El alfarero

Tengo un amigo alfarero, de los muy pocos que quedan. Se llama Antonio José. Sus manos llevan décadas dialogando con el barro, manteniendo un idilio sensual con las arcillas en busca de la forma y de la expresión. Ayer por la mañana me invitó a asistir a una sesión de trabajo, en su tallercito de Alcorcón, donde él quizá sea el último que mantiene la añeja tradición alfarera de esta localidad madrileña.

Antonio José trabaja de un modo muy peculiar, porque lo hace con público, al que sienta en unos bancos de madera para que lo vean hacer lo suyo. Y mientras él se afana en el torno, haciendo girar su materia prima, los asistentes tienen derecho a ir expresando sus opiniones respecto a lo que están viendo. En silencio, fui contemplando la maestría desplegada por mi amigo. Con qué mimo preparó los materiales, cómo palpó y hasta olió el barro, sintiendo sus cualidades y anticipando de qué manera pedía ser trabajado. Denotaban sus acciones el magisterio de quien lleva toda la vida dedicado a una tarea y la realiza con soltura, naturalidad y absoluto conocimiento. Sin embargo, pronto empezaron las voces desde los bancos. Ciertos asistentes, por lo visto, no estaban de acuerdo con lo que veían. «Vaya barro que te has traído, con eso qué pegote vas a hacer». Me sorprendió muchísimo que alguien se expresara con tanto desahogo, pero Antonio José no dio muestra de darse por enterado, y continuó con su labor. De sus manos fueron saliendo figuras, vasijas, platos, casi esculturas, diría. Nada de esto importó a los presentes. «Venga, hombre, así no se hace. No pises la baldosa. Crúzate al otro lado del torno. ¡Me aburro!». Uno soltó un bostezo que aspiró a ser grito pero que quedó en rebuzno y que, aun así, provocó el jolgorio de unos cuantos. El alfarero, el maestro alfarero, ajeno a los improperios, completó su labor, finalizó siete piezas y las colocó en un estante para que se secaran. Desechó el resto del barro, al parecer inservible. Sin más, se lavó las manos, se quitó el mandil, saludó a la concurrencia y abandonó el taller. Unos cuantos le aplaudieron. Otros apuraron sus censuras. Yo salí de allí sin saber cómo era posible que algo así tuviese lugar. «¿Estos señores que te increpaban son alfareros, son maestros en lo tuyo?», le pregunté después. Y Antonio José, por toda respuesta, me sonrió con unos ojos entre melancólicos y resignados. No entendí nada.

Por la tarde, para airearme un poco después de aquello, me fui a la plaza de Madrid a ver la Corrida de la Hispanidad, donde Morante, Héctor Gutiérrez y Aarón Palacio se midieron a tres de Garcigrande y a tres de Núñez del Cuvillo. No fue el 12 de octubre del año pasado. Los milagros sólo suceden una vez en la vida. Pero yo, durante todo el festejo, seguí oliendo el barro del taller de Antonio José y preguntándome por cuál es la mejor respuesta que puede dar el sabio a la turba. Y todavía no lo sé.


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