El lector

Se escribe para lanzar un mensaje, para quitártelo del medio, para echarlo fuera. Sí, se puede escribir para que no te lean. Si yo hubiese esperado a los lectores, a las editoriales, al mercado o como se diga eso, probablemente no habría empezado a escribir nunca. Pero incluso en ese caso en el que uno lo hace porque siente que lo tiene que hacer y porque acaba constituyendo un modo de entender la vida, también se escribe para un lector. A veces, para uno concreto, uno que está en la cabeza y al que te estás dirigiendo, como susurrando. Otras, a un lector hipotético, a un lector ideal que supongo que tiene mucho de uno mismo, puesto que el propio escritor es ante todo una persona que lee y, además, el primero que acomete la lectura de lo que se está escribiendo. Yo he llegado a escribir para personas que ya no están, pero teniéndolas a ellas como espectadoras de lo que hago sobre el papel.

Más allá de estas consideraciones esenciales y obvias, una de las decisiones que ha de tomar el tipo que se da a la escritura es el modo en el que va a tratar al lector. Puedes tomarlo por idiota, tal y como ocurre en las noticias, y en ese caso es bastante probable que, efectivamente, acabes hablando sólo para una parroquia de intelecto desfavorecido. Y puedes tratarlo con respeto, pensando que posee capacidad suficiente para detectar ironías, dobles lecturas y juegos del ingenio. Sin hacer del texto un jeroglífico para eruditos –qué horror–, tampoco debes incurrir en crear una serie de viñetas de instrucciones a lo Ikea, explicando cada paso que das. Entiendo que Billy Wilder pensó bastante en todo esto a la hora de hacer lo suyo. Y lo solucionó magistralmente, porque efectivamente, te sientes tan bien tratado, tan respetado, tan cómplice cuando ves El apartamento, que sales de ahí experimentando que alguien ha roto la cápsula de la soledad y te ha permitido transitar un puente.

Eso es la lectura, a fin de cuentas: penetrar en la soledad del lector, que te abre una intimidad a la que ni siquiera muchos matrimonios aspiran. Y te regala su tiempo, te lo entrega, del mismo modo que tú antes has ofrecido el tuyo sobre el papel o sobre la pantalla del ordenador.

A María, mi primera lectora durante los últimos meses, le gusta detenerse en este punto, y me suele subrayar ese tono que empleo, que a decir de ella coloca al lector en una posición de privilegio. No es algo en lo que haya que debatirse largamente. Se trata, como digo, de una decisión a priori, que tomada una vez ya está tomada para siempre y que no resta energía, sino que te marca el tono sobre el que deslizarte.

Todos hemos tenido algún buen profesor. Pocos, pero los hubo. Y los recordamos como gente lista que nos mejoraba. Porque nos respetaban, porque nos invitaban a aprender sin hacernos de menos. Ayer escuché a alguien decir que España es un país en el que es frecuente que quien aprende un concepto se lance de inmediato a despreciar a quienes no saben lo que él mismo desconocía hacía un minuto. Puede ser.

El lector, en definitiva, no es un comprador, un cliente ni un abonado a tu quehacer. Es un espejo en el que uno se mira. Y si el espejo está limpio, da gusto contemplarse y ver reflejadas en él las arrugas, las imperfecciones, las cicatrices. Lo que somos. Lo que afortunadamente somos.


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