El olvido

Abril, a sus cinco años, ha olvidado que con apenas tres vio Heidi y Marco. Y sólo recuerda, a retazos, la serie de Yackie y Nuca. Me dice su padre que a los tres se produce un reseteo en la memoria del crío, que olvida lo anterior. Yo creo haber oído hablar del olvido de la infancia como concepto, efectivamente, una limpieza que el cerebro hace a esa edad y que coloca a cero el marcador. El olvido de la infancia me parece un título hermoso para un libro de poemas.

Claudia me dijo, cuando apenas tenía cuatro, que antes de nacer ella ya me quería. «Ya lo sé», le contesté yo. «Ya sé que lo sabes», respondió ella. Y esta breve pero inquietante conversación cayó en la desmemoria de la niña, aunque no en la mía, que he ido anotando sus mejores frases desde que comenzó a hablar.

Me encantaría saber más sobre ese asunto. Los niños, la memoria, el aprendizaje de las letras, comenzar a escribir. Yo tengo recuerdos antiquísimos, tan antiguos que mi primera hipótesis es la de que no constituyen recuerdos reales, sino invenciones de mi cabeza a posteriori. No lo sé. No recuerdo haber aprendido a leer ni a escribir, por otra parte.

Pero sí que está ahí eso: el olvido como liberación. Abril puede ahora ver de nuevo sus series de los tres años como si fuese la primera vez. Durante mucho tiempo fantaseé con esa opción, la de olvidar la lectura de grandes obras para poder disfrutar de modo inaugural de El Quijote, o La Odisea, o El Señor de los Anillos, o a Lorca, o El Aleph. Entendía el olvido yo entonces como una oportunidad para deshacernos de pesos que resultaban insoportables. Discusiones, problemas, momentos trágicos, despedidas, muertes, dolores, decepciones, traiciones, humillaciones, desilusiones, ridículos… Todo eso quedaría barrido por el olvido, permitiendo continuar. Así pensaba.

Hoy por hoy, sin embargo, mi opinión es distinta. No es que ansíe la memoria total de Funes el memorioso, el personaje de Borges que todo lo recuerda –todo, cada instante, sin excepción–. Pero entiendo que barrer lo malo abocaría a tener que repetir curso. Otra vez a salir de aquel trabajo con aquel señor tan desagradable y tan mala persona. Otra vez despedir a los seres queridos. Otra vez enfrentarse al miedo de dejarse vencer por el miedo. No, no. Mejor que eso no haya sido olvidado, mejor no tener que volver a matricularse en las mismas asignaturas y verse obligado a superarlas nuevamente.

El pasado está bien donde está, atrás, y supone un tesoro, pues lo que somos es el resultado de lo que fuimos, de lo que una vez deseamos dejar de ser, de lo que entonces no quisimos seguir siendo. Somos los que somos y seremos los que consigamos ser.

Mi bisabuela Dolores, casi nonagenaria, expresaba su deseo de volver a ser joven «pero sabiendo lo que ahora sé, porque si no, volvería a hacer las mismas cosas». Cuánta sabiduría. Pero bisabuela, algo te apostillo a ti, que hueles a jazmín, con todo el cariño del mundo: a lo mejor se trata de eso, a lo mejor se trata de pasar por las décadas para superarse, para limarse, para aprender. No tanto para evitar errores, sino para saber por qué se hizo lo que se hizo y por qué se hizo así. Para conocerse. Y el conocimiento no es posible desde el mero olvido, sin memoria.

Así que, está bien, Abril puede volver a ver Heidi y emocionarse con los ladridos de Niebla. Y yo no puedo leer por primera vez El Quijote, pero es que ahí reside su grandeza: porque cada lectura es mejor que la anterior, cada una de ellas nos desvela aspectos distintos de nosotros mismos. Cada vez recordamos más íntimamente el niño que fuimos.

O dicho de otro modo: cada vez recordamos con más claridad lo que hemos sido desde el principio y tanto hemos tardado en atrevernos a ser.


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