Y ganar, y ganar, y volver a ganar. Estaba claro que, para hacerlo, había que meter al menos tres goles, como hizo España anoche. Hubo que vencer tres a cero para que el marcador se quedase en uno a cero e impedir que la FIFA regalase de nuevo el Mundial a Argentina, como sucedió en Catar, por no remontarnos más atrás.
Ya lo anticipamos: el árbitro esloveno designado para velar por la justicia y la limpieza del juego toleró y dio alas a la suciedad y la violencia antideportiva de los sudamericanos, que acabaron con diez el encuentro pese a que debieron quedarse con ocho muchísimo antes. Pues no hubo por su parte más que trapacería, provocación, patadas, matonismo, chulería… Argentina sólo avivó el asco y la repugnancia, y su estrategia se limitó a intentar reventar el partido para resistir hasta los penaltis, la única opción que entendieron viable. Después de ver lo que los españoles les hicieron a los poderosos franceses en la semifinal, comprendieron que no contaban con arma futbolística alguna: si le han hecho esto a los Mbappé, Olise, Dembélé, Rabiot y compañía, ¿qué no nos harán a nosotros, que hemos tenido que robar a suizos y egipcios y brear a juego sucio a los ingleses para que los árbitros nos fueran ayudando a pasar las eliminatorias?
Pero si se dieron el lujo de esta canallada fue porque se lo permitieron. Sin la colaboración de la muy corrupta FIFA, Infantino a la cabeza, nada de eso hubiese sido posible. De entrada, el estado del césped perjudicó y mucho a España. Jugar en un patatal sobre el que no rueda el esférico sólo beneficia a quien desea no jugar. No fue casualidad, por supuesto, como tampoco lo fue el benévolo cuadro que los supuestos sorteos depararon a la Albiceleste, que aun así ha necesitado de la manipulación arbitral para acceder a la final. Todo en la FIFA es corrupción, como lo es en cualquier institución que maneja poder y dinero. No sé qué tendrá que decir ahora Pier Luigi Collina, del que tan buen recuerdo guardamos como colegiado y que ahora se dedica a tapar las vergüenzas de la Comisión de Árbitros de la FIFA.
El gol de Ferrán hace justicia y permite respirar de alivio, ya que una victoria argentina, por la que tanto han trabajado estos estamentos, hubiera resultado insoportable para el mundo del fútbol. Argentina ha quedado expuesta como lo que es: una banda que no ha jugado a nada más que a la cerdada y que además no ha sabido perder, con el comportamiento de patio de cárcel lamentable pero muy revelador con el que se manejaron tras el pitido final. Y la FIFA, en fin, también ha quedado retratada como una rama más de la mafia, tal y como ya denunció Maradona en su día, por cierto.
España ha ganado el Mundial pese a la FIFA, no gracias a ella. El gran mérito de este equipo, anoche, no sólo estuvo en lo futbolístico, en ese adueñarse del balón y negar toda opción al rival, sino en tener la suficiente cabeza fría como para no entrar al trapo de la provocación de la piara que tenía enfrente. De la Fuente ha sido el gran artífice de ese temperamento adulto, de gobierno y templanza, con un imponente Rodri como su representación sobre el césped –si es que a eso sobre lo que se pretendió jugar se le puede llamar césped–.
Queda la pena de no haber podido disputar una final de verdad, en serio, jugando al fútbol, como pudo ser el partido contra Francia o hubiese sido contra Inglaterra, por ejemplo, en caso de no haber tenido que soportar a la Argentina de la FIFA, que por cierto no alcanzó ni a tirar a puerta durante el tiempo reglamentario. Qué vergüenza para una gente con tantas ínfulas sin sustento.
Ha sido muy visible que todo es corrupción, y el fútbol incrementa la repercusión de lo observado, pero no hay nada de lo dicho sobre la FIFA que no sea aplicable a las demás grandes instituciones. Sacad, amigos, vuestras conclusiones, ahora que el balón se ha detenido pero el resto de cosas sigue ahí: es el sistema el que está corrupto, en todos sus órdenes. Y eso sí que importa, no como el fútbol, que es sólo un entretenimiento de masas, una distracción. Ay, si todo este empeño en la pelota lo pusiésemos en combatir la tiranía que nos gobierna.
En fin, dos estrellas ya en la camiseta, dos estrellas ganadas a pulso, contra los poderes establecidos, y jugando al fútbol. Y ganando, ganando, volviendo a ganar. Enhorabuena, campeones.