La columna de humo que ayer ascendía sobre la sierra de Madrid ha ido siendo desplazada durante la noche hacia el este. En torno a las dos de la mañana comenzó a llegar el olor. Al amanecer, ya teníamos encima la humareda, enturbiando los horizontes e impidiendo ver las montañas.
Huele a humo, a un humo denso, de ceniza. Huele a dolor, el de las decenas de miles de víctimas que han sido desalojadas, que han visto sus montes, sus casas, sus entornos calcinados. Las tres líneas de fuego que han establecido en torno a Madrid se extienden como tres frentes de guerra perfectamente diseñados. Huele a culpabilidad, la de los autores materiales de los incendios, la de los autores intelectuales.
Pero esto no comienza cuando los que han recibido la orden de prender el fuego ponen en marcha el incendio, sino mucho antes. Comienza al asumir y mirar hacia otro lado cuando dieron el primer paso: el falso ecologismo, la denominada Agenda Verde, la transición ecológica. Comienza cuando impiden la ganadería extensiva, la limpieza de los montes, cuando destruyen presas. A eso lo llamaron «reconstitución de la naturaleza». Pero para ellos no había nada que reconstruir, sino que destruir, que arrasar, rompiendo la normal convivencia con ese espacio que decían estar protegiendo. Arrancando olivos. Colocando placas solares y postes eólicos. Agrediendo a la caza, la ganadería, la agricultura. Todo parte de la mentira original de que el ser humano es nocivo, un mal a extinguir. El mal son ellos, no nosotros.
Huele a desfachatez, la de todos los que ahora aparecerán con el pin de la Agenda 2030 para hablarnos de cambio climático, de emergencia climática, de lo que sea que le digan que tienen que decir.
Huele a dejadez, la de todos aquellos que callan, que siguen acudiendo a la urna para colaborar con este sistema canalla que está abriendo embalses, fumigando cielos, dejándonos en la indigencia energética, moral y económica, acercándonos a la esclavitud.
Ellos van agrediendo al ganado, enclaustrándolo en lindes cada vez más estrechos, y continúan sus planes en tanto en cuanto la masa no reacciona y sigue aplaudiendo a las ocho.
La única solución pasa por no creer sus mentiras y por responder en común. Cada uno de los pueblos, a la vez, al monte, a limpiarlo, desobedeciendo todas las prohibiciones. Todos al monte. Todos. A limpiar. A cuidar. El que se quede en casa, el que alerte de que eso va contra la norma, ya lo sabremos: forma parte de la banda.
La única solución pasa por el fuego, precisamente, por el fuego metafórico y purificador que nos libere de esta agresión continua por parte de las instituciones. La maldad gobierna el mundo y lo hace mediante la imbecilidad colectiva. Es culpable también el que se deja estupidizar, el que sigue entrando al trapo de su taimado discurso entre izquierdas y derechas. La batalla de nuestro tiempo no se libra a partir esos ilusorios conceptos, sino entre una sociedad parasitada y los amos del cortijo, los globalistas, dueños del sistema político que nos asola. Qué ironía, que este humo que nos envuelve permita verlo todo tan claro. Qué criminales.