En una de esas fecundas tardes que mantengo de tanto en tanto con el editor Javier Baonza,hace unas cuantas semanas estuvimos discutiendo acerca del modo en el que un personaje se crea. Es frecuente, en medio de esas disquisiciones, que Baonza y yo acabemos disertando sobre platonismo, sobre si la cosa creada ya estaba ahí, a la espera de ser descubierta, o si se trata de un acto puro de creación en el que el escritor va alzando algo nuevo donde antes sólo había elementos sueltos y sin entidad propia.
En un escrito, en una historia, existen varios factores que, como piezas de una máquina, han de funcionar a la par, coordinadamente. Así, tenemos el escenario, el tiempo, la trama y los personajes. A alguien le ocurre algo en un tiempo y un espacio determinados. «Un hombre, un paisaje, una pasión», dice Delibes refiriéndose a las vigas maestras que, para él, sostienen un relato, algo que comparto en líneas generales.
Durante cierta etapa, me centré en la trama, en el argumento. Quise ver hasta dónde alcanzaba ese camino, y lo hice poco a poco. Desde la ausencia de guión que preside mi novela inaugural, El gato sobre la cacerola de leche hirviendo, hasta los recovecos de las posteriores El fin de la crisis o Alejandría y la minuciosidad de reloj suizo que se activa en Sherlock Holmes y el misterio de las voces húngaras. Considero que llegué al límite de esa exploración con El evangelio robot, novela aún sin publicar. Las cuatro citadas anteriormente vieron la luz en Ediciones Evohé.
Pero a la par que aprendía con gozo por esos senderos, año a año fui elaborando cada uno de los relatos de Cuéntame un toro, publicado en Letras de Almagre, y en esas historias fueron los personajes los que, a fuego lento, maceraron hasta conseguir vida propia. Cada vez me interesan más ellos, sus vidas, sus contradicciones, sus desvelos. Si al principio miraba a los personajes desde arriba, después fui colocándome a su altura, cara a cara. Hoy, directamente, procuro hacerlo desde dentro, con su propia mirada. Así ocurre, creo, en Córdoba 1925, de próxima publicación también en Evohé. Y así ocurre, así está ocurriendo, en La ruta de la seda del conocimiento, que preparo con Daniel Suárez, un paso más allá del diálogo socrático establecido en Sócrates y la econología, que Suárez y yo esperamos reeditar en no demasiado tiempo. Lo primero, lo más fascinante, es conocer a los personajes. Quiénes son, de dónde vienen, qué temen, qué odian, dónde cometen sus errores. El maestro Esplá me decía el otro día que a él lo definen sus desaciertos, y que no desearía eliminarlos, pues le delimitan la esencia.
En la discusión con Baonza sobre si el creador crea o descubre, yo, quizá en exceso platónico, y compartiendo punto de vista con Miguel Ángel, considero que no hago más que sentarme a disfrutar plácidamente de lo que ellos me cuentan. Claro que existe Antonio Blanco, y el Isaías de La última maravilla de Alicia, y mi querido Juan del Valle de Córdoba 1925. Y yo sé que ellos me han elegido a mí como escritor, que me han entregado su confianza, cuando una mañana se me acercan y, al oído, me susurran sus nombres como un secreto que sólo se revela a quien es digno de ello. «Nos llamamos Darío y Lidia», me dijeron este amanecer los protagonistas de La ruta de la seda del conocimiento. Y yo comprendo que he adquirido un compromiso con ellos y que eso conlleva una responsabilidad delicadísima: escribirlos, darles mi tiempo, alumbrarlos, cediéndoles, ay, parte de mi vida. Pero eso es ser escritor: vivir para otros, para otros que sí, querido Javier, existen. Tanto como tú y como yo. Tanto como el camarero que nos trae los licores.
Daniel, ya tenemos protagonistas. Ahora, a contarlos. Qué oficio tan hermoso. Qué suerte, pero qué suerte tuve de niño, cuando fui alcanzado por él.