El salvaje

Que el despertar sorprenda con el sol entrando por la ventana me causa estupefacción, por inusual. Acostumbrado a estar montando guardia sobre las almenas de la mañana, esperando la amanecida ya en plena labor, esos momentos iniciales en los que retornamos a la vida consciente y tardamos unos instantes en evocar quiénes somos, qué hacemos aquí y hasta qué día es se convierten en un salto aún mayor.

Pero aquí estamos, como cada jornada hasta ahora, y parece que al abrir los ojos y nacer de nuevo al mundo uno se da la vuelta en la cama acompañado por otro ser, un ser con biografía, nombre y apellidos, obligaciones, calendarios, proyectos, querellas, tendencias, amores, preferencias, rencores, arrepentimientos, deseos, miedos, anhelos, recuerdos… El primer traje que nos ponemos al reincorporarnos no es el pijama, la bata o la ropa de andar por casa, sino nuestra propia identidad, como una indumentaria.

Es inquietante pensar quiénes somos desnudos, pero no desnudos de carne, sino de adjetivos, de añadiduras, de vida ya vivida y por superar o sobrellevar. Al llegar al espejo, ese tipo te espera ahí dentro, en tu reflejo, salvaje y recién retornado de viajes nocturnos por sueños de guión incierto. Te mira con sus ojos de animal puro, aún por domesticar mediante urbanidades y hábitos sociales, con sus manos paleolíticas más aptas para el manejo de la piedra que de los alfabetos, con su melena cayendo libre, con sus hombros y su pecho al aire, pidiendo salir de caza. Cuesta no tomar la lanza, las puntas de sílex, y lanzarse a la calle en busca de corzos.

El agua de la ducha te va cayendo y deshaciendo adomercimientos, como una lluvia civilizatoria que te empapa con todo aquello que se supone que eres. Sales, comunicas a la toalla tus humedades, te vistes, te disfrazas de persona, comienzas los ritos del café y de los asuntos matinales, que aguardaban a los pies de la cama tardía que hoy te enredó por haber permitido que anoche se te fuera la hora. Cuando joven, uno dormía poco o no dormía, y la maquinaria de la rutina no se resentía. Sobraban energía, curiosidad, ganas o yo qué sé. Ahora, al cuerpo ya no lo engañas con tanta facilidad, pues ha perdido su inocencia y reclama descanso por encima de todas las cosas, decepcionado quizá por haberse sacrificado tantas veces sin obtener recompensa.

De modo que le retomas el hilo de las horas, regresas a las escrituras, al plan de acción, a lo que te habías marcado, retomas las letras, los trabajos, la novela, las llamadas, los plazos de entrega, las citas. Y te pones a ello sintiendo, como una segunda ducha, el efecto sobre tu ánimo pero también sobre tu cuerpo de la disciplina, de la acción. Mañana a lo mejor hablo sobre la acción, tan benéfica. Pero hoy me quedo con el despertar, con el reingreso en el mundo, ahora que las manos ya se han puesto a danzar sobre las teclas y el vacío parece haberse colmado de nuevo.

¿Qué pasaría si, amaneciese a la hora que amaneciese uno, se negara a vestirse de sí mismo, renunciara a los hábitos que hacen al monje y saliera, en efecto, a tal prehistoria? ¿Qué pasaría si, en vez de convencer a ese salvaje cada vez más entristecido por dejarse encerrar cada mañana, lo dejásemos libre? Siempre he tenido la sensación de que el salvaje sabe escribir mejor, sabe relacionarse y amar mejor, sabe vivir mejor. Qué personajazo ha de ser. Y qué rara es esta insistencia en los despertares y los días.


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