Dos cambios

Por más vueltas que le llevo dando al asunto desde hace un par de días, no veo manera de que en una sola columna quepa todo. ¿Cómo compendiar casi cincuenta años de estafa en poco más de seiscientas palabras? Veamos si trazo bien el muletazo y mido la faena como es debido.

¿En qué punto estamos? En el régimen del 78. Apenas se han producido cambios desde que el sistema transmutó el franquismo en una supuesta democracia. Siendo precisos, se pasó de una democracia orgánica a una democracia parlamentaria. «De la ley a la ley pasando por la ley», dijeron solemnes, en expresión acuñada por los guionistas de la Transición aunque atribuida a Torcuato Fernández-Miranda. Así, pasamos de una dictadura formal a otra dictadura travestida de libertad. Pero la democracia no es eso, sino un sistema en el que el pueblo es representado políticamente y donde, además, se cuenta con herramientas de control hacia los poderes establecidos. Una quimera. Evidentemente, hay que mostrarse inocente de libro para pensar que aquí controlamos al baranda de turno, y más aún, en los estertores de un sistema que ya nació siendo una cleptocracia, con los partidos políticos como actores de ese robo al que íbamos a ser sometidos.

La clave de bóveda la representa el robo. Es decir: el que diseñó esto sabía que debía colocar a cargo del chiringuito a una serie de personas ávidas de dinero, fatuas y que progresivamente respondieran a la degradación moral del propio conjunto, que nació enfermo y con la perspectiva de agravarse con el tiempo. Los dueños del cortijo no quieren dinero, sino esclavizarnos, sin más. El modo de hacerlo es colocando en la ventanilla de atención al cliente a esos políticos que han sido criados en las juventudes del partido, sin oficio ya, sin experiencia laboral, amorales y sólo cargados de palabras huecas ideologizadas. Defienden lo que les ordenan, pero si mañana tuviesen que defender lo opuesto, lo harían sin problema, pues su objetivo no es otro que el de seguir viviendo de la política. Este hecho, aberrante, se ha normalizado, como tantos otros males.

¿Cambios? Dos, sutiles pero profundos. Para dar la sensación de que existe representación política se van creando partidos políticos que responden a los hartazgos detectados en la población. Así nació Podemos, para dar cabida a una parte de la gente que se sentía fuera. «No nos representan», canturrearon, como si existiese algún tipo de representación. Y así recibe protagonismo ahora Vox, en respuesta a la evidente fragmentación del país y a su entrega. Ni Podemos ni Vox son solución a nada, como es claro, sólo remiendos para impedir que la gente salga a la calle en masa y para mantenerla esperanzada en que algo cambiará. Cambiará para quienes toquen pelo, adquieran un cargo y logren vivir de la industria política. Lo que con Zapatero fue partir el pastel para responder a la atomización de sensibilidades trajo como consecuencia un incremento en el número de individuos que succionaban los impuestos cobrados a los demás. Ése es el gran cambio en España. Con Sánchez se ha vivido un ir más allá de este hecho, en la asunción de que la permanencia en el poder es más importante que respetar las normas. No hay más. Esos dos únicos cambios. La urna sólo perpetúa este sistema mediante el que los amos nos conducen a un mundo más controlado, hacia la esclavitud, mientras que los ejecutores de ese crimen van tirando, van cobrando, disfrutan de un cargo, de un sueldito, de un coche oficial.

Pues mira, sí que ha cabido todo en una columna. Ole. Quizá no había tanto que decir. Sólo que el mal gobierna el mundo a través de la imbecilidad colectiva. Y de la miseria moral. Hala, a votar.


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