Siempre me pareció un logro el que un tipo poseyera su taller, o su tallercito, en diminutivo cariñoso que señala hacia un espacio modesto pero bien cuidado. El esmero que se pone en lo propio no se puede comparar con lo que uno ve en las grandes empresas, donde ocurre lo opuesto: como esto es de todos, me llevo mi parte. En fin.
Pero el taller, el señor del taller. Por ejemplo, me viene a la mente el carpintero con el que convivía Pumuki, un duende pelirrojo de dibujos animados que habitaba el mundo de las personas reales. Aquello lo ponían cuando yo era niño, una producción checa creo que era, o de por ahí, de esos países que entonces nos parecían tan lejanos, tan ajenos, casi exóticos. Pues no: que era alemana la cosa, que lo acabo de mirar. Pero a lo que voy: Pumuki andaba descalzo, que yo recuerde, y miraba a través de las cristaleras hacia un exterior donde nevaba, o hacía viento, y él permanecía al amparo del taller de aquel hombre que se afanaba, a lo Gepetto, en sus maderas.
Un taller, insisto. Y en él, muchas opciones: carpinteros, como digo, pero también sastres, zapateros, mecánicos, alfareros, impresores, herreros, tapiceros, relojeros… Porque es el taller un universo propio y que establece los límites de un mundo dentro del cual a esa persona le sobra el resto, porque se basta con lo que ocurre entre sus paredes. Un artesano en su taller es capaz de obrar numerosos milagros. El primero, habitar los días iguales pero distintos, siempre inclinado sobre su obra, repetitiva pero única en cada uno de los encargos. También se relaciona con su sociedad, haciendo valer su oficio, inserto en un barrio, conociendo y siendo conocido: un modo social, un modo de ejercer la esencia del animal político. Y sobre todas las cosas, en el taller ese hombre obtiene lo necesario para conseguir sacar su casa adelante –estoy hablando de tiempos en los que el Estado aún no te lo robaba todo, impidiendo cualquier actividad–.
Me encantaría tener un taller para hacer lo mío. Un chamizo, algo pequeño, con un sillón cómodo pero que no adormezca y una mesa, el calendario colgado en la pared, un flexo, algún paquete de folios, unas bandejas atestadas de papeles inciertos, lápices, bolígrafos, gomas, un par de reglas o cartabones, un corcho con notas y recordatorios… Un habitáculo que dejase claro que ahí se va a sentar un tío a escribir, un oficiante, un artesano de las letras. Sin más pretensiones. Sin altisonancias. «Déjate de hostias», que me dice el maestro José Luis Palomar cada vez que me quiere devolver los pies al suelo de su sensatez soriana.
En ese taller, yo haría pausas, y alguien vendría al poco de arrancar la mañana para decirme que ya es hora, que vamos a desayunar. Yo, con un sobretodo para evitar que las frases me manchasen la ropa, acudiría a la cafetería, tomaría un solo con un puyazo de coñac, por ejemplo, una alegría para entonarse, y comentaría con los parroquianos las cosas del lugar, el tiempo, cómo le están regalando el Mundial a Argentina, yo qué sé. Y volvería al taller, para seguir hasta la hora de comer. Y por las tardes, otro rato. Y los sábados. Hasta los domingos. «Manuel, ¿también escribe usted hoy?». «Pues ya ve, don Anselmo, que hay que comer todos los días».
En realidad, aunque no es así, sí lo es. Esté donde esté, en cuanto se posan las manos sobre el teclado y la vista se fija en la blancura por escribir, ya está uno en el taller, en el tallercito, hermanado con los ebanistas y los encuadernadores. El trabajo, cuando es hermoso, es una bendición. Y hasta eso nos quieren quitar, dándonos el pienso gratis. Y claro: no hay nada más peligroso y letal que lo denominado gratis. Eso lo sabe hasta Pumuki.