Nací y me crié en otro siglo –sí, crié con tilde, pese a las doctas indicaciones: es bisílaba, aguda y existe un hiato que separa la vocal débil de la fuerte–. Nací en otro siglo, decía, como casi vosotros. Sobre todo, nací en otro mundo.
Que yo distinga, he conocido ya tres escenarios: el que imperaba durante mi infancia y primera juventud; el que vino después, más o menos desde la llegada de los móviles e internet hasta 2020; y lo de ahora, difícil de calificar sin caer en tremendismos o echar mano del insulto.
El mundo ha cambiado, comienza la película de El Señor de los Anillos. Lo sabemos. Y no porque lo sintamos en el agua, ni en la tierra, ni en el aire, sino porque lo notamos en el ascensor, en el bar, en la calle, en el espejo.
En el mundo en el que me crié, la palabra guión llevaba tilde y era difícil compartir ideas o sentimientos más allá de tu círculo social. Sabían de ti tus familiares, tus vecinos, tus amigos y alguna de esa gente con la que simplemente te conocías de vista. Ahora es diferente. Se vive en contacto y hasta se mantiene un diálogo más o menos continuado con personas distantes o de las que no tenemos ni siquiera referencia real.
Ayer, contestando a EME, una tuitera malagueña, citaba a Bécquer, cuando el poeta proclama: «Yo no sé si ese mundo de visiones vive fuera o va dentro de nosotros; pero sé que conozco a gentes a quienes no conozco». Muchos sabéis de qué hablo: reconocer en la otra persona a alguien afín, tremendamente afín; tanto, que al poco tiempo de conoceros apenas concibes cómo era cuando no os conocíais.
¿Esto de discutir, hablar e intercambiar pareceres con quienes pueden ser confundidos con la irrealidad es bueno o malo? De entrada, no está reñido con lo real. A no ser que discutas con un bot –algo no improbable para quienes se afanan en tener razón–, nada impide trabar conocimiento con esa gente con la que, a diario, comentas, lees, escuchas y reflexionas.
En realidad, una red social se convierte en red en sentido hondo cuando se materializa. Cuando tomo un gintónic con Ignacio y me maravillo de que en persona su potencia dialéctica y su claridad mental resultan aún más patentes que a través de internet. O cuando Mara se ríe y yo sospecho entonces que a la Sagrada Familia le debe de quedar poco para tocar el cielo. O cuando charlas con Fuensanta, a quien ya conocías veinte años antes de todo este jaleo tuitero, y notas que ella sigue viéndote como el jovencito que ya no eres, pero te hace gracia que te siga percibiendo así.
Las redes sociales son como el bar pero sin camarero. Asumiendo ese punto débil, no se entiende lo de poner el grito en el cielo por el hecho de que aquí haya tontos con altavoz. Como si fuera de internet todos llegasen a Aristóteles…
Cierto es que no podemos perder de vista que las redes las han puesto para pescarnos: para saber qué pensamos, para controlar el cotarro y para silenciar a los que nos apartamos del discurso oficial, de ahí la censura imperante. Y claro que existen subcontratados y cuentas tras las que sólo opera un algoritmo. Pero también te topas, en medio del estercolero, con gente amable, respetuosa, interesada de verdad por asuntos importantes.
Somos mejores de lo que nos quieren hacer creer desde las altas instancias del cortijo. Claro que reinan la imbecilidad, la mezquindad y hasta el odio. Como en la calle. ¿O nunca habéis tenido pandilla, compañeros de trabajo o juntas de vecinos?
Pero el ser humano es asombroso: un amasijo de tripas y pellejos que se empeña en hacer poesía. Eso mismo ocurre con las relaciones humanas: una amalgama de traiciones, sospechas, suspicacias, agresiones, injusticias, parasitaciones y puñales por la espalda, tras la que, cuando lo has dado todo por perdido, también germinan el respeto, la palabra cariñosa, el abrazo sincero o el beso que te permiten resistir una jornada más, sólo un diíta más.
Bajo las bombas del sistema, algunas rosas. Bajo tanta inmundicia, sabes que Cristina sigue yendo al cine los lunes o que Magdalena quiere ir a los toros. O pasa que Mayrin Moore lee junto a su marido tu penúltima novela y te escribe una magnífica reseña. Y te sonríes y dices: un día más, aguanta, Manué.
El mundo ha cambiado. A peor. Como algunas tildes. Pero carajo, no nos entreguemos. Volvamos de la batalla con el escudo o sobre el escudo. Jamás sin él.