriba como son los galos se viesen incapaces casi de encarar el arco español –obviando la falta de tensión competitiva en el partido de anoche, pues no se jugaban nada: el bronce no es nada, sino un tercer y cuarto puesto–.

España no es favorita. Tampoco una víctima. Llega a la final habiéndose reconocido a sí misma, con un Cubarsí enorme, que cuando no ha visto opciones ha llegado a sacar el balón treinta metros en conducción, como hacía Roberto Carlos. Dos laterales, Cucurella y Porro, que han supuesto un dolor para los rivales. Un Rodri que ha crecido desde una versión menor de sí mismo hasta ejercer de nuevo su centro de gravedad sobre el juego, aquí muy bien acompañado por Fabián, por Dani Olmo –que no sólo ha bajado al centro del campo sino que ha ofrecido pases rompedores en la media punta– e incluso por Oyarzábal, un medio más en semifinales. Yamal se ha ido centrando, quizá menos incisivo pero más colaborador con sus compañeros, hasta en defensa. El banquillo aporta: sale Pedri y da oxígeno; no ha llegado físicamente para titular durante toda la competición, y esa rectificación ha sido la más importante de De la Fuente.

¿Entonces? ¿No es favorita España? No. Primero, porque en la final de un Mundial no existen favoritos. Segundo, porque enfrente está Argentina, que ha llegado resucitando varias veces, ya perdida, y eso otorga al que sobrevive una sensación de invicto contra la que es difícil luchar. Tercero, porque ahí está Messi, que a sus treinta y nueve años mantiene el toque y que, por su estilo de juego, no depende tanto de su físico. Cuarto, porque nos enfrentamos a Bilardo: «Pisalo, los de rojo son los nuestros. Al enemigo, pisalo». Eso significa que los argentinos, como hicieron ante Inglaterra, emplearán todo el juego sucio que se les permita. Pero, quinto, ojo: también nos enfrentamos a Menotti. Argentina no sólo es juego violento y antideportivo: cuando se ponen a jugar, juegan. Lo que no se sabe es por qué no lo han hecho más, teniendo como tienen al Cuti Romero, a Lisandro, a Enzo, a Mac Allister, a Paredes,a Lautaro o a Julián Álvarez, además, obviamente, de al citado Messi. Y sexto, el factor que a mi entender es más determinante: tal y como ocurrió en el Mundial de Catar, pero con mucho más descaro, Argentina ha contado con el apoyo arbitral cuando le ha sido necesario. Es inocultable la lista de goles anulados, tarjetas no recibidas y, sobre todo, el juicio de qué se le pita al contrario que no se le pita a ellos. Suiza y Egipto han padecido especialmente ese maltrato arbitral. Y eso significa que España, esta noche, juega también contra la FIFA. Hablamos de una organización corrupta, como todas las instituciones de esa envergadura, y además corrupta históricamente, pues no parece que haya habido limpieza en ningún Mundial. Quizá la FIFA deseaba y ha propiciado una final España–Argentina, y llegados a este punto deje de intervenir en el juego con decisiones que alteran la competición. Está por ver. Si es por fútbol, hay opciones claras: también el árbitro del España–Holanda de 2010 permitió la violencia a los holandeses y, aun así, ganamos. Que ruede el balón. Y ganar, y ganar, y volver a ganar…


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