Ha sido el último en nacer, el último en llegar, y por lo tanto debería ser el más joven. Pero diciembre nace ya mayor, patriarca de todos los meses. Pare el calendario a un vetusto señor de larga barba blanca que recuerda lo anterior del año como sus edades pasadas.
Parece diciembre una sofisticación de noviembre, como si el mes anterior ya hubiese ensayado todas las expresiones de la oscuridad y el frío y ahora hubiese que inventar algo más. Es, por tanto, un barroco del clasicismo que encarnó noviembre. Por eso llena sus huecos con días festivos, que se diseminan por las semanas como filigranas. Cualquier lunes laboral de diciembre contiene más día de fiesta que un festivo colocado en otro momento, pongamos que en agosto o septiembre. Porque se está alcanzando la culminación de los días. Diciembre ya está cansado de trabajar, de probar, de teorizar, de intentar. Podríamos pensar en él como en un senador de provecta edad que se da, a la manera socrática, a la conversación con los más jóvenes, a quienes ilumina con su sabiduría. Pero este mes, por el contrario, encarna más bien al viejo desprejuiciado que sale a la calle en zapatillas de estar por la casa y dice las cosas a la cara, porque todo le da igual.
Ojalá diciembre tuviese una zeta. Diziembre sería un mes al otro lado del calendario, inventado por Lewis Carroll. Y reflejaría los delirios vividos o protagonizados durante el resto del año. Aquellos propósitos irrealizables de enero, cuando pensabas que harías del gimnasio y del inglés tus hábitos más férreos. Aquel frescor inaugural de abril, que prometía que esta vez sí que acabaría bien el amor. O aquellos planes de liberación elaborados a la orilla del mar a mediados de agosto y que se disolvieron con la rapidez del hielo en el tinto de verano.
Diciembre vive entusiasmado porque sabe que no es necesario entusiasmarse con nada en concreto, sino por convicción propia. Ha superado todas las decepciones, conoce cada derrota, pero en vez de quedarse mohíno como harían octubre o noviembre él no entristece, sino que comprende, sabe, asume. Una derrota es la semilla del futuro porque obliga a levantarse, y da fuerza. Muchas vidas se torcieron por una victoria prematura para la que no estaban preparadas. La derrota duele, pero vigoriza. La victoria ablanda, desorienta.
Diciembre llega hasta el filo del tiempo y se asoma a un vacío. Es cuando los de más edad se afanan por custodiar la ilusión de los más pequeños. Ellos mismos la tuvieron en su niñez y juventud, solo que hace mucho que murieron quienes los ilusionaron a ellos. Las viudas disimulan sus suspiros ante sus nietos para que no las vean añorar al abuelo. El divorciado mete las manos en el abrigo porque no sabe qué hacer con ellas, como no sabe qué hacer con su vida. Los días son cortos porque no es necesario más: diciembre no viene con mucho que hacer, sino con un listado de cosas que pensar, recordar y sentir.
Y ahí, al borde del final, cuando suenan las campanadas del destino, diciembre salta hacia la nada, hacia el olvido de ese año, que ya quedará como algo irrecuperable; y a punto de alcanzar la inexistencia, con el mundo encaminado hacia la extinción, diciembre despierta de su sueño apocalíptico. Y al despertar, se sorprende, porque resultó que el fin era el principio, que todo ha vuelto a comenzar. Y diciembre, de repente, es enero. Y sigue girando la rueda del tiempo circular.